Había una vez un rey

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Había una vez un rey muy bueno. Pero había tantos
niveles entre él y su pueblo que no le conocían. Este pueblo, era
desgraciado. Además, el rey enviaba ministros, médicos, maestros,
asistentes sociales y hasta curas a las provincias más alejadas. Pero
algunos mensajeros del rey no sabían cómo hacer las cosas y otros se
aprovechaban para llenarse los bolsillos. El rey decidió viajar
personalmente por su reino. En cada pueblo se le organizaban
recepciones, grandes banquetes, fiestas, gobernadores, músicos…
Apelotonado en las grandes avenidas, el pueblo, gritaba ¡Viva nuestro
rey! y agitaban banderitas. Pero apenas los últimos cohetes de los
fuegos artificiales se apagaban, otra vez se encontraban igual de
desgraciados que antes, si no un poco más: ¿Por qué no estaré yo en el
pellejo del rey, o al menos en el de alguno de sus cortesanos? El rey
reunió su camarilla: Doy a mi primer ministro plenos poderes para
gobernar el reino en mi ausencia. Yo, desconocido de todos, viviré en
medio del pueblo, trabajando con mis manos. Al atardecer me reuniré con
algunos vecinos. Algún día sabrán quién soy. Naturalmente que intervino
el jefe de protocolo para objetar lo que podemos adivinar: el respeto
al rey, la mala acogida de un pueblo grosero, y concluyó: – Majestad,
cuando hayáis conseguido hacer felices a una docena de vecinos,
¡habréis progresado mucho! Quedarán aún decenas de millones de hombres
desgraciados. – Querido amigo – le respondió el rey -, no he esperado a
oírte para hacerme la misma objeción… Pero mira lo que he pensado:
enseñaré a mi docena de vecinos a hacer lo mismo con tres, cuatro o
diez según sus posibilidades. Si cada uno comunica así un poco de su
felicidad a sus prójimos toda la gente del reino se transformará. Hazlo
y así se hará. El ejemplo nos viene de lo alto. (Loew-Faizant, Fábulas
y Parábolas, Ed.Narcea, Madrid, 1978) D. Alberto Portolés, Vigo

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