Ninguna
componenda: o nos dejamos amar «por la misericordia de Dios» o elegimos el
camino «de la hipocresía» y hacemos lo que queremos dejando que nuestro corazón
«se endurezca» cada vez más. Es la historia de la relación entre Dios y el
hombre, desde los tiempos de Abel hasta nuestros días, en el centro de la
reflexión propuesta por el Papa Francisco durante la misa en Santa Marta el
jueves 12 de marzo.

El Pontífice partió de la oración
del salmo responsorial —«No endurezcáis vuestro corazón»— y se preguntó: «¿Por
qué sucede esto?». Para comprenderlo hizo referencia ante todo a la primera
lectura tomada del libro del profeta Jeremías (7, 23-28) donde está, por
decirlo así, sintetizada la «historia de Dios». Y nos podríamos preguntar:
¿Cómo, «Dios tiene una historia?». ¿Cómo es posible visto que «Dios es eterno»?
Es verdad, explicó el Papa Francisco, «pero desde el momento en que Dios entró
en diálogo con su pueblo, entró en la historia».

Y la historia de Dios con su pueblo
«es una historia triste» porque «Dios lo dio todo» y a cambio «sólo recibió
cosas malas». El Señor había dicho: «Escuchad mi voz. Yo seré vuestro Dios y
vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo, y todo os irá bien».
Ese era el «camino» hacia la felicidad. «Pero ellos no escucharon ni hicieron
caso» y, es más, «caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado
corazón»: es decir, no querían «escuchar
la Palabra de Dios».

Esta opción, explicó el Papa, caracterizó toda
la historia del pueblo de Dios: «pensemos en el asesinato, en la muerte de
Abel, asesinado por su hermano, corazón malvado de envidia». Sin embargo, a
pesar de que el pueblo haya continuamente «dado la espalda» al Señor, Él
afirma: «Yo no me he cansado». Y envía
«con asidua atención» a los profetas. Aun así, sin embargo, los hombres no lo
escucharon. Es más, se lee en la Escritura, «endurecieron la cerviz y fueron
peores que sus padres». Y «la situación del pueblo de Dios empeoró, a través de
las generaciones».

El Señor dijo a Jeremías: «Ya puedes
repetirles este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles,
seguro que no te responderán. Aún así les dirás: «Esta es la gente que no
escucha la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar». Y luego, destacó el
Papa, añadió una palabra «terrible: «Ha desaparecido la fidelidad… Vosotros
no sois un pueblo fiel»». Aquí, comentó el Papa Francisco, parece que Dios
llorase: «Te he amado tanto, te he dado tanto y tú… todo en contra de mí». Un
llanto que recuerda el de Jesús «contemplando Jerusalén». Por lo demás, explicó
el Pontífice, «en el corazón de Jesús estaba toda esta historia, donde la
fidelidad había desaparecido». Una historia de infidelidad que atañe «nuestra
historia personal», porque «nosotros hacemos nuestra voluntad. Pero haciendo
esto, en el camino de la vida seguimos una senda de endurecimiento: el corazón
se endurece, se petrifica. La palabra del Señor no entra. El pueblo se aleja».
Por ello, dijo el Papa, «hoy, en este día cuaresmal, podemos preguntarnos:
¿Escucho la voz del Señor, o hago lo que yo quiero, lo que me gusta?».

El consejo del salmo responsorial –«No endurezcáis vuestro corazón»– se
vuelve a encontrar «muchas veces en la Biblia» donde, para explicar la
«infidelidad del pueblo», se usa a menudo «la figura de la adúltera». El Papa
Francisco recordó, por ejemplo, el pasaje famoso de Ezequiel 16: «Toda una
historia de adulterio, es la tuya. Tú, pueblo, no fuiste fiel a mí, eres un
pueblo adúltero». O también las muchas veces en que Jesús «reprochaba a los
discípulos ese corazón endurecido», como hizo con los de Emaús: «¡Qué necios y
torpes sois!».

El corazón malvado –explicó el Pontífice al recordar que «todos tenemos
un pedacito»– «no nos deja entender el amor de Dios. Nosotros queremos ser
libres», pero «con una libertad que al final nos hace esclavos, y no con la
libertad del amor que nos ofrece el Señor».

Esto, subrayó el Papa,
sucede también en las «instituciones»: por ejemplo, «Jesús cura a una persona,
pero el corazón de estos doctores de la ley, de estos sacerdotes, de este
sistema legal era muy duro, siempre buscaban excusas». Y, así, le dicen: «Pero,
tú arrojas a los demonios en nombre del demonio». Tú eres un brujo demoníaco.
Son los legalistas «que creen que la vida de la fe se regula solamente por las
leyes que hacen ellos». Para ellos «Jesús usa esa palabra: hipócritas,
sepulcros blanqueados, muy hermosos por fuera pero por dentro llenos de
podredumbre y de hipocresía».

Lamentablemente,
dijo el Papa Francisco, lo mismo «ocurrió en la historia de la Iglesia».
Pensemos «en la pobre Juana de Arco: hoy es santa. Pobrecita: estos doctores la
quemaron viva, porque decían que era herética». O incluso más cercano en el
tiempo, pensemos «en el beato Rosmini: todos sus libros al Índice. No se podían
leer, era pecado leerlos. Hoy es beato». Al respecto el Pontífice destacó que
así como «en la historia de Dios con su pueblo, el Señor enviaba a los profetas
para decir que amaba a su pueblo», así «en la Iglesia, el Señor envía a los
santos». Son ellos «los que llevan adelante la vida de la Iglesia: son los
santos. No son los poderosos, no son los hipócritas». Son «el hombre santo, la
mujer santa, el niño, el joven santo, el sacerdote santo, la religiosa santa,
el obispo santo…»: es decir, los «que no tienen el corazón endurecido», sino
«siempre abierto a la palabra de amor del Señor», los que «no tienen miedo de
dejarse acariciar por la misericordia de Dios. Por eso los santos son hombres y
mujeres que comprenden tantas miserias, tantas miserias humanas, y acompañan al
pueblo de cerca. No desprecian al pueblo».

Con este pueblo que «perdió la fidelidad» el Señor es claro: «El que no
está conmigo, está contra mí». Alguien podría preguntar: «¿Pero no existirá
otro camino de componenda, un poco de aquí y un poco de allá?». No, dijo el
Pontífice, «o estás en la senda del amor, o estás en la senda de la hipocresía.
O te dejas amar por la misericordia de Dios, o haces lo que quieres según tu
corazón, que se endurece cada vez más por esta senda». No existe, afirmó, «una
tercera senda posible: o eres santo, o vas por el otro camino». Y quien «no
recoge» con el Señor, no sólo «deja las cosas», sino «peor: desparrama,
arruina. Es un corruptor. Es un corrupto, que corrompe».

Por esta infidelidad «Jesús llora por Jerusalén» y «por cada uno de
nosotros». En el capítulo 23 de san Mateo, recordó el Papa concluyendo, se lee
una maldición «terrible» contra los «dirigentes que tienen el corazón
endurecido y quieren endurecer el corazón del pueblo». Dice Jesús: «Así recaerá
sobre vosotros toda la sangre inocente derramada sobre la tierra, desde la
sangre de Abel. Serán culpables de tanta sangre inocente, derramada por su
maldad, su hipocresía, su corazón corrupto, endurecido, petrificado».