12. Las figuras torcidas 

 
 

—Dios lo puede todo, ¿verdad?

—Sí, claro…
—Entonces, ¿podría crear una
piedra tan pesada, tan pesada que ni Él mismo fuese capaz de mover­la?
—Ya  la ha creado.
—¿Sí…?

—Claro. Tu voluntad es esa piedra.

(Parte de una conversación con una alumna
de 11 años. No sé si me entendió. Por si acaso, le dedi­co este capítulo).

  

Para poner su belén, Dios Padre utilizó figuras
gran­des, como las estrellas o los montes, y figuras diminu­tas, como el grillo
del portal o los estorninos que lim­piaron el suelo del establo. 

Todas son
obras de arte, como corresponde a la infinita sabiduría del Creador; pero no
era preciso hacerlas perfectas. Incluso conve­nía que tuviesen deficiencias y
limitaciones: la tosque­dad también es graciosa, y el belén de Yavé no iba a ser precisamente de
porcelana. 
Por otra parte, ¿cuándo es perfecta una colina, una nube o un bo­rrico? 
 Según
aseguran en el Cielo, el primer camello (el todoterreno de los desiertos, que
habría de ser ca­balgadura de los Reyes Magos) fue diseñado por un comité de
ángeles; y salió tan feo, con su mirada mio­pe, sus jorobas grotescas y sus
zancos enormes y descoordinados, que a nadie se le pasó por la mente que Yavé
aprobaría aquel extraño proyecto.
 Sin embargo a Dios le gustó su aire desgarbado,
sus depósitos de combustible a la vista y la suspensión independiente en las
cuatro patas.
 Y creó el camello de dos jorobas, y el modelo deportivo con una
sola, al que llamaron dromedario.

A lomo de dromedarios llegaron los Magos a Je­rusalén,
y allí conocieron a otra de las figuras del be­lén; un personaje que salió
torcido y un tanto ridículo: se llamaba Herodes.

 —¿Quieres decir que algunas figuras le salen
mal a Yavé?

Oriente parecía
escandalizada

 —¿Cómo puedes pensar eso?, respondió el Ar­cángel.
El Creador trabaja el barro divinamente, pero los hombres no son corno las
estrellas, y algunas veces no se dejan modelar.
 —Pues no lo entiendo.
 —Resulta que Dios Nuestro Señor piensa en cada
una de las criaturas desde toda la eternidad, y sólo con quererlas, comienzan a
existir. Tú, Oriente, eres un
pensamiento divino, y no puedes escaparte de la mente de Yavé. Allí estarás
mientras dure el univer­so. Si por un imposible Él se olvidara de que existes,
te esfumarías; no quedaría de ti ni un átomo de re­cuerdo.
 ¿Me sigues?
 —Me temo que no…
 —Recuerda lo que te dije hace tiempo: que Dios
te ha creado perfecta y completa para la misión que tienes encomendada, que tu
vida y tu muerte están ya escritas, igual que la caída de cada hoja del último
ar­busto del mundo o las notas de la melodía que inter­preta la brisa al peinar
las copas de los álamos. Nada escapa a la voluntad de Yavé…, salvo una cosa. 

Oriente asentía
con un estudiado parpadeo, pero la verdad es que no entendía nada.
 —Me refiero a los hombres, naturalmente, a las
únicas figurillas del belén que Dios ama por sí mis­mas, las únicas también que
están inacabadas. Él ha soñado con cada uno, y a cada uno le ha asignado un
puesto junto al establo de Jesús. Más aún, querría poner el pesebre en el mismo
centro de su corazón. Pero los ha hecho libres.
 —¿Y eso qué significa?

—Que Yavé les ha hecho alfareros de su propio
barro y quiere que terminen de modelarse a sí mis­mos. 

¿Te has fijado que,
cuando nacen, son las criatu­ras más indefensas del universo? Es que están aún
sin hacer; y necesitan años para madurar. No ocurre lo mismo con los demás
animales: fíjate en las aves, por ejemplo; Yavé las viste de plumas y en pocos
días las lanza a volar; que sólo para eso han nacido. Pero los hombres deben
formarse poco a poco, hasta llegar a ser…, lo que ellos quieran. 
 —¿Y Dios no les ayuda?

—Naturalmente. Y si son sensatos, se dejarán
llevar de su mano, ya que, en definitiva, él está más empeñado que nadie en
hacerlos felices. 

El problema es que algunos usan su libertad tan mal que
acaban por destruirse. Y cuando Yavé les habla, se hacen los sordos o miran
para otra parte, como aquel pequeño rey. Y entonces salen torcidos, grotescos:
son las figu­ras oscuras del belén de Dios.

Pero, ya lo verás, Oriente: aunque Yavé no pueda cambiar la voluntad de Herodes, sus
planes saldrán igualmente.

 —Hemos visto su estrella en Oriente… —había
di­cho Gaspar. 
 Herodes, sentado en su inmenso trono, parecía
cada vez más pequeño, más viejo y tembloroso. Mel­chor tuvo la extraña
sensación de que, a medida que aumentaba su ira, disminuía de tamaño, y se
conver­tía en un enanito gruñón con ropajes demasiado gran­des y con una corona
que resbalaba en todas las di­recciones.
 —¡Su estrella! —explotó al fin—. ¿Qué estrella?
¿Cómo saben ustedes que era una estrella, y no un co­meta, un planeta, un
meteorito, un reflejo de la luna, un pegaso, un halcón peregrino o cualquier
otro obje­to volante no identificado? 
¿Y qué significa exacta­mente su? 
¿Qué les hace suponer que esa presunta
es­trella sea propiedad privada? Han de saber, mis queridos magos, que, en este
reino, todo lo que existe, desde las más profundas entrañas de la tierra hasta
el cielo, pertenece a la Corona…
 —Y al Altísimo… 
 —Sí, claro. Pero ¿quién administrará mejor lo
que pertenece a Yavé que el Rey de su Pueblo Elegido? 
Los Magos, que habían contado va su historia
tres o cuatro veces, escuchaban con paciencia las que­jas de Herodes, y se
preguntaban por qué razón, a ese reyezuelo gruñón y avinagrado, le apodaban en
Israel El Grande.

 

*
* *

  


Oriente no
comprendía por qué Dios nuestro Se­ñor le había fundido los plomos. 
Apagada,
sin luz y sin calor, volaba a oscuras por el espacio como una estrella fantasma
o como un meteorito, invisible a los ojos de los Magos, que la habían perdido a
las puer­tas de Jerusalén.
 —¿Por qué no puedo volver a brillar corno an­tes?
—se quejaba—. No es justo lo que les ha ocurrido a los pobres Magos. Me han
seguido desde tan lejos… Hemos cruzado el desierto, y no han desfallecido. Sa­bes
bien, Gabriel, que a punto estuvieron de volverse atrás cuando Yavé les mandó
la tormenta de arena, y cuando se quedaron sin agua y casi sin esperanza de
encontrarla. Sin embargo todo lo superaron porque sabían que al anochecer yo
aparecería en la línea del horizonte para indicarles el camino. 
Sin embargo,
ahora… 
¿Qué pueden hacer si Dios me deja sin luz?
 —Preguntar a quién representa a Dios. Su
estrella, en esta etapa del viaje, debe ser el Rey de Israel.

—¿Herodes?

 —Cumplirá su misión, no te preocupes. Y cuan­do
lo haga, Yavé te encenderá de nuevo para que guíes a tus Magos. 
 No se hablaba de otra cosa en Jerusalén:
 —Dicen que ha nacido el rey de los judíos…
 —¿Quién lo dice?

—Han llegado unos Magos de Oriente, unos gen­tiles
amigos de las estrellas.

En el templo lo susurraban los sacerdotes y los
mercaderes; los rabinos buceaban en sus libros en busca de pistas para
localizar al Niño; los pastores lle­vaban el mensaje con sus rebaños a los
pueblos veci­nos; los campesinos, siempre desconfiados, miraban de reojo al
cielo por si también ellos avistaban la es­trella, y hasta los publicanos
olvidaron por un mo­mento su oficio de recaudadores para preguntarse quién
podría ser ese rey tan temido y deseado. 

 Herodes, entre tanto, reunido con los teólogos
de la Corte, trataba de dar una salida a la crisis.
 —¿En Belén? ¿Estáis seguros?
 —Eso dice el Profeta, Majestad: «Y tú Belén,
tie­rra de Judá, no eres ciertamente la menor entre las principales ciudades de
Judá; pues de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo, Israel…».
 De nuevo ante los Magos, Herodes se deshacía en
sonrisas.
 —Traigo buenas noticias… 
Quizá tengáis razón,
y vuestra famosa estrella anuncie el nacimiento de un rey. Id a Belén, y
preguntad allí. Si lo encontráis, regresad cuanto antes, que yo también quiero
adorarle.

Cuando los Magos cruzaban la puerta de la Ciu­dad,
Yavé encendió de nuevo a su estrella y le entregó como regalo una cola
bellísima de espuma plateada, como la estela de una nave. Los Magos, al
descubrirla en el horizonte, se llenaron de alegría, y Oriente se ru­borizó al verse reflejada en las aguas del mar. Quiso
decir algo; pero al Ángel, de pronto, le entraron las prisas:

 —Tengo que irme, Oriente. Estos tres infelices no saben lo que está maquinando Herodes.
Voy a con­társelo. Tú, mientras tanto, guíales hasta el Portal.

Gabriel se había puesto serio, y aunque todo el
mundo sabe que los Ángeles no lloran, la estrella cre­yó ver en sus ojos la
chispa de una lágrima.

—¿Qué te ocurre? ¿Estás triste?

 —Nada, Oriente,
nada… Es que el belén de Yavé se va a llenar de sangre. Pronto verás las
primeras figurillas rotas; morirán antes de abrir los ojos. Son los más
inocentes, y Dios los creó para vivir; pero Él, que ha preparado un firmamento
entero para decorar su cuna, que ha movido montañas y océanos con sólo su
pensamiento, no puede mover la voluntad libre de un reyezuelo oscuro y
torcido…
 Es una piedra demasiado pesada para el Omnipotente.
 Apenas se fue el Ángel, Oriente escuchó el llanto de un Niño. Belén estaba a la vista, y la
estrella empe­zó a descender sobre el Portal. Tras su larga estela de plata,
volaba una escuadrilla de serafines, que comen­zó a entonar el primer
villancico, con letra y música de Yavé.
 El espectáculo fue tan grandioso que
hasta los ángeles sintieron escalofríos. Pero en la tierra casi nadie lo vio:
los hombres, aquella noche, tenían otros sueños más urgentes. 
Y fue una pena,
porque tampo­co vieron el rubor de las mejillas de María ni la sonrisa de San
José ni los aplausos del Niño desde el pesebre.

El Belén que puso Dios, Peque Monasterio