«Para poder vivir una vida gozosa de familia se requieren sacrificios, tanto por parte de los padres como de los hijos. Cada miembro de la familia debe convertirse en siervo de los otros, compartiendo las cargas. Es que cada uno sea solícito no sólo por la propia vida, sino también por la de los otros miembros de la familia: por sus necesidades, esperanzas, ideales. Las decisiones respecto al número de los hijos y a los sacrificios que de ellos se derivan, no deben ser tomadas sólo con miras a aumentar las propias comodidades y asegurar una vida . Reflexionando sobre este punto ante Dios, ayudados por la gracia que procede del y guiados por la enseñanza de la Iglesia, los padres se recordarán a sí mismos que es menos mal negar a sus hijos ciertas comodidades y ventajas materiales, que privarles de la de hermanos y hermanas que podrían ayudarles a desarrollar su y realizar la belleza de la vida en cada una de sus fases y en toda su variedad».

( II, Homilía en el Capitol Mall (), 7.X.1979)