Las tres pipas del indio

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Un miembro de la tribu se presentó
furioso al jefe de la tribu para informarle de que estaba dispuesto a
vengarse de alguien que le había ofendido gravemente. ¡Estaba dispuesto
a matarlo!   El jefe le escuchó atentamente y le dijo que hiciera lo
que quisiera, pero que antes llenara su pipa de tabaco y la fumara con
calma al pie del árbol sagrado de la tribu. Así lo hizo, y al cabo de
una hora volvió y le dijo que lo había pensado mejor, que le parecía
excesivo matar a su enemigo y que tan sólo le daría una paliza
memorable.   Nuevamente el anciano le escuchó y aprobó su decisión,
pero le ordenó que, ya que había cambiado de parecer cargase la pipa
otra vez y fuera a fumarla al mismo lugar. También esta vez el hombre
estuvo un largo rato meditando. Regresó con el anciano y le dijo que
pensándolo mejor no le castigaría físicamente sino que le echaría en
cara su mala acción públicamente para que no lo volviera a hacer.  
Como siempre, fue escuchado con bondad por el anciano que le aconsejó
por tercera vez repetir la acción. El hombre, algo molesto por la
insistencia, pero mucho más sereno se dirigió al árbol centenario y
allí fue convirtiendo en humo su tabaco y su enfado. Al terminar se
reunió de nuevo con el anciano y le dijo: –         “Pensándolo bien
veo que la cosa no es para tanto. Iré a ver a mi agresor y le daré un
abrazo, así recuperaré un amigo que seguramente está arrepentido de lo
que ha hecho” El jefe, satisfecho de esta resolución le contestó:
–         “Eso es precisamente lo que yo hubiera querido decirte desde
el principio, pero era necesario darte tiempo para que lo descubrieras
por ti mismo”  

Tomado de Francisco Cerro, Cientos de cuentos. Ed. Monte Carmelo

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