Una madre de familia no tenía nada que dar para comer a sus hijos. La le regaló arroz y, sobre la marcha, cogió la mitad de ese arroz y se lo llevó a sus vecinos. Comentaba la madre Teresa:

“¡Tenían hambre! Mi sorpresa no dependió de que se lo hubiera dado, sino de que sabía de ellos, ya que generalmente nuestro dolor y sufrimiento nos llevan a preocuparnos tanto de nosotros mismos que no nos queda tiempo para los demás”.