EL BELÉN QUE PUSO DIOS (3)

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3. Y vio que era estupendo 

  

Para Yavé, aquel interminable arenal de
estrellas re­cién creado seguía siendo tan pequeño corno la briz­na de polvo de
donde procedía. Así que no tardó mu­cho en recorrerlo, penetrando con su mirada
hasta el último átomo del universo.

 —Has crecido mucho —le dijo—. ¡Quién iba a
pensar que, en unos pocos millones de años, alcanza­rías todo el espacio que te
presté! ¿Y de dónde has re­cibido tanta belleza?
 —De tu mirada —respondieron las criaturas.
 —Es verdad: os miro con buenos ojos y seréis un
gran decorado para mi Navidad. Todo en vosotras es bueno: la luz, las aguas del
mar y de los ríos, la tierra, el calor del verano, la nieve, el granizo, el
aroma del campo, el estallido de la primavera, el placer de los sentidos, el cansancio
del otoño… No es raro que tengáis tanta hermosura, pues yo os la voy
prestando cuando os veo. Pero debéis prepararos para ser aún más bellas.

Cuando mi Hijo nazca, os tocará con sus manos,
os mirará con sus ojos grandes y asombrados de niño, y endiosará lo que vea y
aun la misma mirada con que os mire. Serán divinas las lágrimas de los recién
nacidos, los pañales sucios y los pañales limpios, los juegos, las carreras,
los cuentos de risa y los cuentos de miedo. Y los besos de las madres los daré yo.
Y endiosaré el sudor del trabajo, y ya nunca será un castigo, porque también mi
Hijo lo padecerá.

Y cuando Jesús cante al compás del martillo y
de la sierra, también serán divinas las canciones. Entonces Yavé miró a una
pequeña hierba que acababa de nacer sobre la tierra. Nadie se había fijado en
ella; pero la tomó en la mano, y fue desgranando poco a poco su semilla. Así
nació, grande como el mar, el primer trigal. Y Dios mandó un viento suave que
lo acunase, para que los rayos del sol encendieran en oro todas las espigas. Y
añadió:

 —Tú también vas a tener un lugar importante en
mi belén. Desde hoy serás la reina de las plantas, la más importante de la
tierra. Tus cultivos llegarán a los cinco continentes. Tu harina blanqueará las
manos de las mujeres —también las de mi Madre—, y saciará a los hambrientos, a
las aves, a los poetas y a los pintores. Vas a llenar el mundo de molinos, y la
literatura de metáforas. A veces te llamarás trigo, y a veces pan: casi es lo
mismo. Los hombres me pedirán millones de veces tenerte cada día. Mi Hijo te
multiplicará en la montaña…
 ¡Ay, si todos quisieran hacer lo mismo
—repartirte a manos llenas—…!

Yavé, entonces, hizo una pausa. El trigal,
estre­mecido por la brisa, parecía escuchar la voz de su Dios.

 —Pero eso no es todo. Muy pronto mi Hijo te to­mará
en sus manos, te hablará con palabras que nun­ca hasta entonces habrás
escuchado, y te vaciará de ti mismo: seguirás siendo alimento, pero ya no te
llama­rás pan: prestarás tu color, tu sabor y tu figura para esconder el
Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.

En el cielo, sobre el campo de trigo, Dios hizo
sonar los timbales del trueno. Después del rayo, cayó en la tierra la primera
lluvia. 

Los brotes, recién naci­dos, parecieron ponerse de puntillas para beber
el agua, soñando ya con ser espiga y pan.

Atardecía la tercera jornada de la creación.
Yavé volvió a mirarlo todo. 

Y vio que era estupendo.

ENRIQUE MONASTERIO, EL BELÉN QUE PUSO DIOS

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Para Yavé, aquel interminable arenal de
estrellas re­cién creado seguía siendo tan pequeño corno la briz­na de polvo de
donde procedía. Así que no tardó mu­cho en recorrerlo, penetrando con su mirada
hasta el último átomo del universo.

 —Has crecido mucho —le dijo—. ¡Quién iba a
pensar que, en unos pocos millones de años, alcanza­rías todo el espacio que te
presté! ¿Y de dónde has re­cibido tanta belleza?
 —De tu mirada —respondieron las criaturas.
 —Es verdad: os miro con buenos ojos y seréis un
gran decorado para mi Navidad. Todo en vosotras es bueno: la luz, las aguas del
mar y de los ríos, la tierra, el calor del verano, la nieve, el granizo, el
aroma del campo, el estallido de la primavera, el placer de los sentidos, el cansancio
del otoño… No es raro que tengáis tanta hermosura, pues yo os la voy
prestando cuando os veo. Pero debéis prepararos para ser aún más bellas.

Cuando mi Hijo nazca, os tocará con sus manos,
os mirará con sus ojos grandes y asombrados de niño, y endiosará lo que vea y
aun la misma mirada con que os mire. Serán divinas las lágrimas de los recién
nacidos, los pañales sucios y los pañales limpios, los juegos, las carreras,
los cuentos de risa y los cuentos de miedo. Y los besos de las madres los daré yo.
Y endiosaré el sudor del trabajo, y ya nunca será un castigo, porque también mi
Hijo lo padecerá.

Y cuando Jesús cante al compás del martillo y
de la sierra, también serán divinas las canciones. Entonces Yavé miró a una
pequeña hierba que acababa de nacer sobre la tierra. Nadie se había fijado en
ella; pero la tomó en la mano, y fue desgranando poco a poco su semilla. Así
nació, grande como el mar, el primer trigal. Y Dios mandó un viento suave que
lo acunase, para que los rayos del sol encendieran en oro todas las espigas. Y
añadió:

 —Tú también vas a tener un lugar importante en
mi belén. Desde hoy serás la reina de las plantas, la más importante de la
tierra. Tus cultivos llegarán a los cinco continentes. Tu harina blanqueará las
manos de las mujeres —también las de mi Madre—, y saciará a los hambrientos, a
las aves, a los poetas y a los pintores. Vas a llenar el mundo de molinos, y la
literatura de metáforas. A veces te llamarás trigo, y a veces pan: casi es lo
mismo. Los hombres me pedirán millones de veces tenerte cada día. Mi Hijo te
multiplicará en la montaña…
 ¡Ay, si todos quisieran hacer lo mismo
—repartirte a manos llenas—…!

Yavé, entonces, hizo una pausa. El trigal,
estre­mecido por la brisa, parecía escuchar la voz de su Dios.

 —Pero eso no es todo. Muy pronto mi Hijo te to­mará
en sus manos, te hablará con palabras que nun­ca hasta entonces habrás
escuchado, y te vaciará de ti mismo: seguirás siendo alimento, pero ya no te
llama­rás pan: prestarás tu color, tu sabor y tu figura para esconder el
Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Jesús.

En el cielo, sobre el campo de trigo, Dios hizo
sonar los timbales del trueno. Después del rayo, cayó en la tierra la primera
lluvia. 

Los brotes, recién naci­dos, parecieron ponerse de puntillas para beber
el agua, soñando ya con ser espiga y pan.

Atardecía la tercera jornada de la creación.
Yavé volvió a mirarlo todo. 

Y vio que era estupendo.

ENRIQUE MONASTERIO, EL BELÉN QUE PUSO DIOS

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