Erasmo de Rotterdam es, para muchos, el más importante de los humanistas cristianos y no sólo de la Edad Moderna. Autor prolífico y diverso, Erasmo ejerció una gran influencia en el mundo intelectual de su tiempo, aportando una nueva concepción del conocimiento que permitía contrastar las ataduras de la tradición frente a la apertura de las mentalidades. El ideario erasmiano se configura a partir de un fuerte carácter marcado por la independencia que le lleva a producir con plena libertad intelectual obras principalmente de contenido religioso, pero también de temática pedagógica y político-social. Desde el punto de vista religioso, Erasmo fue un cristiano ortodoxo que no dudó en incluir en su ideario, junto a elementos del humanismo nórdico, puntos que habían de servir de base para el desarrollo del protestantismo. La preocupación por la enseñanza, en la que destaca la necesidad del conocimiento de las lenguas clásicas y de la gramática, como medios al servicio de la difusión y perfecta comprensión de los textos sagrados y las doctrinas cristianas, le llevó a plantear una auténtica revolución en los métodos didácticos y al choque con los sectores más inmovilistas de la intelectualidad de su tiempo. Precisamente desde esa posición pedagógica Erasmo aborda la filosofía política a partir de dos premisas básicas: que el príncipe tiene la obligación de velar por la seguridad y el progreso de su pueblo, y que eso debe hacerlo manteniendo la paz entre las naciones. El siglo XX ha aportado una visión del humanista flamenco que supera los aspectos más populares e ingeniosos de sus obras para centrarse en su papel de figura dominante en el renacimiento europeo, especialmente en el campo de la educación y, en estrecha relación con el mismo, el de la exégesis bíblica. No extraña que una de las principales autoridades en relación con su figura, Jean Claude Margolin le calificara de preceptor de Europa. Esta obra quiere ser un acercamiento a la figura del intelectual y al reflejo que su ideario, fundamentalmente el religioso, tuvo en buena parte de España. Presenta un Erasmo adversario del fanatismo sustentado en débiles bases intelectuales; mediador en los conflictos políticos y religiosos en que la sociedad de su tiempo se vio envuelta. Sin tratar de imponer su modo de pensar a nadie; pero sin dejar de ser un intelectual firme en sus convicciones y duro de batir.