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EL SUSURRO DEL LENGUAJE . MÁS ALLÁ DE LA PALABRA Y LA ESCRITURA (ROLAND BARTHES)
El susurro denota un ruido límite, un ruido imposible, el ruido de lo que, por funcionar a la perfección, no produce ruido; susurrar es dejar oír la misma evaporación del ruido: lo tenue, lo confuso, lo estremecido se reciben como signos de la anulación sonora. Y en cuanto a la lengua, ¿ìede susurrar? Como palabra parece ser que sigue condenada al farfulleo; como escritura, al silencio y a la distinción de los signos: de todas maneras siempre quea demasiado sentido para que el lenguaje logre el placer que sería el propio de su materia. Pero lo imposible no es inconcebible: el susurro de la lengua constituye una utopía. ¿Qué clase de utopía? La de una música del sentido. La lengua, susurrante, confiada al significante en un inaudito movimiento, desconocido por nuestros discursos racionales, no por ello abandonaría un horizonte de sentido: el sentido, indiviso, impenetrable, innominable, estaría, sin embargo, colocado a lo lejos, como un espejismo… el punto de fuga del placer. Es el estremecimiento del sentido lo que interrogo al escuchar el susurro del lenguaje, de ese lenguaje que es, para mí, hombre moderno, mi Naturaleza.

ROLAND BARTHES. UNA BIOGRAFÍA (CALVET, L.J.)
La vida y el pensamiento de Roland Barthes se caracterizan por un intenso intercambio de experiencias e ideas con representantes de todas las disciplinas. Por esto, Louis-Jean Calvet recurrió en su lograda reconstrucción de la trayectoria de Barthes a testimonios de figuras tan diversas y relevantes como François Mitterand, Claude Lévi-Strauss y Philippe Sollers. La obra de Barthes es polifacética, pero dentro de sus muchas dimensiones posee una última unidad inequívoca: la mirada que no se rinde ante la complejidad de la realidad contemporánea. Discreto y celoso de su intimidad, Roland Barthes vivió durante muchos años en Rumania y Egipto, pero la verdadera aventura de su vida es su obra y su enseñanza en el París de las décadas de 1960 y 1970. Entre el silencio de su escritorio y la tensa calma de las aulas repletas de estudiantes sedientos de perspectivas nuevas, maduraron sus teorías y sus textos. Con su espíritu profundamente urbano, él necesitaba hallarse en medio de los procesos socioculturales a los que iba descifrando leyendo los signos de la realidad día a día. Y así murió. Como esos fenómenos descritos por él mismo, que nacen y mueren en las oleadas de los movimientos de la gran ciudad, un día Barthes fue atropellado por una furgoneta. Su rostro quedó borrado y tardaron mucho en reconocer su identidad.