Estando hospedados en el Congregación Salesiana de Marsella, el Padre Cerrutti oyó por la noche un fuerte grito. Luego lo volvió a oír más fuerte todavía. Se dio cuenta de que aquel grito venía de la habitación donde dormía Don Bosco. Se levantó y se fue a ver qué era lo que sucedía. Entró a la habitación y encontró al Santo, despierto, sentado en el lecho. Lleno de inquietud, le preguntó: – ¿Don Bosco, se encuentra mal? – No, no – respondió con tranquilidad – Vete tranquilo a dormir.

Al día siguiente el Santo le contó el sueño que había tenido: – Vi que el demonio entraba en esta casa. Se fue al dormitorio y pasaba de una cama a otra diciendo: ¡Este es mío! ¡Este es mío! Yo protestaba. De pronto se precipitó hacia uno de aquellos jóvenes para llevárselo. Yo comencé a gritar y él se lanzó sobre mí para estrangularme.

Y al decir esto Don Bosco empezó a llorar y me dijo muy conmovido: – Querido Padre Cerrutti, ayúdeme. He venido a Francia a recoger unas limosnas para el Templo del en Roma. Pero en este colegio hay una necesidad espiritual muy grave. Hay que salvar a estos pobres jóvenes. Así que por estos días dejaré toda otra preocupación y me dedicaré a ayudarles a salvarse. Hagamos con estos alumnos un buen Retiro Espiritual.

Aquella noche el Padre Director anunció al alumnado que se haría al día siguiente un Retiro Espiritual y que Don Bosco confesaría a los que desearan confesarse con él.

Y el Retiro Espiritual resultó tan efectivo que el Santo exclamó después emocionado: – El diablo me hizo pasar una mala noche, pero le hemos dado también un estacazo y un golpe bien fuerte.

El Padre Albera, director de aquel colegio añadió: – Hay aquí algunos jóvenes que me han hecho llorar por su mala conducta.

Y el Padre Cerrutti preguntó a Don Bosco: – ¿Los que el diablo se quería llevar sin únicamente los que no se confiesan? Y el buen Padre respondió: – No son solamente los que no se confiesan. Son los que se confiesan pero o no dicen todos sus pecados o se confiesan sin contrición, sin verdadero arrepentimiento.