Jonás era un profeta muy pequeño. Es decir, que, además de ser hombre más bien bajito y delgadito, ejercía como profeta muy pocas veces, y se pasaban años enteros sin que dijese esta boca es mía, e incluso cuando una , ésta era minúscula. Por lo que respectaba al porvenir, era muy prudente, y, si grandes calores para el verano, siempre apostillaba que, sin embargo, no sólo por las noches habría un vientecillo de refrigerio, sino que, al caer el sol o por las mañanitas, habría días en que convendría echarse algo a la espalda. Y cuando criticaba la , o los abusos sociales, o los desmanes de los poderosos, siempre lo hacía con mucha mesura, y decía por ejemplo:

-¡Hombre, no! ¡Esto no! Esto es un abuso y una indignidad, y no puede ser.

(José Jiménez Lozano, «El viaje de Jonás», p. 9)