Queridos hermanos y hermanas:

Quise encontrarme con ustedes aquí en esta tierra de Juárez, por la
especial relación que esta ciudad tiene con el mundo del trabajo. No
sólo les agradezco el saludo de bienvenida y sus testimonios, que han
puesto de manifiesto los desvelos, las alegrías y las esperanzas que
experimentan en sus vidas, sino que quisiera agradecerles también esta
oportunidad de intercambio y de reflexión. Todo lo que podamos hacer
para dialogar, encontrarnos, para buscar mejores alternativas y
oportunidades es ya un logro a valorar y resaltar. Y hay dos palabras
que quiero subrayar: diálogo y encuentro. No cansarse de dialogar. Las
guerras se van gestando de a poquito por la mudez y por los
desencuentros. Obviamente que no alcanza dialogar y encontrarse, pero
hoy en día no podemos darnos el lujo de cortar toda instancia de
encuentro, toda instancia de debate, de confrontación, de búsqueda. Es
la única manera que tendremos de poder ir construyendo el mañana, ir
tejiendo relaciones sostenibles capaces de generar el andamiaje
necesario que, poco a poco, irá reconstruyendo los vínculos sociales tan
dañados por la falta de comunicación, tan dañados por la falta de
respeto a lo mínimo necesario para una convivencia saludable. Gracias, y
que esta instancia sirva para construir futuro y sea una buena
oportunidad de forjar el México que su pueblo y que sus hijos se
merecen.

Me gustaría detenerme en este último aspecto. Hoy están aquí diversas
organizaciones de trabajadores y representantes de cámaras y gremios
empresariales. A primera vista, podrían considerarse como antagonistas,
pero los une la misma responsabilidad: buscar generar espacios de
trabajo digno y verdaderamente útil para la sociedad, y especialmente
para los jóvenes de esta tierra. Uno de los flagelos más grandes a los
que se ven expuestos los jóvenes es la falta de oportunidades de estudio
y de trabajo sostenible y redituable que les permita proyectarse; y
esto genera en tantos casos –tantos casos– situaciones de pobreza y
marginación. Y esta pobreza y marginación es el mejor caldo de cultivo
para que caigan en el círculo del narcotráfico y de la violencia. Es un
lujo que hoy no nos podemos dar; no se puede dejar sólo y abandonado el
presente y el futuro de México, y, para eso, diálogo, confrontación,
fuentes de trabajo que vayan creando este sendero constructivo.

Desgraciadamente, el tiempo que vivimos ha impuesto el paradigma de
la utilidad económica como principio de las relaciones personales. La
mentalidad reinante, en todas partes, propugna la mayor cantidad de
ganancias posibles, a cualquier tipo de costo y de manera inmediata. No
sólo provoca la pérdida de la dimensión ética de las empresas sino que
olvida que la mejor inversión que se puede realizar es invertir en la
gente, en las personas, en las familias. La mejor inversión es crear
oportunidades. La mentalidad reinante pone el flujo de las personas al
servicio del flujo de capitales, provocando en muchos casos la
explotación de los empleados como si fueran objetos para usar y tirar, y
descartar (cf. Laudato si’,
123). Dios pedirá cuenta a los esclavistas de nuestros días, y nosotros
hemos de hacer todo lo posible para que estas situaciones no se
produzcan más. El flujo del capital no puede determinar el flujo y la
vida de las personas. Por eso me gustó ese anhelo que se expresó de
diálogo, de confrontación.

No son pocas las veces que, frente a los planteos de la Doctrina
Social de la Iglesia, se salga a cuestionarla diciendo: «Estos pretenden
que seamos organizaciones de beneficencia o que transformemos nuestras
empresas en instituciones de filantropía». La hemos escuchado, esa
crítica. La única pretensión que tiene la Doctrina Social de la Iglesia
es velar por la integridad de las personas y de las estructuras
sociales. Cada vez que, por diversas razones, ésta se vea amenazada, o
reducida a un bien de consumo, la Doctrina Social de la Iglesia será voz
profética que nos ayudará a todos a no perdernos en el mar seductor de
la ambición. Cada vez que la integridad de una persona es violada, toda
la sociedad es la que, en cierta manera, empieza a deteriorarse. Y esto
que dice la Doctrina Social de la Iglesia no es en contra de nadie, sino
a favor de todos. Cada sector tiene la obligación de velar por el bien
del todo; todos estamos en el mismo barco. Todos tenemos que luchar para
que el trabajo sea una instancia de humanización y de futuro; que sea
un espacio para construir sociedad y ciudadanía. Esta actitud no sólo
genera una mejora inmediata, sino que a la larga va transformándose en
una cultura capaz de promover espacios dignos para todos. Esta cultura,
nacida muchas veces de tensiones, va gestando un nuevo estilo de
relaciones, un nuevo estilo de Nación.

¿Qué mundo queremos dejarles a nuestros hijos? Creo que en esto la
gran mayoría podemos coincidir. Este es precisamente nuestro horizonte,
esa es nuestra meta y, por ello, hoy tenemos que unirnos y trabajar.
Siempre es bueno pensar qué me gustaría dejarles a mis hijos; y también
es una buena medida para pensar en los hijos de los demás. ¿Qué quiere
dejar México a sus hijos? ¿Quiere dejarles una memoria de explotación,
de salarios insuficientes, de acoso laboral o de tráfico de trabajo
esclavo? ¿O quiere dejarles la cultura de la memoria de trabajo digno,
de techo decoroso y de la tierra para trabajar? Las tres “T”: Trabajo,
Techo y Tierra. ¿En qué cultura queremos ver nacer a los que nos
seguirán? ¿Qué atmósfera van a respirar? ¿Un aire viciado por la
corrupción, la violencia, la inseguridad y desconfianza o, por el
contrario, un aire capaz de generar –la palabra es clave–, generar
alternativas, generar renovación o cambio? Generar es ser co-creadores
con Dios. Claro, eso cuesta.

Sé que lo planteado no es fácil, pero sé también que es peor dejar
el futuro en manos de la corrupción, del salvajismo y de la falta de
equidad. Sé que no es fácil muchas veces armonizar todas las partes en
una negociación, pero sé también que es peor, y nos termina haciendo más
daño, la carencia de negociación y la falta de valoración. Una vez me
decía un viejo dirigente obrero, honesto como él sólo, murió con lo que
ganaba, nunca se aprovechó: «Cada vez que teníamos que sentarnos a una
mesa de negociación, yo sabía que tenía que perder algo para que
ganáramos todos». Linda la filosofía de ese hombre de trabajo. Cuando se
va a negociar siempre se pierde algo, pero ganan todos. Sé que no es
fácil poder congeniar en un mundo cada más competitivo, pero es peor
dejar que el mundo competitivo termine determinando el destino de los
pueblos… esclavos. El lucro y el capital no son un bien por encima del
hombre, están al servicio del bien común. Y, cuando el bien común es
forzado para estar al servicio del lucro, y el capital la única ganancia
posible, eso tiene un nombre, se llama exclusión, y así se va
consolidando la cultura del descarte: ¡Descartado! ¡Excluido!

Comenzaba agradeciéndoles la oportunidad de estar juntos. Ayer, uno
de los jóvenes en el Estadio de Morelia que dio testimonio dijo que este
mundo quita la capacidad de soñar, y es verdad. A veces nos quita la
capacidad de soñar, la capacidad de la gratuidad. Cuando un chico o una
chica ve al papá y/o a la mamá solamente el fin de semana, porque se va a
trabajar antes de que se despierte y vuelve cuando ya está durmiendo,
esa es la cultura del descarte. Quiero invitarlos a soñar, a soñar en un
México donde el papá pueda tener tiempo para jugar con su hijo, donde
la mamá pueda tener tiempo para jugar con sus hijos. Y eso lo van a
lograr dialogando, confrontando, negociando, perdiendo para que ganen
todos. Los invito a soñar el México que sus hijos se merecen; el México
donde no haya personas de primera, segunda o de cuarta, sino el México
que sabe reconocer en el otro la dignidad de hijo de Dios. Y que la
Guadalupana, que se manifestó a San Juan Diego, y reveló cómo los
aparentemente dejados de lado eran sus testigos privilegiados, los ayude
a todos, tengan la profesión que tengan, tengan el trabajo que tengan, a
todos, en esta tarea de diálogo, confrontación y encuentro. Gracias.


© Copyright – Libreria Editrice Vaticana