Pensar en la muerte, tenerla como una buena compañera, trae tremendos beneficios, pues nos pone en la perspectiva adecuada. La vida no se entiende sin la muerte.

La muerte da valor a la vida.
Dicen que el rey Damocles, reinó con una espada colgando del techo de su trono, simplemente sujeta por el pelo de la cola de un caballo. Cada decisión, cada medida puede ser la última… por eso debemos vivir en presente y tomar la mejor decisión de las posibles en cada paso de nuestra vida.
Ana Bolena, esposa de Enrique VIII de Inglaterra, padeció cierto proceso, que por curioso, vamos a relatar…
Fue ejecutada a las ocho de la mañana. Hace 473 años. La primera reina de Inglaterra que fue decapitada por adulterio, incesto, traición, herejía y actos contra el rey.

En un momento de tal angustia, sorprenden las alabanzas profesadas a un Enrique VIII que no se merecía su cariño, pero ella íntegra, serena, conmovió con un discurso conmovedor (recomiendo leer en el inglés del siglo XVI) sin señal de desesperación ni miedo.

Ann Boleyn se arrodilló en posición vertical (en las ejecuciones al estilo francés, con una espada, no había ningún bloque para apoyar la cabeza). Sus damas le quitaron el tocado, dejándole la cofia blanca que le sostenía el espeso cabello negro apartado del largo cuello. Una de las damas le puso una venda sobre los ojos.

Se dirigió al verdugo y le dijo: – “No le daré mucho trabajo, tengo el cuello muy fino”. Sus damas quitaron el tocado y ataron una venda sobre sus ojos.
La ejecución fue rápida, consistente en un solo golpe. Su verdugo fue tan considerado con Ann que exclamó, «¿Dónde está mi espada?» y luego la degolló, para que ella pensara que tenía todavía unos momentos más para vivir y no sabría que la espada estaba en camino.
Según cuentan fue una muerte rápida y casi no sufrió.
Sus damas cargaron con el cuerpo. El gobierno no aprobó proporcionar un ataúd apropiado para Ann. Así, su cuerpo y cabeza fueron depositados en un arca alargada y sepultados en una tumba sin marcar en la capilla de St. Peter ad Vincula.
En un día como hoy yo paseaba por los jardines de Hever Castle, residencia de Ann Boleyn durante su niñez y en los últimos días de vida, justo antes de su ejecución. Recorriendo el laberinto del jardín, uno desearía llevar un vestido como el suyo, un collar de perlas al cuello, una cofia, y quizá verse acompañada de las “fieles” damas de la corte. Pero entonces me detengo, cerca o lejos de la salida, estoy perdida y oigo a Elizabeth al otro lado, y me pregunto si mi cuello es tan fino como el suyo.