«Cuando supe que el Padre venía a Francia, cambié mis vacaciones para poder saludarle en París», cuenta Sofia, de 31 años. Como ella, muchas otras personas estarán con el prelado del Opus Dei durante su estancia de cuatro días en Francia. Muchos lo consideran «un poco francés», ya que Mons. Ocáriz nació en la capital del país galo.

La primera reunión con fieles del Opus Dei tuvo lugar a las pocas horas de su llegada, el pasado 1 de agosto. El principal motivo de su viaje, dijo el prelado, es «animar a todas las personas a ser fieles a Cristo y a estar siempre alegres».

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El sufrimiento es compatible con la alegría

El miércoles por la mañana, el prelado acudió a Fontneuve, un centro del Opus Dei, situado en Neuilly, en el que se ofrecen actividades de carácter espiritual y cultural para chicas jóvenes.

Al inicio, Mons. Fernando Ocáriz resumió un mensaje principal que deseaba transmitir durante estos días: «El cristiano está llamado a ser alegre, a vivir el buen humor, y a transmitir serenidad. ¿Por qué? Porque es hijo predilecto de Dios».

«En la oración abrimos nuestra alma a Dios y nos disponemos así a acoger su voluntad»

Refiriéndose a las dificultades de la vida de cada persona, el prelado comentó: «Es posible que a veces experimentemos el sufrimiento, que lloremos…, pero ¿estar tristes? ¡No!». Con palabras de san Josemaría, Mons. Ocáriz recordó que también se puede estar alegres en los momentos difíciles, con la ayuda de la oración.

¿Por qué suplicar si Dios sabe todo?

Marie, profesora de colegio, preguntó qué sentido tiene pedir algo a «un Dios que conoce todo lo que deseo, y mucho mejor que yo». En primer lugar, respondió el prelado, «porque Jesús nos ha dicho que tenemos que pedir» y, además, «porque en la oración abrimos nuestra alma a Dios y nos disponemos así a acoger su voluntad». El encuentro duró cuarenta y cinco minutos y concluyó con el rezo del Ángelus.

El poder de la amistad

En una reunión celebrada en Garnelles, un centro cultural junto al río Sena, Agustin, estudiante de filosofía, refirió que en ocasiones es difícil dialogar en un ambiente racionalista algo «cerrado», en el que no hay espacio para la fe. El prelado señaló que supone una paradoja abandonar todo al juicio de la razón y, al mismo tiempo, relativizar toda creencia. Esta incoherencia puede ser un inicio para abrir el diálogo. Aun así, añadió, «el mejor camino para acompañar a alguien hacia la verdad es y será siempre el de la amistad».