Preguntado en qué se diferencian los sabios de los ignorantes, respondió: «En lo que los vivos de los muertos». Decía que «el saber, en las prosperidades sirve de adorno, y en las adversidades de refugio. Que los padres que instruyen a sus hijos son preferibles a los que solamente los engendran, pues éstos les dan la vida, pero aquellos la vida feliz». A uno que se gloriaba de ser de ciudad grande, le dijo: «No conviene atender a eso, sino a si uno es digno de una gran patria». Preguntado qué cosa es el amigo, respondió: «Un alma que habita en dos cuerpos». Decía que «unos hombres eran tan parcos como si fuesen eternos, y otros tan pródigos como si luego hubieran de morir». (Diógenes Laercio, Vidas de filósofos ilustres)

Jesús Mosterín, Historia de la Filosofía, vol. 4, Aristoteles, pp 30-32, Madrid, 1984.