Homilías

  • Misa de apertura del sínodo extraordinario sobre la familia. 5 de octubre de 2014

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El profeta Isaías y el Evangelio de hoy usan la imagen de la viña del Señor. La viña del Señor es su «sueño», el proyecto que él cultiva con todo su amor, como un campesino cuida su viña. La vid es una planta que requiere muchos cuidados.

El «sueño» de Dios es su pueblo: Él lo ha plantado y lo cultiva con amor paciente y fiel, para que se convierta en un pueblo santo, un pueblo que dé muchos frutos buenos de justicia.

Sin embargo, tanto en la antigua profecía como en la parábola de Jesús, este sueño de Dios queda frustrado. Isaías dice que la viña, tan amada y cuidada, en vez de uva «dio agrazones» (5,2.4); Dios «esperaba derecho, y ahí tenéis: asesinatos; esperaba justicia, y ahí tenéis: lamentos» (v. 7). En el Evangelio, en cambio, son los labradores quienes desbaratan el plan del Señor: no hacen su trabajo, sino que piensan en sus propios intereses.

Con su parábola, Jesús se dirige a los jefes de los sacerdotes y a los ancianos del pueblo, es decir, a los «sabios», a la clase dirigente. A ellos ha encomendado Dios de manera especial su «sueño», es decir, a su pueblo, para que lo cultiven, se cuiden de él, lo protejan de los animales salvajes. El cometido de los jefes del pueblo es éste: cultivar la viña con libertad, creatividad y laboriosidad.

Pero Jesús dice que aquellos labradores se apoderaron de la viña; por su codicia y soberbia, quieren disponer de ella como quieran, quitando así a Dios la posibilidad de realizar su sueño sobre el pueblo que se ha elegido.

La tentación de la codicia siempre está presente. También la encontramos en la gran profecía de Ezequiel sobre los pastores (cf. cap. 34), comentada por san Agustín en su célebre discurso que acabamos de leer en la Liturgia de las Horas. La codicia del dinero y del poder. Y para satisfacer esta codicia, los malos pastores cargan sobre los hombros de las personas fardos insoportables, que ellos mismos ni siquiera tocan con un dedo (cf. Mt 23,4).

También nosotros estamos llamados en el Sínodo de los Obispos a trabajar por la viña del Señor. Las Asambleas sinodales no sirven para discutir ideas brillantes y originales, o para ver quién es más inteligente… Sirven para cultivar y guardar mejor la viña del Señor, para cooperar en su sueño, su proyecto de amor por su pueblo. En este caso, el Señor nos pide que cuidemos de la familia, que desde los orígenes es parte integral de su designio de amor por la humanidad.

Somos todos pecadores y también nosotros podemos tener la tentación de «apoderarnos» de la viña, a causa de la codicia que nunca falta en nosotros, seres humanos. El sueño de Dios siempre se enfrenta con la hipocresía de algunos servidores suyos. Podemos «frustrar» el sueño de Dios si no nos dejamos guiar por el Espíritu Santo. El Espíritu nos da esa sabiduría que va más allá de la ciencia, para trabajar generosamente con verdadera libertad y humilde creatividad.

Hermanos sinodales, para cultivar y guardar bien la viña, es preciso que nuestro corazón y nuestra mente estén custodiados en Jesucristo por la «paz de Dios, que supera todo juicio» (Flp 4,7). De este modo, nuestros pensamientos y nuestros proyectos serán conformes al sueño de Dios: formar un pueblo santo que le pertenezca y que produzca los frutos del Reino de Dios (cf. Mt 21,43).

Discursos

  • Vigilia de oración con las familias romanas. 4 de octubre de 2014.

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Queridas familias, buenas tardes. Está anocheciendo en nuestra asamblea. Es la hora en la que cada uno vuelve con gusto a su casa para encontrarse entorno a la mesa, con todos los afectos, del bien cumplido y recibido, en los encuentros que calientan el corazón y lo hacen crecer, con el buen vino que anticipa en los días del hombre, la fiesta sin ocaso.

Es la hora más pesada para quien se encuentra cara a cara con la propia soledad, en el crepúsculo amargo de los sueños y de los proyectos no realizados: cuantas personas arrastran los días en el callejón sin salida de la resignación, del abandono, o peor del rencor. En cuantas casas falta el vino de la alegría y por lo tanto el sabor -la sabiduría misma- de la vida…
De los unos y de los otros esta noche nos hablamos con nuestra oración.

Es significativo como -también en la cultura individualista que desnaturaliza y vuelve efímeras las relaciones- en cada nacido de mujer esté vivo una necesidad esencial de estabilidad, de una puerta abierta, de alguien con quien relacionarse y compartir la narración de la vida, de una historia a la cual pertenecer.

La comunión de vida asumida por los esposos, su apertura al don de la vida, el cuidarse recíprocamente, el encuentro y la memoria de las generaciones, el acompañamiento educativo, la transmisión de la fe cristiana a los hijos…; con todo esto la familia sigue siendo una escuela sin par de la humanidad, contribución indispensable a una sociedad justa y solidaria.

Y cuanto más profundas serán sus raíces, más en la vida será posible salir e ir lejos, sin perderse ni sentirse extranjeros en ninguna tierra. Este horizonte nos ayuda a entender la importancia de la Asamblea sinodal que se abre mañana.

Ya el ‘convenire in unum’ entorno al Obispo de Roma, es un evento de gracia, en el cual la colegialidad episcopal se manifiesta en un camino de discernimiento espiritual y pastoral. Para buscar lo que hoy el Señor pide a su Iglesia tenemos que escuchar los latidos de este tiempo y percibir el ‘olor’ de los hombres de hoy, hasta quedarnos impregnados de sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias. A este punto sabremos proponer con credibilidad la buena noticia sobre la familia.

Conocemos de hecho que en el Evangelio hay una fuerza y una ternura capaz de vencer lo que crea infelicidad y violencia. Sí, en el Evangelio está la salvación que colma las necesidades más profundas del hombre. De esta salvación -obra de la misericordia de Dios y su gracia- como Iglesia somos signo e instrumento, sacramento vivo y eficaz.

Si así no fuese, nuestro edificio sería solamente un castillo de cartas y los pastores se reducirían a ser clérigos de estado, sobre cuyos labios el pueblo buscaría en vano la frescura y el ‘perfume del Evangelio’. Emergen así también los contenidos de nuestra oración.

Del Espíritu Santo pedimos para los padres sinodales, sobre todo el don de escuchar: escuchar a Dios, hasta llegar a sentir con Él el grito del pueblo; escuchar al pueblo; hasta respirar la voluntad a la cual Dios nos llama.

Además de escuchar, invocamos la disponibilidad de confrontarse con sinceridad, de manera abierta y fraterna, que nos lleve a hacernos cargo de la responsabilidad pastoral, de los interrogativos que este cambio de época lleva consigo. Dejemos que se vuelque en nuestro corazón, sin nunca perder la paz, pero con la confianza serena de que en el tiempo debido el Señor no dejará de reconducir a la unidad.

¿La historia de la Iglesia no nos cuenta de tantas situaciones análogas, en las que nuestros padres han sabido superar con obstinada paciencia y creatividad?

El secreto está en una mirada: y es el tercer don que imploramos con nuestra oración. Porque si realmente queremos verificar nuestro paso en el terreno de los desafíos contemporáneos, la condición decisiva es mantener la mirada fija en Jesucristo, Lumen gentium, detenerse en la contemplación y adoración de su rostro. Si asumiremos su modo de pensar, de vivir y de relacionarse, no tendremos dificultad en traducir el trabajo sinodal en indicaciones y recorridos para la pastoral de la persona y de la familia. De hecho cada vez que volvemos a la fuente de la experiencia cristiana, se abren caminos nuevos y posibilidades impensables. Es lo que deja intuir la indicación evangélica: «Cualquier cosa de les diga, háganla».

Son palabras que contienen el testamento espiritual de María «amiga siempre atenta para que no vaya a faltar el vino en nuestra vida». ¡Hagámosla nuestra!

A aquel punto, nuestra escucha y nuestro confrontarnos en familia, amada con la mirada de Cristo, se volverán una ocasión providencial con la cual renovar -siguiendo el ejemplo de San Francisco- a la Iglesia y la sociedad. Con la alegría del Evangelio encontraremos el pasar de una Iglesia reconciliada y misericordiosa, pobre y amiga de los pobres; una Iglesia capaz de «vencer con paciencia y amor las aflicciones y las dificultades que le vienen, sea de adentro que de afuera».

Pueda soplar el viento de Pentecostés en los trabajos sinodales, en la Iglesia, en la humanidad entera. Desate los nudos que impiden a las personas encontrase, sane las heridas que sangran, encienda nuevamente la esperanza. Hay tanta gente que no la tiene. Nos conceda aquella caridad creativa que permite amar como Jesús ha amado.

Y nuestro anuncio encontrará nuevamente la vivacidad y el dinamismo de los primeros misioneros del Evangelio».

Ángelus

  • Ángelus del 5 de octubre de 2014

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Queridos hermanos y hermanas ¡buenos días!

Esta mañana, con la concelebración eucarística en la Basílica de San Pedro, hemos inaugurado la Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispos. Los Padres sinodales, provenientes de todas partes del mundo, junto a mí, vivirán dos intensas semanas de escucha y de diálogo, fecundadas por la oración, sobre el tema «Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la evangelización».

Hoy la Palabra de Dios presenta la imagen de la viña como símbolo del pueblo que el Señor ha elegido. Así como una viña, el pueblo requiere mucho cuidado, requiere un amor paciente y fiel. Así hace Dios con nosotros y así, nosotros Pastores, estamos llamados a hacer. Ocuparse de la familia es también una forma de trabajar en la viña del Señor, para que produzca los frutos del Reino de Dios (cfr Mt 21,33-43).

Pero para que la familia pueda caminar bien, con confianza y esperanza, es necesario que sea nutrida por la Palabra de Dios. Por esto es una feliz coincidencia que precisamente hoy nuestros hermanos Paulinos hayan querido realizar una gran distribución de la Biblia, aquí en la Plaza y en tantos otros lugares. Lo hacen con ocasión del Centenario de su fundación, por parte del beato Giacomo Alberione, gran apóstol de la comunicación. Entonces hoy, mientras se abre el Sínodo para la Familia, con la ayuda de los Paulinos podemos decir: ¡una Biblia en cada familia! No para colocarla en una repisa, sino para tenerla a la mano, para leerla a menudo, cada día, ya sea individualmente que juntos, marido y mujer, padres e hijos, tal vez por la noche, especialmente el domingo. Así la familia crece, camina, ¡con la luz y la fuerza de la Palabra de Dios!

Invito a todos a apoyar los trabajos del Sínodo con la oración, invocando la materna intercesión de la Virgen María. En este momento, nos asociamos espiritualmente a aquellos que, en el Santuario de Pompeya, elevan la tradicional «Súplica» a la Virgen del Rosario ¡Que obtenga la paz, para las familias y para el mundo entero!

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  • Ven, Espíritu Santo, derrama sobre nosotros tus dones durante este Sínodo. #prayforsynod
  • Al comenzar el Sínodo sobre la Familia, pidamos al Señor que nos muestre el camino. #prayforsynod
  • La Iglesia y la sociedad necesita familias felices. #prayforsynod
  • Sínodo quiere decir caminar juntos, y también orar juntos. Pido a todos los fieles que participen. #praywithus