La literatura del poema es nunca poesía. Nunca la poesía es literatura. Nunca. Nunca el poeta dejará de ser la ceniza impetuosa del latido que aguijonea un recuerdo. Siempre el poema derroca el tufo de la muerte mineral, lo insensibiliza, pero nunca el cantor niega o contradice su miedo. Así el lector también es ceniza que vuelca su aliento de barro en la oscura inmensidad del verso cálido. No. No hay espejo mejor que el alarido del fuego. Hermano. Si osamos vislumbrarnos en él, en la diaria oquedad gutural de sus fiebres cautivas y quién si no el poeta amargo, lúbrico y fatídico, ha de ofrecerse para tal desvarío, el rojo en lenguas rotas de la sangre se traga nuestro odio, que todo lo comprende, y la alegría gangrenada de besos y espadas aumenta el instante infinito del alma que muere, que muere porque estoy vivo, y canto, y lloro en silencio, entre las sombras perfectas porque bebo el miedo en palabras de la fuente clara de este mediodía fatuo: la poesía de insolente futuro. El fuego me dictó en noches de frío, de almizcle, de azotes, de tierra, El Libro de la Incandescencia. Porque el fuego es como yo, no agacha nunca la cabeza, no le chupa el culo a nadie, no desenreda amigos o enemigos, mazmorras o conserjerías, becerros o dioses, no mastica corrupción ni alardea decadencias de mentira, no trivializa la miseria, la dulzura, el espanto, la euforia, no destroza en la memoria la asquerosa vanidad del paso de los años, del pozo de los corazones. Aquellos poemas hoy tienen ya su papel y su tinta, por fin; personajes grisáceos interrogan mis carnes en busca de rencor. Nada de nada. Lo siento, pero no. No me arrebata pesar alguno publicar un poemario escrito muchos años atrás; las circunstancias o el azar mandan sobre todo, sobre todos: cántico de lo inmutable. El Libro de la Incandescencia: 2006, no obstante reverbero 2011 (nocturno); qué más da si lo esencial (eternidad) despunta en racimos multicoloridos de jugosa miscelánea que se desplaza muy cruelmente del culteranismo a las fronteras del haiku, penetrando negras uvas simbolistas y aplicando aceites corporales y engrudo y savia mugiente que chorrean por supuesto de Rimbaud, maestro mágico, y anzuelos de titanio con jocosa anatomía de hilo musical gongorino, dentro de océanos casi sin muerte, dentro de esferas de cristal morado, y cataratas de social antisocialidad, de frágil aire de capitalismo y sésamo, y betún del sexo contrario con pimentón de infiernos tan blandos, tan duros, revelaciones etéreas para el calor de Enrique Molina, y puntillistas acusaciones de Nada bajo el necio cobijo de mi ensordecedora ortografía: Todo. Lo que siempre empieza el poema es un final ahorcado de sí, náufrago aterido de dolor mientras cogollos de negrura acuosa martirizan su torpe materia; lo que leemos cuando el poema está sobre nosotros es lo que nunca empieza, una raspa de acero en la garganta, un arpa de orquídeas venenosas porque comprender el poema es anular el incendio. Y luego de lo comprendido nada es como antes. Las calles verdes, los amigos sucios, pero bellos, pero simples, sólidos, el dormitorio sin intensidad, la olla en lo palpable, el infortunio tras el video en Internet del último decapitado, y un largo estómago saturado de avernos. Jesús Hinestrosa.
La literatura del poema es nunca poesía. Nunca la poesía es literatura. Nunca. Nunca el poeta dejará de ser la ceniza impetuosa del latido que aguijonea un recuerdo. Siempre el poema derroca el tufo de la muerte mineral, lo insensibiliza, pero nunca el cantor niega o contradice su miedo. Así el lector también es ceniza que vuelca su aliento de barro en la oscura inmensidad del verso cálido. No. No hay espejo mejor que el alarido del fuego. Hermano. Si osamos vislumbrarnos en él, en la diaria oquedad gutural de sus fiebres cautivas y quién si no el poeta amargo, lúbrico y fatídico, ha de ofrecerse para tal desvarío, el rojo en lenguas rotas de la sangre se traga nuestro odio, que todo lo comprende, y la alegría gangrenada de besos y espadas aumenta el instante infinito del alma que muere, que muere porque estoy vivo, y canto, y lloro en silencio, entre las sombras perfectas porque bebo el miedo en palabras de la fuente clara de este mediodía fatuo: la poesía de insolente futuro. El fuego me dictó en noches de frío, de almizcle, de azotes, de tierra, El Libro de la Incandescencia. Porque el fuego es como yo, no agacha nunca la cabeza, no le chupa el culo a nadie, no desenreda amigos o enemigos, mazmorras o conserjerías, becerros o dioses, no mastica corrupción ni alardea decadencias de mentira, no trivializa la miseria, la dulzura, el espanto, la euforia, no destroza en la memoria la asquerosa vanidad del paso de los años, del pozo de los corazones. Aquellos poemas hoy tienen ya su papel y su tinta, por fin; personajes grisáceos interrogan mis carnes en busca de rencor. Nada de nada. Lo siento, pero no. No me arrebata pesar alguno publicar un poemario escrito muchos años atrás; las circunstancias o el azar mandan sobre todo, sobre todos: cántico de lo inmutable. El Libro de la Incandescencia: 2006, no obstante reverbero 2011 (nocturno); qué más da si lo esencial (eternidad) despunta en racimos multicoloridos de jugosa miscelánea que se desplaza muy cruelmente del culteranismo a las fronteras del haiku, penetrando negras uvas simbolistas y aplicando aceites corporales y engrudo y savia mugiente que chorrean por supuesto de Rimbaud, maestro mágico, y anzuelos de titanio con jocosa anatomía de hilo musical gongorino, dentro de océanos casi sin muerte, dentro de esferas de cristal morado, y cataratas de social antisocialidad, de frágil aire de capitalismo y sésamo, y betún del sexo contrario con pimentón de infiernos tan blandos, tan duros, revelaciones etéreas para el calor de Enrique Molina, y puntillistas acusaciones de Nada bajo el necio cobijo de mi ensordecedora ortografía: Todo. Lo que siempre empieza el poema es un final ahorcado de sí, náufrago aterido de dolor mientras cogollos de negrura acuosa martirizan su torpe materia; lo que leemos cuando el poema está sobre nosotros es lo que nunca empieza, una raspa de acero en la garganta, un arpa de orquídeas venenosas porque comprender el poema es anular el incendio. Y luego de lo comprendido nada es como antes. Las calles verdes, los amigos sucios, pero bellos, pero simples, sólidos, el dormitorio sin intensidad, la olla en lo palpable, el infortunio tras el video en Internet del último decapitado, y un largo estómago saturado de avernos. Jesús Hinestrosa.