En la memoria de todo cinéfilo o aficionado al cine permanecerá para siempre el incomparable e imborrable legado cinematográfico de Billy Wilder. Todas y cada una de sus magníficas veinticinco películas, como Perdición, El crepúsculo de los dioses, Con faldas y a lo loco o El apartamento, llevan el sello inconfundible de ironía e implícita crítica social de uno de los más importantes cineastas europeos que han pasado por Hollywood. Nacido en 1906 en un pueblo remoto del imperio austrohúngaro en el seno de una familia judía, Billy Wilder padeció los primeros estragos del antisemitismo en Viena, donde en 1925 empezó a trabajar como periodista, y luego en Berlín; por suerte, cuando Hitler subió al poder, prefirió huir a París en vez de unirse a su familia en la peligrosa Austria. Pero su verdadera meta era Estados Unidos, adonde llegó con lo puesto y sin saber una sola palabra de inglés y donde, diez años más tarde, ya escribía sus propios guiones y dirigía sus propias películas. Se codeó y batalló con los grandes productores de Hollywood y con Humphrey Bogart, Marilyn Monroe, Bing Crosby, Peter Sellers; mantuvo una estrecha amistad con William Holden, Audrey Hepburn, Jack Lemmon y Walter Matthau; fue galardonado con seis Oscars; amasó una gran fortuna con sus películas y colecciones de arte. Sin embargo, pese a todo, consciente de su fuerte acento extranjero, Billy Wilder siempre se consideró un extraño en Hollywood.