NADIE PUEDE PRESUMIR EL SUFRIMIENTO


NADIE PUEDE PRESUMIR EL SUFRIMIENTO


Carta abierta al médico de la columna de El País
Javier Mª Pérez-Roldán, abogado de familia y padre de una niña con espina bífida, responde al neurocirujano Javier Esparza
(24 de julio 2012 El Diario)
El País publicó ayer una carta del neurocirujano infantil Javier Esparza  que lleva por título “Nadie tiene derecho a obligar al sufrimiento”.

En ella se muestra en contra de la prohibición del aborto en los casos de malformación fetal.

En la misma apela a supuestos argumentos humanitarios para permitir el aborto, tachando a los que se oponen a ello de ignorantes o de actuar por intereses espurios. Funda su tesis en un argumento falso como es el sufrimiento de los niños con determinadas dolencias, y de sus familias.

Continúa…

 

Desde hace 12 años soy abogado de
familia y desde hace 7 padre de una niña con espina bífida.

Durante estos
últimos años me he dedicado, en exclusiva, a dos cosas: velar por el interés de
los hijos de mis clientes, y ejercer como padre de mi hija y de sus otros dos
hermanos, de 5 y 3 años.

Mi hija tiene parálisis en ambas
piernas, y desde los tres años convive diariamente con su silla de ruedas.
Tiene también todos los problemas que usted cita como asociados a la espina
bífida, salvo la siringomielia. Es más, su lesión (que lo es en la modalidad
más grave) está localizada a la altura de la vértebra L4-L5 y según nos
comentan todos los profesionales que la tratan, es la más alta que han visto es
muchos años.

Ha pasado por cinco operaciones, y tiene citas periódicas en siete
especialidades médicas.

Ahora bien, mi hija no sufre ni más ni
menos que una niña de su edad. Juega, ríe, quiere, ama y siente exactamente igual
que sus dos hermanos sanos.

Y, a veces, también llora, pero sus lágrimas no
tienen ningún poso de amargura ni dolor por encima de las de sus amigas o de
las de sus hermanos, pues como ellos, llora por nimiedades.

Como abogado de familia he conocido niños
con depresión crónica por culpa de la separación tormentosa de sus padres, que
arrastran una existencia triste y sufriente. Como sufren más que mi hija y sus
hermanos, ¿los eliminaría?

Y en cuanto a la familia, fíjese si el
sufrimiento no es tan extremo como usted dice que después de su nacimiento
hemos tenido otros dos hijos, señal de que el cuidado de nuestra hija no nos ha
supuesto trauma ninguno.

Estas anomalías, por sí, no causan el
sufrimiento que usted pretende.

De hecho, si bien el dolor ante cualquier
enfermedad o revés de la vida es inevitable, el sufrimiento es totalmente
voluntario, pues es éste una percepción personal y subjetiva de la propia
realidad. Hay quien ante cualquier mínimo problema ante la vida sufre, y sufre
sin mesura, y hay quien ante obstáculos insalvables y dolores sin medida se
crece, pues admite su dolor con entereza.

De hecho, por la enfermedad de mi hija
he estado en contacto con numerosos afectados de espina bífida (algunos en
grados muy severos) y siempre se han manifestado esperanzados y alegres por el
don de la vida.

 ¿Ha oído usted de enfermos de espina bífida que se hayan
suicidado o que hayan solicitado la eutanasia?.

Sin duda usted conocerá el
estudio de su compañero neurocirujano Rob de Jong, publicado recientemente en
la revista Pediatric, donde sostiene, por medio de estudios de campo, que los
recién nacidos con este mal congénito apenas tenían dolores.

Por eso me causa sonrojo su carta, llena
de adulteraciones de la realidad vivida por cientos de enfermos y sus familias.

Pero mayor sonrojo me causa su supuesto humanismo. Dice usted que nadie tiene
derecho a obligar al sufrimiento ¿y en qué principio ético funda usted tan
categórica aseveración? ¿y porqué presupone usted el sufrimiento de estos
pacientes?

En cuanto a la fundamentación de su
aseveración, alega la mismas causas que las autoridades nacional-socialistas
responsables del plan de exterminio de enfermos Aktion T4. El plan se fundaba
en que había vidas que no eran dignas de ser vividas, y cuyo asesinato era tanto
un acto de compasión como un beneficio para la comunidad.

Usted alega ambas
cosas (igual que los Nazis) pues sostiene que “el colmo” es que los
esfuerzos realizados para el tratamiento de estos niños es un desperdicio, pues
acaban muriendo a los 20 años, y encima arrastrando un sufrimiento sin medida.

¡Qué argumento tan falaz!

 Usted sabe que miente, pues al día de hoy, la
esperanza de vida de estos pacientes es prácticamente la misma que para
personas sanas.

Pero es que, además, aunque fuera verdad el fallecimiento a los
20 años ¿me va a decir usted que no merecen vivir estos 20 años?

Usted está
jubilado y pronto empezará a sufrir achaques.

De vida, según las estadísticas
del INE, no le quedan más que 16 años ¿le parecería justo que a la primera
recaída de usted le privemos de un tratamiento por lo costosísimo del mismo
teniendo en cuenta que no le quedan años para “amortizar la
inversión” y más teniendo en cuenta que usted, en la vida, ha hecho lo que
tenía que hacer?

Según su teoría sería menos grave matar a un zambiano (con una
esperanza de vida de 36 años) que a un español (con 81 años de esperanza).

Las personas no son una inversión, son
un bien en sí mismo, y no podemos desahuciar a los que tenga cáncer, o SIDA o
cualquier otra enfermedad por lo costoso del tratamiento y por el alto índice
de mortandad durante el mismo.

En el culmen del paroxismo dice usted
que el aborto ayudó a prevenir la espina bífida. Nos descubre con ello su
auténtico rostro, pues según usted sería muy fácil que España se colocase a la
cabeza de los países saludables.

Bastaría con eliminar a todo enfermo o
lesionado grave (con cáncer, SIDA, paralítico por accidente de circulación)
para poder vender al extranjero nuestras estadísticas y colocarnos como el país
con la mejor política de prevención de enfermedades.

Veo que usted es de los
expeditivos que opina que muerto el perro se acabó la rabia. ¡Menos mal que no
tiene usted responsabilidades en la política penitencia, pues sabemos cómo
acabaría usted con los índices de delincuencia: fulminando al delincuente!

Sólo le quiero decir una cosa.

Lo que
nos hace sufrir a los afectados por esta enfermedad son los profesionales
médicos como usted. Cuando a los tres meses del embarazo nos anunciaron la
enfermedad de nuestra hija, nos recomendaron insistentemente el aborto, y ello
hasta hacernos sentir culpables si traíamos al mundo a un niña solo para que
sufriera.

La realidad es nunca tomamos mejor decisión que tenerla, pues pasado
el tiempo intimamos con dos matrimonios que abortaron a sus hijos por tener
espina bífida ¡no sabe usted el terrible padecimiento moral de estas dos
parejas al ver que si no hubiera cometido tan criminal acto podrían tener con
ellos a sus hijos, que de seguro serían tan alegres y joviales como la nuestra!
Y le preguntó ¿qué derecho tenían los médicos que les indujeron al aborto a
obligarles al calvario de remordimientos que están pasando? 

Que sepa que mi hija enferma tiene la
misma dignidad que usted y el mismo derecho a vivir que tuvo usted. Ninguna
sociedad tiene derecho a decir sobre si la vida de otro es digna o no, o a
determinar si una enfermedad causa o no sufrimiento sin preguntar al afectado.

Mi hija necesita para vivir de la ayuda
de otros en el mismo grado en que yo la necesito, aun estando sano. Si los hombres
vivimos en sociedad es porque nos es necesario el concurso de otros para
nuestra supervivencia. Por esto existe la sociedad y los gobiernos de la
mismas: para ejercitar la ayuda mutua.

En occidente tenemos la suerte de que
prosperó la razón benéfica del ágora de Atenas sobre el terror eugenésico del
Taigeto espartano

¿usted que es, ateniense o espartano?