Nació en Cancale (Bretaña, Francia), el 25 de octubre de 1792, en plena tormenta revolucionaria. Fue la sexta de una familia de ocho hijos. Su padre, pescador, como la mayoría de los hombres de su región, desapareció en el mar cuatro años más tarde. Su madre se quedó sola para mantener y educar a sus cuatro hijos (otros cuatro habían fallecido de ).

De su madre y de su tierra natal Juana heredó una fe viva y profunda, un firme, una fuerza de alma que ninguna podía hacer titubear. Como consecuencia del clima y de las dificultades económicas, Juana no pudo ir a la escuela. Aprendió a leer y a escribir gracias a las terciarias eudistas, muy extendidas en la región, que le enseñaron el catecismo. Siendo aún niña, rezaba el rosario mientras guardaba el ganado en los altos acantilados que dominan la bahía de Cancale, en un marco de belleza que eleva y engrandece el alma. De vuelta a su casa, ayudaba a su madre en las tareas . A los 15 años, se iba a trabajar a cinco de Cancale a una casa señorial; junto con la propietaria salía al encuentro de los más . Al ser ella misma pobre, percibía la humillación que sentían los pobres a los que «asistía».

Juana tuvo la certeza de que Dios la llamaba a su servicio. Por eso dejó sin a un joven marinero que la pidió en y al que dijo: «Dios me quiere para él. Me reserva para una obra desconocida, para una obra que aún no está fundada». Trabajó durante seis años de ayudante-, e ingresó en la Tercera Orden del de la Madre Admirable (eudista), donde descubrió el del corazón: «No tener más que una vida, un corazón, un alma, una con Jesús». Hizo la experiencia de una vida a la vez activa y contemplativa, centrada en Jesús. Desde entonces, sólo tenía un deseo: «Ser humilde como lo fue Jesús». Por motivos de salud, dejó el hospital y fue acogida por una amiga terciaria, la señorita Lecoq, a la que sirvió durante doce años, hasta su muerte en 1835.

Una tarde de de 1839, Juana encontró a una pobre anciana, ciega y enferma, que acababa de quedarse sola. Conmovida, sin dudar un segundo, la tomó en sus brazos, le dio su cama y ella se instaló en el desván. Esta fue la chispa inicial de un gran fuego de caridad. A partir de entonces, nada la detuvo. En 1841 alquiló un local en el que acogió a doce ancianas. Varias se unieron a ella. En 1842, adquirió —sin dinero— un antiguo convento en ruinas, donde muy pronto albergaría a ancianos. Para poder hacer frente al y animada por un Hermano de san Juan de Dios, salió a la calle con un cesto en el brazo, se hizo mendiga para los pobres y fundó su obra confiando en la Providencia de Dios. En 1845, recibió el premio «Montyon», que la Academia Francesa otorgaba como recompensa al «francés pobre que haya hecho durante el año la acción más virtuosa». Siguieron las fundaciones de Rennes y Dinan en 1846, la de Tours en 1847, la de Angers en 1850, por mencionar sólo aquellas en las que Juana participó, ya que pronto la congregación se extendió por Europa, y África y, poco después de su muerte, por Asia y Oceanía.

En 1843, cuando Juana volvió a ser elegida superiora, el padre Le Pailleur, consejero desde los comienzos de la obra, inesperadamente y con su sola autoridad anuló la elección y nombró a Marie Jamet (21 años) en su lugar. Juana vio en ello la voluntad de Dios y se sometió. Desde ese momento y hasta 1852, sostuvo su obra por medio de colectas, yendo de casa en casa, animando con su ejemplo a las jóvenes hermanas sin experiencia, y obteniendo las autorizaciones oficiales necesarias para el desarrollo del .

En 1852, el obispo de Rennes reconoció oficialmente la congregación y nombró al padre Le Pailleur superior general de la misma. Su primer acto fue llamar definitivamente a Juana Jugan a la casa madre, donde vivió retirada los últimos veintisiete años de su vida. ¡ de ocultamiento! Durante todo ese tiempo, las jóvenes hermanas ni siquiera sabían que ella era la fundadora. Pero Juana, viviendo entre las novicias y postulantes, cada vez más numerosas a causa de la de la obra, transmitía con su serenidad, su y sus consejos el carisma de la congregación que ella había recibido del Señor.

Murió el 29 de agosto de 1879, después de haber pronunciado estas últimas palabras: «Padre eterno, abrid vuestras puertas, hoy, a la más de vuestras hijas, pero que tiene un deseo tan grande de veros… ¡Oh María, mi buena Madre, ven a mí! Tú sabes que te amo y cuánto deseo verte».

La congregación contaba entonces con 2400 religiosas y 177 casas repartidas en tres continentes. «Si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto».

Fue beatificada por el siervo de Dios II el 3 de octubre de 1982.