Salía de los grandes almacenes con su compra
de perfumería, feliz, con tonos limón –última moda. 

Una chica bien, recién
casada, de familia acomodada. Era lo único que hacía andando: la compra en los
grandes almacenes, salía a tomarse un cafetito y de vuelta al parking para
conducir a su “urba”, a un “piti” de la gran ciudad…

  

Y en el espacio de cincuenta metros en el que
su burbuja ideal se enfrentaba a la realidad, una horrible visión: allí, justo
a la salida del metro un barbudo, horriblemente sucio, encontraba al fondo de
la papelera un frasco de yogurt líquido a medio consumir. 
Ella contemplaba de
pie, quieta, la escena. Los ojos como platos. 
El energúmeno apuró el bote con
la lengua y lo devolvió a la papelera.

  

 Continúa esta anécdota de indigentes y formación en familia…

Ella se apartó con asco y disgusto. 

Yo me quedé intrigado. 
¿Quién sería ese hombre? ¿Cuál sería su historia?¿Cómo habría llegado hasta allí? ¿Qué podría hacer para ayudarle? Es la rotura de la burbuja de la gente guapa; en realidad no sé quién de los dos necesita más ayuda. Los hijos de esa mujer, que se quedó petrificada al ver el ejercicio de lengua del indigente buscando una vitamina, van a encontrarse con un mundo alienígena.