EL BELÉN QUE PUSO DIOS (8)

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8. El Angel Custodio de Dios



 

Desde los pañales de su
natividad hasta el vinagre de su Pasión y el sudario de su resurrección, todo
en la vida de Jesús es signo de su misterio (catecismo de la Iglesia católica,
n. 515)
 

 
Hace años una empleada de hogar
me explicaba como hacía la oración durante la Navidad:

—Yo me meto en el Portal y le
digo a la Virgen: «mi­ra, Madre mía, tú de esto no sabes nada. Yo sí, que soy
del oficio. Así que me dejas ponerle los pañales al niño, y descansas un poco,
que eres la Señora, y estás delicada».


 

En
los belenes suele haber un río, que casi siempre es de papel de plata, y en el
río hay ovejas, que se acer­can a beber, y algún que otro pato, y siempre, una
o dos lavanderas muy atareadas. Cuando Yavé puso su belén, también diseñó un
arroyo y puso una lavandera en el sitio justo y a la hora justa. Se llama
Salomé, y trabaja como empleada en la posada de Belén.

 Aquella mañana fue al río, como todos los días,
y a la salida del pueblo, oyó el llanto de un niño. Entró en la gruta y, por lo
que dice, se debió de quedar muy conmovida al ver a una mujer tan joven —una
chiquilla, según ella— tratando de poner los pañales a su hijo recién nacido.
Su reacción fue muy común: se comportó como si estuviese enfadada, que casi
siem­pre es la mejor manera de disimular las propias debi­lidades.
 —¿Se puede saber qué es lo que estás haciendo,
criatura? ¡Quién te habrá enseñado a ti a poner paña­les a un niño! A ver:
déjamelo, que a la legua se ve que eres primeriza.
 —Te advierto —respondió María—, que lo he he­cho
otras veces: en Nazaret he cuidado a montones de recién nacidos. Y hasta he
sido comadrona cuando mi prima Isabel tuvo a su hijo. Claro que con Jesús no es
lo mismo…

Salomé, que ya lo tenía en los brazos, no
dejaba de mirar al pequeño:

 —Así que se llama Jesús… Pues es precioso.
¿Ya te habías dado cuenta, verdad? Claro, tú qué vas a de­cir…; pero yo llevo
muchos años en este oficio y nunca había visto una criatura tan bonita…
Bueno, vamos a lo nuestro. ¿Cuántos pañales has traído?

—Sólo cuatro… El viaje fue tan precipitado…

—¡Cuatro…! ¿Qué harías tú si no estuviese yo
aquí…? Hala, toma al niño un ratito, que me voy al río a lavar estos dos que
están sucios. Y da gracias a Yavé de que haya salido el sol, porque si no, a
ver cómo los secábamos… Ya verás lo poco que tarda tu hijo en manchar los que
lleva puestos…

 Camino del río, Salomé se encontró con Zabu­lón,
que iba hacia el portal con una pelliza de su pa­dre en la mano.
 —Hola, Salomé, ¿has visto a la Madre del Me­sías?
 —¿A quién?

—A la Madre de Jesús, del Cristo, del Hijo de
Dios…

 —Oye, Zabulón, ¿sabes lo que estás diciendo? Te
lo digo porque tú siempre has sido un poco… 
—… un poco tonto, ya lo sé; pero ahora no me
importa… ¿Te cuento lo que me ha dicho el Ángel? 
Media hora después la lavandera llegaba al río
hecha un mar de lágrimas, y lavó los pañales con tan­ta devoción, que incluso
se admiraba de que en las ri­beras
del arroyo no brotasen flores nuevas para cele­brar la primera colada del Hijo
de Dios.
 —¡Anda…! ¿Pero qué estás haciendo?
 —Nada, Zabulón, métete en tus cosas…
 —¡Estabas besando los pañales…, te he visto!
 —¿Besando…? ¡No te fastidia el tontito éste:
co­mo te coja, te vas a enterar de lo que es bueno! 
De regreso al Portal, Salomé se desahoga con
María:
 —¡Ay, señora María, qué vergüenza! ¿Cómo iba yo
a saber que eras la madre del Mesías?… Y el Niño…, tan normalito, tan
dormido… Como divino desde luego es divino; pero, claro, de ahí a lo otro…
¡Qué horror! Lo que habrás pensado de mí. Porque es que, además, ¡eres tan
joven!: una chiquilla, reconóce­lo; y claro, aunque una está acostumbrada a
tratar con gente de categoría (ni te cuento los que pasan por la posada), no es
igual; porque ellos se dan importan­cia, y van tan estirados, que ni te miran.
Y tú, a tu si­tio, a servir… 
Por eso, cuando me dice Zabulón (que hay que ver
ese chico, hasta se le ha puesto cara de listo), me cuenta que tú…, ya sabes.
Pues entonces no sé si tengo que llamarte Majestad, ni cómo decir lo que quiero
decirte… 
Bueno, pues que estos son los pa­ñales, y si quieres te los lavo
otra vez, o hago lo que mandes; pero que de aquí no me voy. Ya está. 
 De nuevo Salomé rompe a llorar. Y María la
tranquiliza, Zabulón le dice que parece tonta, y José le enseña la cuna que
está fabricando con cuatro palos que le trajo un pastor.
 —El caso es que ya notaba yo algo. Se veía ense­guida
que erais un matrimonio distinguido. Tú, tan alto, tan serio, tan señor a pesar
de ser tan joven… Porque tú, ¿qué tienes, veinte? No, no me lo digas. Y tú,
María…, por aquí no las hay así. Preciosa, desde luego, pero no como las
demás chiquillas de tu edad. Es que miras con una carita… ¿Te has fijado,
señor José?…
 —¡Sa1omé…, que me pones colorada!
 —Bueno, pues así ya somos dos, porque yo debo
estar como un tomate.
 Al terminar su trabajo en la posada, Salomé
vuelve al portal con un cojín de plumas para Jesús, media docena de pañales
nuevos y leche para la cena. Cae la noche. Yavé atenúa la luz de su estrella
para no desvelar a su Hijo. Oriente recoge
su cola de plata, y María se deja convencer por la lavandera, y se dispone a
descansar un poco. También José duerme, con Zabulón y el perro a sus pies.

Salomé ha cogido en brazos al recién nacido, y
no deja de mirarlo y remirarlo.

 —¡Gabriel…!
 —¡Sssshh…! No hables tan alto, Oriente, que vas a despertar al Niño.
 —Me parece que no lo dices en serio. ¿Cómo voy
a despertar a Jesús a tanta distancia? Ya les gustaría allí abajo poder oír
cómo charlamos las estrellas.
 —Bueno, ¿qué quieres?
 —Que me cuentes lo que está pasando…
 —Por ahora, que Salomé ha despertado al Niño, y
yo creo que lo ha hecho adrede.
 —Ya. ¿Y por qué está aquí?
 —Ella es muy importante en el belén. Ha lavado
los pañales del Mesías y ahora es su Ángel Custodio.
 —¿La lavandera?
 —Sí. No sé por qué te sorprendes. Ya te dije
que Yavé ha querido poner un ángel a cada hombre. Y Je­sús no podía ser
menos…
 —Pero Salomé no es ningún ángel…
 —Eso es lo que suelen decir los hombres para
disculparse cuando se portan mal: que no son ángeles. Y es verdad, no lo son…
Son un poco más pequeños o un poco más grandes… Depende del punto de vista.
 —No lo entiendo.

—Desde luego nosotros somos superiores en lo
que ellos más valoran: en inteligencia, en poder…, ya sabes. Pero Dios nunca
se ha hecho ángel; y, sin embargo, ha inventado este belén para convertirse en
niño por amor a los hombres… Dime, Oriente,
¿a quién crees que ama más Yavé, a los hombres o a los ángeles? 

 
Oriente
no
contestó. Hay preguntas que difícil­mente pueden ser entendidas por las
estrellas.
 —Pero te hablaba de Salomé, ¿verdad? —conti­nuó
Gabriel—…, y te decía que es el Ángel de Jesús. ¿Crees que bromeaba? Fíjate:
ahora tiene en los bra­zos al Niño y ha empezado a charlar con él.
 —¿Y qué se dicen? 
 —¡Ni se te ocurra preguntarlo, Oriente! Ni si­quiera los ángeles
tenemos derecho a escuchar deter­minadas cosas… Además hablan en una lengua
miste­riosa que sólo conocen las madres, los recién nacidos y las niñeras…
 —¿Y tú, que eres tan listo?
 —Te aseguro que, algunas veces, hasta los Ar­cángeles
nos sentimos un poco tontos.
 —Oyéndote hablar, cualquiera pensaría que la
lavandera es el personaje más importante del belén de Yavé.
 —Después de Jesús, de María y de José, desde
luego… Fíjate, Oriente: echa una
ojeada al resto de es­te mundo que Dios ha elegido para nacer. Verás millones
de personas; y, dentro de nada, en unos cuantos siglos, habrá miles de
millones: unos trabajarán la tie­rra, y cosecharán frutos capaces de alimentar
a cien­tos de planetas como éste; otros arrancarán la energía que Dios encerró
en la materia, y aprenderán a volar casi como los ángeles; se trasladarán de
una parte a otra del globo, y siempre muy deprisa… 
Llegarán in­cluso a
preguntarse por qué corren tanto. Algunos imitarán al mismo Creador tratando de
sacar de sus pinceles, de sus manos o de su pluma, universos nue­vos,
esculpidos en piedra, en sonidos o en palabras… Y verás, sobre todo,
comerciantes: montañas de gen­tes que venden y compran cualquier cosa real o
imagi­naria: tierras, casas, mares, tiempo, derechos, debe­res, números,
talentos… Entregarán dinero a cambio de otro dinero, o de papeles que hablen
de dinero. Ellos mismos sospecharán que están locos, pero se­guirán enganchados
a su locura. Y mira, sobre todo, a los que gobiernan: reyes, tiranos,
presidentes, tribu­nos… 
Enseguida se les pondrá la voz campanuda, y creerán
sinceramente que el mundo gira a su alre­dedor… 
 Hizo una pausa el Arcángel. Oriente estaba ya un poco confusa, como
siempre que San Gabriel cogía carrerilla; y no se atrevía a decir palabra.
 —Fíjate ahora en Salomé… ¿Quién crees que es
más importante?
 —No sé…, yo…
 —Te lo explicaré de otra manera. Tú sabes que,
en el Cielo, hay miríadas de ángeles…
 —¿Miríadas?
 —Quiero decir que somos incontables, como los
granos de arena de un desierto, y, entre tantos, sólo unos pocos miles de
millones tienen el oficio de Cus­todios. Los demás se dedican a trabajos
aparentemen­te más elevados. Sin embargo, no hay tarea que atrai­ga tanto a los
ángeles como la de servir a otra criatura entregándose a ella, por amor a Yavé.
Allí arriba todos suspiran por tener un hombre a quien guardar. Y no pienses
que es fácil. También los ángeles tienen que lavar pañales y pasar las noches
en vela, y correr el riesgo de que tu ahijado te ignore durante toda su vida. 
Pero vale la pena crecer con él, acompañarle siempre, sugerirle mil ideas al
oído con la esperanza de que alguna vez te escuche. Y ser siempre su servi­dor,
casi su esclavo, hasta llevarlo al Cielo. 
Esto, que­rida Oriente, me temo que en la tierra no lo entende­rían. Aquí servir
parece humillante. Los hombres prefieren tener,
y mandar: sobre todo mandar… 
¿Cuántos crees que encontraríamos dispuestos
a ejer­cer el oficio de ángeles de la guarda? 
 —Salomé…
 —Sí; Salomé lo ha entendido. Ha elegido la me­jor
parte, y pido a Yavé que nadie venga a liberarla.
 La lavandera, entre tanto, sigue conversando
con Jesús.
 —¡Qué gracioso estás, hijo mío, tan dormido!
Perdona que te llame así, pero se me hace raro tratarte de Majestad. Y más
después de ver cómo ensucias los pañales; que, verdaderamente, no tienes
conside­ración con tu madre, la pobre. Fíjate lo cansada que está, y lo bien
que duerme… Mira, rico, mañana mis­mo me pongo de acuerdo con ella y con tu
padre, y a ver si me puedo quedar. No le pediré mucho, no creas, que una no
está para exigencias, y con los tiempos que corren… Yo, con librar dos tardes
y… 
¡Vaya!, ¡ahora abres los ojos! No se te ocurrirá llorar…, ¿eh? No te
preocupes, hombre, que yo no me separo de ti aunque me den sólo casa y
comida… 
Así que ahora te ríes… ¿Se puede saber qué es lo que te hace tanta
gra­cia? 
(¡Dios mío, qué les daré yo a los niños, que todos acaban por reírse
en cuanto me miran a la cara!).

ENRIQUE MONASTERIO, EL BELÉN QUE PUSO DIOS.
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