10. La posada y el establo 

 
 

La posada de los belenes suele
ser un lugar vagamente tenebroso, con la puerta cerrada a cal y canto y tal vez
con un farol de luz mortecina a la entrada.


En algún nacimiento de estilo
napolitano, re­cuerdo haber visto la imagen del mesonero, asoma­do a un
ventanuco: un tipo de rostro avinagrado que, con gesto bien expresivo, se niega
a recibir a María y a José.


 ¿Fue así en el belén que puso Dios? 

Tal vez no.
Prefiero pensar que, al mando de aquella venta, había un buen hombre —más o
menos como nosotros— que no echó con cajas destempladas a Je­sús. 

He aquí su
versión…, o su disculpa.

  

 He
venido a verte, Jesús, porque me ha dicho Salomé (ya la conoces; es mi empleada
de la hospedería) que puedo hablar contigo a solas, en voz baja o incluso sin
palabras, porque tú me escuchas. 
Ella dice que eres el Hijo de Dios y el Rey de
Israel. Y yo la creo. 
Mi nombre es Joaquín y trabajo en el ramo de la
hostelería desde que cumplí seis años. Mi abuelo construyó este mesón, y aquí
conocí a Susana, mi mu­jer, cuando iba de camino con sus padres hacia el templo
de Jerusalén.
 Al regresar, la pedí en matrimo­nio y se quedó conmigo. Desde
entonces, gracias a Yavé, todo nos ha ido bien: tengo cuatro hijos varones y
tres hijas, cuarenta olivos y algunas cabezas de ga­nado. 
Pago al templo
gustosamente el didracma que exige la ley, y, muy a mi pesar, doy al César una
parte de lo que gano.
 Por lo demás, no me quejo…
 Ya
sé que esto te importa poco, pero aquí en Be­lén me conoce todo el mundo, y tú
también tienes de­recho a saber quién soy, porque eres vecino de la ciu­dad.
 Mira,
Jesús, acabo de hablar con tu padre, por­que quería darle explicaciones por lo
que ocurrió la otra noche.
 A la legua se le nota que no es galileo, sino de
aquí, ¡y de la casa de David! Nos hemos hecho ami­gos enseguida, y se ha reído
mucho con mis torpes disculpas.

Resulta
que, hace cuatro días, casi con la caída del sol, tus padres llamaron a la
puerta de mi posada. Lo primero que me llamó la atención fue el borrico…,
pero eso es otra historia que no tengo tiempo de con­tarte ahora. 

Luego, me
fijé en tu Madre…


sabes que los hijos siempre nos engañamos pensando que nuestra madre es la
mujer más hermo­sa del mundo. Quizá aceptamos que sus ojos no son los más
bonitos, pero sí que lo es su mirada. Y, aun­que sus labios envejezcan, para
nosotros su sonrisa siempre será la más joven. Y si se dobla con los años y se
llena de arrugas, todo eso sólo contribuirá a hacer­la más graciosa. Así es
siempre. 

Por eso una madre es más bella cuando tiene muchos hijos: porque son
mu­chas las miradas que la embellecen.

Sin
embargo tú, cuando veas los ojos de tu ma­dre y los compares con lo más bonito
de la tierra, no te engañarás. 

Tus piropos nunca serán exageraciones, te lo
digo yo. Y no lograrás hacerla más hermosa por mucho que la contemples.
 Te
cuento esto para que entiendas que la otra noche yo habría dado a tus padres
toda mi posada si hubiera sido posible. No creas lo que te expliquen de mí los
historiadores cuando pasen los años o los si­glos. 
Soy un buen israelita, y
jamás he dicho a nadie: no tienes sitio
en mi casa. 
Pero es que tú no la has vis­to por dentro… 
 Mi
posada es un lugar aún más triste que este establo. 
Es únicamente un patio con
un abrevadero en el centro. 
Apenas hay un par de rincones donde guare­cerse
cuando llueve, y, por supuesto, es inútil buscar un poco de intimidad. 
Hombres,
mujeres, niños y ga­nado comen, duermen y viven a todas horas en medio de un
estrépito constante. Y entre el ganado hay ca­mellos, caballos, borricos,
rebaños enteros de ove­jas…, y chinches, cucarachas, tábanos, pulgas…
 Ya
comprenderás que no podía tolerar que tu Madre entrara en esa pocilga. Y más,
ahora, que han llegado tantos viajeros a Belén con motivo del censo.
Precisamente porque no sé decir no, mi
casa era el lu­gar menos apropiado para que tú nacieras.
 Todavía
me pregunto si debería haber echado a todos los huéspedes… Pero no podía
hacerlo. Tu padre estaba de acuerdo conmigo, y ya iba a marcharse cuando ofrecí
a María que se quedara con mi esposa en el pequeño rincón que compartimos.
 —¿Y
tú qué harás? —me preguntó ella.
 —No
te preocupes por mí —le respondí—: tene­mos un establo en las afueras de la
ciudad. Tu marido y yo pasaremos allí la noche mientras no encontréis algo mejor.

Entonces
a tu madre se le iluminó la cara con una sonrisa:

 —¿Has
oído, José? ¡Tienen un establo en el cam­po! ¡Allí sí que estaremos bien, tú y
yo solos! El niño nacerá en un lugar apartado, sin ruidos ni molestias… Es
mucho mejor de lo que podíamos imaginar. ¡Qué bueno es el Señor, que nos pone
en el camino a perso­nas tan generosas como Joaquín y Susana!
 No
sé cómo ocurrió. Pocos minutos después se habían marchado con mi permiso para
que os aloja­rais en esta gruta. Tan felices iban que incluso pensá­bamos que,
en efecto, habíamos sido generosos. 
 Aquella
noche Susana se despertó llorando, y me dijo:
 —Joaquín,
¿sabes lo que hemos hecho? 
 —Sí
—le contesté—. Ha estado en mi casa Yavé, y lo he mandado al establo.
 Te
aseguro, Jesús, que no sabía lo que decía. 
 Y
ahora…, ¿lo sé? Tal vez tampoco; pero ya que estoy aquí, creo que de verdad
me escuchas, quiero desahogarme contigo y contarte lo que me han ense­ñado tus
padres con su visita a mi casa.

Hasta
ahora no te he mentido, Jesús; pero tam­poco te he dicho toda la verdad.

 La
verdad entera es que mi alma se parece a mi posada. Está siempre llena de
huéspedes. Los acojo a todos: hombres, muje­res, mercaderes, peregrinos,
traficantes, ladrones… Según quienes sean los que la habitan, mi corazón pa­rece
un palacio, un templo o una cueva de ladrones. A veces es un establo, una
cloaca, un basurero…, o un jardín. 
 ¿Es
posible ser tantas cosas a la vez? Nunca lo había pensado. Yo suponía que sí,
puesto que, de he­cho, lo era. Y no me encontraba del todo insatisfecho: el
dinero, que a veces llega abundante, y el amor de mi mujer parecían acallar la
pequeña angustia que, de tarde en tarde, se me agarraba al pecho y me encogía
el ánimo. Hasta que llegaste tú: sólo me pediste un rincón, y te he mandado al establo. 
 ¿Qué
debo hacer? 
Desde que pasaste por mi casa, he perdido por completo la
tranquilidad. Esta noche pasada, al final del trabajo, cuando por fin se hizo
el silencio y dormían todos, hombres y animales, me he retirado como siempre a
mi habitación; pero me ha sido imposible conciliar el sueño. Pensaba que Yavé
quería decirme algo, y yo tenía miedo, porque no me veo capaz de responderle.
No puedo abando­narlo todo, como los esenios, que se retiran al desierto para
alabar a Dios, ni sabría cumplir sus mandatos con el rigor que exigen los
fariseos. Yo soy un peca­dor: tengo una posada y una familia a la que cuidar.
Trato con gentiles, y comercio con ellos. Voy a sus ca­sas, y —lo confieso— me
he contaminado con alimentos inmundos. No me purifico siempre que lo manda la
ley. No odio a los extranjeros.
 Soy amable con los ára­bes, con los griegos e
incluso con los samaritanos…: es mi oficio. 
Visito el templo, sí, pero pocas
veces, porque sé que los sacerdotes me desprecian. 
Tal vez también Yavé se haya
apartado para siempre de mí.

Eso
pensaba ayer, tumbado en la estera de mi cuarto, mientras miraba por la ventana
esa estrella nueva que ha aparecido en el cielo de Belén. 

No sé cómo, cuando ya
amanecía, se ha ido llenando de luz también mi inteligencia. 
E imaginé que eras
Tú mis­mo quien me decía al oído:
 —El
Señor está contento, Joaquín, porque has sa­bido cederle tu establo. Ahora sólo
te pide que le entre­gues también, y para siempre, el basurero de tu corazón. 
 Aquí
te lo traigo, Jesús. Ya sabes que no puedo echar a nadie de la posada, porque
es un estableci­miento público y nunca me he reservado el derecho de admisión.
Siempre habrá lugar para un viajero cansado. 
Pero si dentro de mi alma
encuentras algún huésped indeseable, puedes expulsarlo a latigazos, aunque los
golpes los reciba yo.

Vuelvo
a la hospedería. 

Salomé, mi empleada, me ha dicho que quiere ocuparse de ti y
de tu madre mientras estéis en Belén. Le hemos dado permiso para faltar al
trabajo cuando lo crea necesario. Ella os traerá todo lo que necesitéis.

No
sé qué pensará tu madre de esta conversación. Ya ves: estoy aquí pasmado
hablándote en silen­cio, pero ella me mira como si leyera en mis ojos cada
palabra que te digo.

 ¿No se lo estarás contando tú, verdad?
ENRIQUE MONASTERIO, EL BELÉN QUE PUSO DIOS.