« del Niño Jesús tenía un problema en su vida de oración: ¡se dormía! No era culpa suya: había entrado en el Carmelo muy joven y no dormía lo suficiente para su edad…. Aquella debilidad no le entristecía demasiado:
«Yo creo que los niños pequeños gustan lo mismo a sus padres cuando duermen que cuando están despiertos; creo que para las operaciones los médicos duermen a los enfermos. En fin, creo que el Señor ve nuestra fragilidad, que recuerda que no somos más que polvo».

(«Historia de un alma», citado en «Tiempo para Dios» de Jacques Philippe, p. 55)