«Los fallos en la caridad pueden buscarse de dos maneras: falta de vida interior y falta de humildad: El hombre verdaderamente humilde no es nunca ni susceptible ni agresivo. La vanidad herida no anima sus obras y su conducta está libre de egoísmos. Su celo carece de amarguras y sus correcciones están marcadas por la benignidad. Al conocer su propia necesidad de Dios y consciente de su posición ínfima a los ojos de Dios, alegre y gozosamente ve y busca a Dios en su prójimo. (El ministerio para él no es un ejercicio de poder, sino de servicio). Pero todo esto sólo es posible donde haya una verdadera vida interior.»

(Eugene Boylan, “La piedad sacerdotal, p. 224)