Encontraron el sitio. Costó seis años aclarar los temas legales (es muy
habitual el engaño en la posesión de la tierra, y hasta tener todo en mano
mejor no construir porque si no te atrapan con sobreprecios).

Cuando ya
por fin tuvieron todo firmado, los nuevos dueños decidieron cercar la tierra.
Para eso se les ocurrió pedir ayuda a unos chicos que andaban por la
zona: por cada poste que pusieran se llevarían un dinero. Mose cerró el
trato con una sonrisa y un apretón de manos.

La cara de sorpresa de los
niños (pues eso eran por edad) le llamó la atención. «¡Tú eres uno de
nosotros!, ¡nos has dado la mano! ¿Sabes que la gente nos evita, nos
teme, piensa que somos animales?». Y le empezaron a contar cómo vivían en la calle, cómo apenas llegaban a una comida diaria y de alimentos
poco nutritivos, cómo para olvidar el hambre se servían del
pegamento (con el subidón experimentaban la saciedad…).

–«¡Pero no sois animales! ¡Yo también tengo a veces hambre, o
puedo estar triste, o divertido!»
–«¿Cómo?, ¿lo dices en serio?, ¿somos uno más?»
Así es como Mose conoció a sus ‘hijos’.

***

–«Madre, ¿te importaría acoger en casa a mis hijos?».
Al principio ella se extrañó: «¿No me había dicho este que quería
quedarse soltero para poder dedicar todo su tiempo a ayudar a los demás?
Y ahora este me lo dice ¡y en plural!, ¿a qué se habrá dedicado?», me
dice Mose que pensaba su madre al otro lado del teléfono.
–«Tranquila, que te explico…».

Ella, madre de once, viuda, con una casita en mitad de una colina
escarpada en la que vive sola con la vaca, las dos cabras, las dos cerdas…,
le dijo que adelante, que haría espacio en la habitación de abajo.

Al principio fueron dos. Compartían habitación. Pero aparecieron más: también compartieron la misma habitación. El momento más denso fue cuando en ese cuarto dormían 20

–«En nuestra cultura un niño no tiene solo a su padre y a su madre.
Todo el mundo puede cuidar de él. Mi madre, y yo mismo, lo teníamos
claro: ¿dejarles en la calle?, le dije, ¿para que en pocos años estén muertos
o sean criminales?
Al principio fueron dos. Compartían habitación. Pero aparecieron
más: también compartieron la misma habitación. El momento más denso
fue cuando en ese cuarto dormían 20.

Yo, que soy testigo, aseguro que es
algo más grande del que yo uso en Kenia, y bastante más pequeño que el
que tengo en Bilbao. ¿20? Ahora son 8, y hay otros en otras casas de
gente decidida a echar una mano.



–«En Kenia no es problema que dos o tres personas compartan una
cama: adelante, atrás, adelante. Recuerdo que con ocasión del funeral de
mi padre dormimos 4 en la parte de arriba de la litera. ¡Y conseguimos
dormir! En la de abajo estaban las mujeres, otras cuatro. Es posible llegar
a seis. De todos modos, con los chicos lo que hacemos es que cada uno tiene su sitio, que a veces puede ser el suelo: en África no es fácil entrar
en una habitación cuando se está durmiendo».

»Ahora mi madre cuida de ocho. El curso pasado de once. Unos vecinos
tienen tres y otros a uno. A lo largo de estos seis años hemos cuidado
–y educado– a más de cien. El curso pasado, entre los que se educan
en el campo y los que cuidamos en Nairobi, iban 70 a la escuela».

A lo largo de estos seis años hemos cuidado –y educado– a más de cien. El curso pasado, entre los que se educan en el campo y los que cuidamos en Nairobi, iban 70 a la escuela

Si hay matrícula escolar, hay educación. Y con la educación, un futuro sin dormir en la calle

Le pregunto por las prioridades: ¿qué necesitan? Me responde que
ese es el gran dilema. A veces parece que lo urgente es darles un techo –
que es urgente–, pero quizá es mejor la educación, porque con lo
primero no les das la capacidad de solucionarse la vida. Por ese motivo,
la gran prioridad es el pago de la matrícula escolar. Sin él, no les admiten
en el colegio, y sin educación no hay futuro. Y ese es el caso aunque
duerman en la calle. Claro que, por ese motivo, inventó la otra solución:
las casas de acogida, su madre.

–«¿Qué cuesta la matrícula?»
–«240.000 shillings, es decir, unos 220€, al año, en la Educación
Secundaria. En la Primaria, que en teoría es obligatoria y llega hasta los
doce años, cuesta unos 300 shillings –tres euros– al mes. La primera cifra
es inalcanzable no solo para mis chicos, sino para muchos de los habitantes
de los slums (asentamiento de infraviviendas)».

–¿Y más gastos?»
–«Ellos no tienen nada. El pan diario son 50 schillings, lo mismo que
la leche: por un euro al día casi podríamos hacer que tuvieran comida.
Ten en cuenta que yo mismo comía carne dos veces al año, y que mi
primera tarta de cumpleaños me llegó a los 25, cuando me me celebraron
mis amigos de Nairobi».

La matrícula de la Educación Secundaria es inalcanzable no solo para mis chicos, sino para muchos de los habitantes de los slums

¿No te das cuenta, hijo mío, de que lo que tienen es hambre?

Y me cuenta una historia de tartas: hace cuatro años pensó que los
chicos deberían tener una celebración el día de Navidad. De otro modo
la fiesta les pasaría desapercibida. Lo comentó con su madre. «¿Cuántos
esperas?», dijo la paciente señora. «Los chicos…, alguno de los de las
granjas vecinas. ¿Unos veinte?», respondió. Aparecieron 50 desde primera
hora de la mañana, y su madre tuvo que salir a la tienda, pedir ayuda a
las vecinas y trabajar de lo lindo para poder ofrecerles algo. Pero no hubo
posibilidad de preparar otra tarta (la única la trajo Mose de Nairobi, que
las pide a profesores de Strathmore University). «Pero si cortas fino, muy
fino, donde había un poco para 20 hay un poco (menos) para 50. Y todos la probaron». Al año siguiente vinieron 150. Al otro, 180…, y la cosa
seguirá creciendo.

–«Ahora organizamos juegos, con los que se mueren de la risa, y
tratamos de dar algún premio. El primer año llevamos bolígrafos para que
cada uno tuviera un regalo de Navidad. Mi madre me llamó. ‘¿No te das
cuenta, hijo mío, de que lo que tienen es hambre? Menos bolígrafos y
más comida, por favor’. El año pasado conseguí un montón de bolas de
tenis. Estaban ya usadas, pero a ellos no les importó lo más mínimo».

–«¿Alguna situación más dramática? Fíjate que pienso que muchos
de estos muchachos –tanto tiempo solos, y en la calle– necesitarán asistencia
psicológica, ¿no?»
–«La verdad es que nunca me lo he planteado. Quizá tengas razón.

Uno de estos muchachos me contó que su hermana se estaba prostituyendo para que pudieran comer en casa. ¿Qué podía hacer yo?

Lo más dramático que me he encontrado fue una chica que vivía en la
calle. Tenía tres hijos, el menor de semanas, y nadie la sostenía. Un hombre
se ofreció a alimentarla a cambio de favores. Al mes la abandonó. Ella
empezó a sentir algo extraño en el estómago. Pensaba que tenía un tumor,
pues se encontraba muy enferma y débil. La acompañé al hospital.
Estaba embarazada de ese hombre que la había dejado. En menos de 10
meses tuvo los dos hijos. El último nació muy débil y murió pronto. Ella
lo hizo poco más tarde. Como los niños eran tan pequeños, el Estado se
hizo cargo de ellos. Pero cuando cumplen 5 años, si nadie les acoge,
pueden perfectamente acabar en la calle.

En otra ocasión uno de estos
muchachos me contó que su hermana se estaba prostituyendo para que
pudieran comer en casa. ¿Qué podía hacer yo? Busqué dinero para darle
un préstamo a la madre y que pusiera en marcha un pequeño negocio,
todo antes de que su hija hundiera su vida entre los indeseables del
‘slum’.

Me enseña unas fotografías: cerca de Eastlands Technical School, la
obra educativa que están levantando con el esfuerzo de muchos (también
dinero de España y de la Comunidad Europea, lo mismo que generosos
donativos de kenianos con –y sin– recursos). El riachuelo se convierte en
río si llueve. Unos muchachos (doce, quince años) se bañan desnudos en
ese agua que arrastra los lodos y basuras de la zona. Es la ocasión que tienen los niños de la calle para bañarse, y para divertirse un poco. Al
fondo pasan los coches, en el lateral los transeúntes.

¿Techo o educación? Y opté por lo segundo: pagué la matrícula de la escuela de todos los que pude. ¿Para qué un techo si luego se dirigen a la delincuencia?

–«¿Quién te ayuda, Mose?».
–«Al principio unas señoras de Singapur. Te cuento: vino Fr. Connor
con ellas (un sacerdote irlandés, que vive en Kenia pero antes pasó años
en Filipinas y Singapur). En ese momento estábamos dando de comer (el
‘lunch’) a 25 niños. Ellas nos dieron 100 dólares para comprar comida y
para que les construyéramos una chabola. Pero yo pensé: ¿techo o educación?
Y opté por lo segundo: pagué la matrícula de la escuela de todos
los que pude. ¿Para qué un techo si luego se dirigen a la delincuencia?

La
siguiente vez que vino Fr. Connor quiso ver la casa. Yo le enseñé los libros
de los chicos, y él me entendió. Se lo contó a las señoras y, desde entonces,
me mandan cada año una buena suma de dinero. Otro: un checo
que vino a dar clase a Strathmore University me envía cada año 300.000
shillings que consigue entre él y sus amigos. Y personas de Kenia, que a
veces solo pueden enviar 5.000 o 1.000 shillings (45 o 9 euros), o ropa.
Lo que sea».

Siete chicos ya han llegado a la Universidad

Le pregunto por las necesidades. Me dice que estudiando en la universidad
hay siete de estos muchachos que fueron de la calle. De ellos, cinco
necesitan 9.000 shillings al mes, y los otros dos 5.000, para el alojamiento
(80 y 45 euros, respectivamente).

Aparte va la comida. La elección se
hace difícil cuando hay que elegir entre comer o afrontar las facturas. Entre
los escolares, la ropa por ahora es la que les da la gente (eso da lugar a
mezclas imposibles, propias de la situación de miseria: el día que fui a
visitarles al campo un niño de 14 años llevaba puesto un chaleco de traje
de tres piezas, una camisa amarillenta, un pantalón gris y unas chanclas
que hacía meses habían abandonado casi por completo su función de
calzado).

La comida, si están en el campo, sale de los terrenos de la
madre de Mose, y de la vaca la leche, y de la camada de las dos cerdas
quizá algo de carne… Y las matrículas de las escuelas, los viajes para
poder ver alguna vez a sus familiares, los cuadernos, los libros, los
lápices, el combustible de las lámparas, la ropa de cama, el papel
higiénico, etc., etc., de los donativos que quizá a veces reciban.

La comida, si están en el campo, sale de los terrenos de la madre de Mose, y de la vaca la leche, y de la camada de las dos cerdas quizá algo de carne

Pero más importante todavía es plantearse qué hacer después de que
terminen la escuela. Algunos, becados, a la universidad. Otros tendrían
que ponerse a trabajar. Pero para eso necesitan ayuda.
La idea de Mose no es que vivan de donativos, sino que saquen adelante
la iniciativa que consideren oportuna apoyados por micro-créditos.

En parte, en Eastlands College of Technology se dedican a eso: ofrecen
cursos para adultos en los que se les enseña los rudimentos de contabilidad
y gestión mínimos con los que regir una de esas tienditas que se ven
en los mercados o a la orilla de las carreteras: gallinas y huevos, frutas,
ropa de deporte, zapatos, arreglos, objetos de electricidad, etc.
Esos créditos se ofrecen libres de interés, y hay que devolverlos en
un plazo breve, de modo que si el beneficiario logra que su negocio
prospere y ahorrar lo que debe (poco a poco, no han de reintegrarlo de
golpe, pero sí deben sentir el peso de la responsabilidad y ejercer el ojo
para la gestión –así aprenden a no gastar lo que todavía no tienen, y a
pensar en el medio y largo plazo–) se le prestará más, comenzando así
una vía de escape de la pobreza que no debería detenerse.

La idea de Mose no es que vivan de donativos, sino que saquen adelante la iniciativa que consideren oportuna apoyados por micro-créditos

¿Qué es lo que necesitan? A lo mejor, el capital para realizar una
primera inversión (compra de género, alquiler del local), o dinero para
hacerse con un vehículo que les sirva de puesto de trabajo: las motos
llamadas ‘bora bora’, por ejemplo, por las que se meten entre los atascos
o hasta el corazón más recóndito del ‘slum’ de Kibera.

Me dice que los prestamistas (nosotros) podríamos prestar dinero por
un año, y que luego si queremos se nos devuelve (el ratio de devoluciones,
hasta el momento, ha sido del 94%).

También puedes optar por
prestar dinero y, al cabo de un año, donarlo definitivamente, de modo
que se cuente con un fondo fijo para préstamo que pueda reinvertirse una
vez y otra.
¿De qué cantidades estamos hablando? Una moto cuesta 100.000
shillings (unos mil euros). Los prestamos, dependiendo del objeto del negocio,
son de 30.000, 50.000 o 100.000 shillings.

Se suele empezar por
la cantidad más baja, poco a poco lo va devolviendo, y cuando cumple (a
lo mejor en seis meses, devolviendo 500 shillings –4,5€– a la semana, o
incluso menos) se pasa al siguiente préstamo. El beneficiario debe presentar,
por supuesto, un plan de negocio.

También pueden aprender un oficio, por ejemplo en la misma Eastland Technical School, donde se enseña electrónica, instalación de paneles
solares, contabilidad, soldadura y cualquier tarea con la que participar
en las empresas de construcción.

–«A veces los medios pueden ser más rústicos. Por ejemplo, conseguí
16 cabras. Las distribuí entre los vecinos de mi madre con la condición
de que cada vez que parieran nos las devolvieran. Así ellos se quedaban
con las crías y nosotros pasábamos a prestar la cabra a otra persona.
De los que nacían solo tenían que entregarnos los machos, con los que
de vez en cuando íbamos comiendo carne. ¡No sabes lo que ha mejorado
el número de cabras en Muranga!».

El sueño de Duncan

Al terminar nuestra conversación Mose me presenta a un muchacho
de veinte años. Es Duncan Iguru, uno de los primeros beneficiarios de la
loca idea de este hombre. Duncan es de Muranga, el pueblo donde viven
los chicos: uno de esos vecinos sin dinero para pagar la matrícula de la
escuela de secundaria.

Sus padres son granjeros: no tenían ninguna posibilidad
de financiarle, ni de acudir al banco, pues este no acepta té o
azúcar como pago. Mose se encargó de todo. Después le invitó a aplicar
por una beca que ofrecía un Banco para estudiar en Strathmore University.
La beca era del 100%, unos 3.000 euros al año con los que cubre
vivienda y matrícula. Sin Mose, Duncan seguiría en el pueblo, cultivando
té como su hermano mayor. Ahora tiene en la cabeza abrir su propia empresa
de Tecnología Informática, su campo de estudio. ¿Lo conseguirá?,
¿cuánto bien hará con ella?, ¿dónde estudiarán sus hijos?, ¿y sus nietos?
Salvar una vida es salvar al mundo entero.

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