Recuerdos de Valdebebas

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Las mujeres que conocimos a san Josemaría a finales de los años cincuenta sabíamos que veinte años antes, durante los comienzos del Opus Dei, había atendido a numerosos enfermos de los hospitales de Madrid y a muchas personas necesitadas de las periferias de la ciudad. No hace falta recordaros porque estáis viviéndolo -escribía en 1941-, que el Opus Dei nació entre los pobres de Madrid, en los hospitales y en los barrios más miserables: a los pobres, a los niños y a los enfermos seguimos atendiéndolos. Es una tradición que no se interrumpirá nunca en la Obra“.

En 1958, cuando el país se recuperaba lentamente de los desastres de la guerra, Madrid seguía rodeado por un triste cinturón de pobreza. Miles de familias campesinas habían abandonado sus pueblos de origen y se habían establecido en los suburbios de la capital en busca de un futuro mejor que parecía no llegar nunca. Sobrevivían en infraviviendas, sin servicios educativos ni sanitarios de ningún tipo, en una situación de gran indigencia.

Siguiendo los pasos de san Josemaría, decidimos acudir a un asentamiento de chabolas que ocupaba una amplia zona en la que se alza ahora la urbanización de Valdebebas

Siguiendo los pasos de san Josemaría, decidimos acudir a un asentamiento de chabolas que ocupaba una amplia zona en la que se alza ahora la urbanización de Valdebebas. Éramos un grupo de jóvenes profesionales, con trabajos muy distintos, y unos grandes deseos de ayudar a los demás, en el tiempo libre que nos dejaba nuestras respectivas profesiones –profesoras, enfermeras-, en todo lo que pudiéramos. Con el paso del tiempo fueron sumándose a nuestro empeño algunas chicas, como Bety, una joven protestante amiga de Nisa González Guzmán, una de las primeras mujeres del Opus Dei.

En aquel tiempo Valdebebas era uno de los barrios más desamparados de Madrid. La mayoría de las familias vivían en chabolas y cuando llovía las calles del poblado –por llamarlas de alguna forma- se convertían en un inmenso barrizal. No disponía de agua corriente, y muchas familias se dedicaban a vender fruta en los mercadillos o a recoger ropa vieja y objetos desechados. Tengo grabada en mi memoria la fila de carros de traperos que encontrábamos en la carretera cuando regresábamos en el autobús, a últimas horas de la tarde.

Deseábamos proporcionar a aquellas gentes algo de formación humana, profesional y cristiana, y comenzamos por algunas jóvenes del barrio –nueve al principio- con las que hicimos amistad.

Tenían una formación muy elemental y cuando les preguntamos en qué podíamos ayudarlas, nos pidieron que les diéramos algunas clases para poder escribir mejor

En ese primer grupo de jóvenes se encontraba Angelita, una chica de Jaén que soñaba con ser enfermera. Tenían una formación muy elemental y cuando les preguntamos en qué podíamos ayudarlas, nos pidieron que les diéramos algunas clases para poder escribir mejor. Conseguimos una vivienda minúscula en la zona y comenzamos a dar esas clases.

Por medio de estas chicas conocimos a sus madres y a otras vecinas del lugar, como Carmen, una trapera que nos iba presentando semana tras semana, a señoras y chicas conocidas suyas. Estaban muy preocupadas por sus hijos pequeños, que necesitaban clases de apoyo escolar y catequesis. Muy pronto nos encontramos con tal cantidad de personas, a las que atender que pedimos que vinieran a ayudarnos algunas universitarias del Colegio Mayor Zurbarán, una iniciativa promovida por mujeres del Opus Dei en Madrid. La respuesta fue muy generosa.

El párroco se entusiasmó tanto con lo que hacíamos que un domingo, casi sin previo aviso, nos envió a un centenar de niños

El párroco se entusiasmó tanto con lo que hacíamos que un domingo, casi sin previo aviso, nos envió a un centenar de niños. Eso hizo que llegáramos a dar clases a más de doscientos pequeños de la zona, a los que procurábamos ayudar en la medida de nuestras posibilidades, transmitiéndoles las verdades de la fe.

Nos ayudaban en esas tareas algunas mujeres del barrio como Consuelo, una mujer muy trabajadora que cuando regresaba de vender en el mercadillo las frutas y verduras que llevaba en su mula, se acercaba para echarnos una mano.

Al principio, a falta de sillas, los niños se sentaban en el suelo, hasta que Nisa González Guzmán pidió ayuda a varias amigas suyas, unas norteamericanas que iban por Montelar, una Escuela de Arte y Hogar promovida por mujeres del Opus Dei en Madrid. Su contribución fue tan inesperada como necesaria: nos regalaron cien sillas y pupitres para los niños, junto con algunas mesas para las profesoras.

Eso nos permitió ampliar las actividades, y la maestra de Los Ángeles, un poblado cercano, se hizo cargo de un pequeño Taller de costura. Comenzó con ocho chicas jóvenes a hacer canastillas y ropitas de bebé para dárselas a las madres del barrio.

El entusiasmo con que estas madres acogieron aquellas canastillas nos llevaron a reforzar el trabajo del Taller y se crearon en Madrid, gracias al aliento del Patronato de Montelar, varios roperos dirigidos y alentados por otra de las primeras mujeres del Opus Dei, Guadalupe Ortiz de Landázuri. En cuanto terminaban las prendas la llevábamos enseguida a las familias que las necesitaban.

El dispensario

Los servicios de salud en aquel tiempo eran mucho más precarios que los actuales y muchas de las personas que vivían en Valdebebas no acudían a ellos porque estaban muy lejos, por falta de posibilidades o de formación. Por lo general, sólo acudían a los hospitales cuando se trataba de algo muy grave. Eso nos hizo ver que debíamos instalar cuanto antes un dispensario. Entre las que atendían aquella iniciativa había varias enfermeras -alguna de ellas no católica-, y concertamos con un médico traumatólogo que acudiera a Valdebebas dos veces por semana.

Los servicios de salud en aquel tiempo eran mucho más precarios que los actuales y muchas de las personas que vivían en Valdebebas no acudían a ellos porque estaban muy lejos

Nada más instalarlo empezaron a atender a niños desnutridos, a personas con heridas mal curadas… Junto con la atención médica se les facilitaban alimentos y medicinas. Teresa, una de las señoras que colaboraron con más constancia en aquella iniciativa, dedicaba mucho tiempo a orientar a aquellas madres de familia, a animarlas y a proporcionarles la base de una formación humana de la que carecían, porque en su mayoría habían vivido siempre en una situación de extrema pobreza.

Muy pronto el grupo de mujeres de Madrid que colaboraban con nosotros fue en aumento gracias a que Charo, una de las promotoras, tenía un automóvil, algo bastante excepcional en aquel tiempo, en el que muy pocas mujeres tenían carnet de conducir. Ese automóvil nos evitaba tener que chapotear entre el barro en los días de lluvia para llegar hasta la zona de chabolas y facilitó que pudieran venir más profesoras para dar clases de alfabetización a aquellas madres de familia, que tenían grandes deseos de aprender a leer y a escribir, y llevar una vida digna y cristiana.

Recuerdo que día de Nochebuena conseguimos un donativo especial y preparamos unas mil bolsas con la cena y la comida de Navidad

Recuerdo que día de Nochebuena conseguimos un donativo especial y preparamos unas mil bolsas con la cena y la comida de Navidad bastante completas, con jamón, chorizo, turrones… El reparto de aquellas bolsas entre las familias fue una verdadera fiesta, en la que colaboraron todos: los conductores de los camiones que nos trajeron las bolsas, los maridos de las señoras amigas, los chicos del barrio…

Años después, con el desarrollo social, muchas de aquellas familias se alojaron en otros barrios de Madrid y Valdebebas se fue convirtiendo en una de las nuevas urbanizaciones de Madrid.

Álvaro del Portillo

Me ha venido a la memoria este racimo de recuerdos, porque dentro de pocas semanas, el 27 de septiembre, se celebrará en Valdebebas, en la misma zona donde se desarrolló durante años esta iniciativa, la ceremonia de beatificación de Álvaro del Portillo, el primer sucesor de san Josemaría.

Al igual que el Fundador del Opus Dei, don Álvaro atendió durante su juventud a muchas personas necesitadas de Madrid 

Al igual que el Fundador del Opus Dei, don Álvaro atendió durante su juventud a muchas personas necesitadas de Madrid –especialmente del Puente de Vallecas- e impulsó labores de carácter social en los cinco continentes, de ayuda a los más necesitados.

Pido a Dios que esta beatificación suponga para muchas personas una ocasión para encontrarse con Cristo y para emprender un camino de vida cristiana. Ese camino lleva necesariamente, como recuerda el Papa Francisco, a intentar remediar, en la medida de las posibilidades de cada uno, los problemas que nos rodean: “La pobreza –recuerda el Papa- se aprende tocando la carne de Cristo pobre, en los humildes, en los pobres, en los enfermos, en los niños”.

“Todos, en la medida de lo posible –recordaba Álvaro del Portillo en 1981–, hemos de ponernos en contacto con las personas que sufren, con los enfermos, con los pobres, con los que están solos, abandonados”

“Todos, en la medida de lo posible –recordaba Álvaro del Portillo en 1981–, hemos de ponernos en contacto con las personas que sufren, con los enfermos, con los pobres, con los que están solos, abandonados”. “El afán de atender y remediar en lo posible las necesidades materiales del prójimo –explicaba en otra ocasión– sin descuidar las demás obligaciones propias de cada uno, como el buen samaritano, es algo característico de la fusión entre alma sacerdotal y mentalidad laical.

Lo que Dios nos pide, en primer término, es que santifiquemos el trabajo profesional y los deberes ordinarios. En medio de esas actividades, permite que os encontréis con la indigencia y el dolor de otras personas; entonces, señal clara de que realizáis vuestras tareas con alma sacerdotal, es que no pasáis de largo, indiferentes; y señal no menos clara es que lo hacéis sin abandonar los demás deberes que tenéis que santificar”.

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