UN ANTES Y UN DESPUÉS

Recuerdo la fuerte impresión que provocaron en mí los primeros poemas que tuve ocasión de leer de Bartolomé Llorens. Me conmovieron precisamente porque sabía que los había escrito un hombre que durante muchos años había negado por sistema a Dios.

 En un momento determinado se convirtió: «durante unos días de retiro, a los que fui con el nefando propósito de salir como había entrado» -escribe Llorens-, «el Señor me señaló con su marca de fuego».

La transformación fue total y generosa: no puso límites a su entrega. En su alma eclosionó la alegría. La alegría del hombre nuevo, que marca un violento contraste en sus poemas con la nostálgica tristeza del hombre viejo.

Primero, la frialdad del alma:

 ¡Qué triste corazón sin tu mirada,

 sin tu luz, mi Señor, sin tu ventura!

¡Qué muerte sin tu amor! ¡qué desventura!

Sentir mi ceguedad, mi amarga nada.

Después, la fuente clara:

He callado mis gritos y mis voces

y escucho allá en el fondo la voz

 tuya mansa y humilde, Señor, amor cantando.

¡Qué nueva vida! ¡qué secretos gozos!

Ten cuidado, Señor, no me destruya

esta caricia, amor, que me estás dando.

Murió Bartolomé Llorens de un dolorosísimo cáncer de garganta, con una sonrisa en los labios y unas palabras cariñosas a la madre que lo estaba despidiendo: «¡Adiós! ¡Y ahora, me voy con Él!».

 Y cerrando los ojos, suavemente descansó en el Señor.

En sus últimos poemas encontramos estos versos:

Dejó mi amor la orilla

y en la corriente canta,

 no quedó en la ribera,

 pues su amor es el agua.

Como si su muerte alegre fuera ese dejarse llevar por aquel «río de agua viva que salta hasta la vida eterna», que corre cantando, como si hubiese vivido la experiencia de la que habla, con palabras inolvidables, San Ignacio de Antioquía en su Carta a los romanos, escrita ya al atardecer de una larga vida apostólica, cuando se aproximaba al martirio: «un agua viva murmuraba dentro de mí: ven al Padre».

Conmovedoras experiencias cristianas. Alegrías imposibles de fingir, que llevan el sello de la autenticidad y recuerdan, en lo más secreto del alma, aquellas palabras del Señor: «si conocieses el don de Dios», o aquellas otras, tal vez dichas por alguien que nos quiere y desea nuestra conversión: «si vivieses las alegrías que yo vivo…, si aceptaras un trasplante de vivencias, una transfusión de sentimientos…».

¿Para que unos días de retiro?
El ritmo de los acontecimientos nos introduce fácilmente en una espiral de ruido y ajetreo, que hace difícil pararse a reflexionar sobre nuestra fe y preguntarnos ¿qué me falta? ¿qué puede dar sentido a mi vida? Es como descubrir un vacío que la abundancia de cosas no logra colmar.
El corazón del hombre es un espacio que nunca acaba de sentirse satisfecho. ¿Qué necesita? Un experto en esa aventura del corazón que busca el sentido -San Agustín de Hipona- expresó con sencillez la experiencia de su búqueda: Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.
Los días de retiro son días de paz y serenidad. La soledad y la tranquilidad libremente buscadas, la meditación en torno a la figura y las palabras de Jesús, su presencia eucarística en el sagrario, hacen posible el diálogo y el encuentro personal de cada una y de cada uno con ese Dios que nos ama tanto. Conocer y amar a Jesús, conocernos a
nosotros, hacernos capaces de amar de verdad a los demás: tres cosas fundamentales en las que merece la pena invertir una pequeña parte de nuestra vida, con la ilusión de mejorar -como hicieron los cristianos de los primeros siglos- el mundo en que vivimos. De D. Angel Cabrero, Madrid