Estando en París, el Albéniz llamó o escribió a su mujer, y le dijo:

“Me encuentro muy mal”. Ella, tomó un tren y viajó a París, le encontró esperándola en la estación, con una pinta totalmente saludable, por lo que le dijo: “Me alegro de que te hayas restablecido”. Y él le contestó: “No he estado enfermo; es que había empezado a enamorarme de una”.