En pocos lugares como en Leyre se han anudado con tanta fuerza arte, historia y tradición. Si es el más distinguido panteón de los monarcas de Navarra –reino cardinal en la Edad Media ibérica–, antes fue asiento del cristianismo en el Pirineo y baluarte, luego, ante las aceifas agarenas. El consejo de sus abades tuvo tanto reconocimiento que, durante siglos, se buscó su sabiduría y prudencia para la diócesis pamplonica. La iglesia del monasterio es muestra fundamental del Románico temprano y su cripta, uno de los espacios más singulares del arte español. Este cenobio está también unido a la leyenda del abad Virila, que en realidad es una versión popular de la hermenéutica sobre la eternidad. La frondosidad de su entorno conviene a la imagen del sereno retiro monacal y el aislamiento erudito de sus monjes.