No tengo tiempo para Dios

¡Uy, cuánto lío tengo!

Una Señora donó en Helsinki una suma enorme de para un centro de formación de la . Veía la importancia de la iniciativa y confiaba en quienes la iban a llevar adelante. Uno de ellos pidió también sus oraciones para que el proyecto fructificara rápidamente.
Ella respondió lánguida:
– Estoy muy liada: no tengo tiempo para .

Sigue una que ilustra la necesidad de rezar cuando uno tiene muchas ocupaciones…

El valor de la Eucarística
Había un , Luis IXque tenía todo tipo de líos: guerras con países problemas de revueltas internas, intrigas de los nobles y problemas familiares. Aún así se las arreglaba para asistir a a diario; uno de sus generales, asombrado le recriminó: con todos los líos y angustias que tiene su Majestad, no sé cómo todavía encuentra tiempo para ir a Misa…
y el Rey -- le contestó:
Es gracias a la Misa por lo que puedo enfrentarme a mis problemas…

Una historia de LUIS IX

LUIS
Rey de Francia
(1215-1270)

"Luis, prefiero verte muerto antes que en desgracia de Dios por un mortal". Era su santa Madre, Doña Blanca de Castilla, quien así hablaba a su . Ella era hija del rey de Castilla y Regente de Francia. Su sería un gran rey, celoso impulsor de la de la Iglesia, ardiente capitán de Cruzadas y, lo que más vale, un .

Muchas virtudes aprendió de su santa madre, pero quizá la más importante fue el amor a la Iglesia y a los pobres. Nació en Poissy el 25 de abril de 1214 y poco después allí mismo recibió el gran don del santo . Llegará a apreciar de tal modo lo que estar bautizado significa que en muchos documentos no se firmará como "Luis IX de Francia", sino "Luis de Poissy".

Doña Blanca, al quedar , se hace cargo del gobierno de la nación. Lo hace con gran maestría. De ella va aprendiendo el futuro rey cómo se deben llevar las cuestiones de y cómo hay que tratar a los súbditos, especialmente a los pobres. Siempre los amará con toda su y no faltará quien le acuse de ser demasiado generoso con ellos en detrimiento de los del Estado. Cuando él sea rey de Francia, querrá tener siempre a su lado a su madre y le pedirá consejo en cuantos asuntos trate de cierta gravedad. Su misma madre, en cuyo corazón ardía el deseo de la conquista de los Sagrados Lugares, animará a su hijo a que tome parte en una de aquellas Cruzadas y cuando se entere, estando en Oriente, de la de su santa madre, llorará como un niño esta pérdida y dirá al Señor, como nos cuentan los Cronistas de su tiempo: "Te doy gracias, Padre Santo, por la madre que me diste. Ella me educó y formó. Págale, Señor, cuanto por mí hizo… Ahora te la has llevado a la Gloria. Bendito seas por los siglos de los siglos…".

En 1235 contrae matrimonio con la bella y cristiana , hija de D. Ramón de Berenguer, conde de Provenza. Fueron modelo para todos los príncipes, de unión y amor. La Reina se dedicaba más bien a la de los hijos y al gobierno de la casa. No influía en la marcha de la nación, como lo hiciera Doña Blanca. A pesar de ello cuando el sultán de Egipto propone unas condiciones a Luis IX, dicen que contestó el monarca galo: "Consultaremos a la Reina para conocer su parecer. Ella es mi dama y no puedo hacer nada sin su ".

Luis era un hombre de gran y gran piedad. Asistía a Misa todos los días y pasaba largas horas en . Alguien criticó que el rey pasara tanto tiempo entregado a de piedad. Llegó hasta los oídos del rey y éste se limitó a decir: "Seguro que nadie diría nada si emplease el doble de tiempo en jugar a los dados o en correr por los bosques tras los ciervos y las perdices".

En cierta ocasión alguien le animó a que fuera a visitar la Sangre de Cristo que estaba fresca, como premio a la fe de un sacerdote. Y contestó el piadoso rey: "Id vosotros, si os place, pues será que no creéis o creéis mal. Yo lo creo como lo enseña la Santa Madre Iglesia, y por eso, la Misa me basta".

Se preocupó de levantar iglesias, ayudar a los pobres, defender la justicia en todas partes. Era como el padre bueno al que podían ir sin miedos aunque fuera rey. Luchó contra la blasfemia, y a su hijo y heredero, Felipe, le dijo: "No sufras que se diga delante de ti alguna blasfemia contra Dios ni contra los Santos".

Por fin, lleno de buenas obras, mientras lucha en su segunda Cruzada, cerca de Túnez, el 25 de agosto de 1270, muere abatido por la peste, en un lecho de ceniza y pidiendo perdón de sus pecados.

Esta última extraída de aquí…