“Reconocer nuestra nada, hijos, nos hace eficaces, nos llena de alegría. Pauper servus et humilis! Soy, Señor, un pobre hombre. Tú, hijo mío, eres una pobre criatura, llena de miseria, de pequeñez; tantas veces juguete de la soberbia, de la sensualidad. Aun así, Dios te ha escogido, sabiendo cómo eras, sabiendo que podías llegar a ser un instrumento de maravilla”.

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