San Josemaría lleva al joven empresario Luis Gordon al Hospital General

En este Hospital tuvo lugar el suceso que recordó varias veces san Josemaría en su catequesis: un joven empresario, Luis Gordon Picardo (Cádiz, 1898 — Madrid, 1932),
al tener que dedicarse a una tarea molesta para atender a un enfermo
—limpiar el vaso de noche—, oraba al Señor pidiéndole que no se
expresara en su rostro la repugnancia interior que sentía al hacer
aquello.
En una ocasión un obrero de la maltería, un
hombre política y socialmente muy radicalizado, que estaba internado en
un hospital, se quedó asombrado al ver que aquel hombre joven que le
cuidaba y le lavaba las heridas era el mismo ingeniero de la maltería.
En
los comienzos del Opus Dei, cuando acompañaba a san Josemaría en una de
sus frecuentes visitas a los hospitales, en aquel caso en el Hospital
General, se dispuso a limpiar un orinal usado como escupidera. “Vi que
palidecía tremendamente —recordaba San Josemaría—, pero se dirigió a un
pequeño cuarto del hospital, donde había un grifo y unas brochas para
lavar esas cosas. Lo seguí, pensando que podía caerse redondo al suelo,
y me lo encontré con la cara radiante de alegría. En vez de utilizar
las escobillas, metía la mano para limpiar bien el orinal. Me quedé muy
contento y le dejé hacer. (…) Después, me contaba que había pensado:
¡Jesús, que haga buena cara!”.Aludió a este suceso en un punto de Camino:
¿Verdad,
Señor, que te daba consuelo grande aquella «sutileza» del hombrón-niño
que, al sentir el desconcierto que produce obedecer en cosa molesta y
de suyo repugnante, te decía bajito: ¡Jesús, que haga buena cara!?

Continúa la anécdota con citas sobre el valor de tu sonrisa…

Citas citables sobre el valor de tu sonrisa

¿Sabes que la sonrisa se nota al otro lado del teléfono?

June Ander Fronder

La sonrisa es el alumbrado de la cara y la calefacción del corazón.

–BÁRBARA JOHNSON

No hay ninguna cosa seria que no pueda decirse con una sonrisa.

(Alejandro Casona)

Casi toda sonrisa es producto de otra sonrisa.

—FRANK A. CLARK

La sonrisa habla  todos los idiomas

G. Willer

Muy frecuentemente las lágrimas son la última sonrisa del amor.

(J. Stendhal)

—MADRE TERESA

Sonríanse unos a otros.

Sonrían a su esposa, a su marido, a sus hijos, a quien sea. Sonreír nos ayuda a crecer en amor por los demás.

Nadie necesita tanto una sonrisa como quienes no tienen ninguna que ofrecer.

—ANÓNIMO

Preséntate con una cara alegre. Es tu vitrina, tu escaparate, tu mejor publicidad.

—DAVID BRANDT BERG

Las arrugas deberían ser simplemente la huella de las sonrisas.

—MARK TWAIN

—WILBUR D. NESBIT

Cualquier sonrisa vale más de un millón de dólares, y no cuesta ni un centavo.

Las sonrisas tienen el mismo efecto en la humanidad que el sol en las flores.

—JOSEPH ADDISON

Con la sonrisa tendrás amigos;

Con el ceño fruncido, tendrás arrugas.

—GEORGE ELIOT

Es una terapia gratuita.

—DOUG HORTON

Ahora una explicación que resume aquellos años de la vida de San Josemaría, descritos sucintamente en la anécdota narrada ut supra:

«Un día -recuerda Herrero Fontana- me propuso el Padre (San Josemaría):
-¿Por qué no me acompañas a visitar a algunos enfermos?
Acepté,
y fuimos una mañana al Hospital General, que estaba en Atocha, junto a
la Estación de Ferrocarril. Era un caserón enorme, con un gran patio
central y techos muy altos. Un edificio frío, triste, desangelado. No
podré olvidar nunca la impresión que me causó lo que vi allí dentro.



Era casi dantesco: las salas, inmensas, estaban abarrotadas de enfermos
que, como no había camas suficientes, se hacinaban por todas partes:
junto a las escaleras, en los pasillos, a lo largo de las crujías,
sobre colchonetas, en jergones tirados por el suelo… con fiebres
tifoideas, con neumonías, con tuberculosis, que era entonces una
enfermedad incurable. En su mayoría eran pobres gentes que habían
llegado a la capital, huyendo de la miseria del campo para hacer fortuna, y se encontraban con aquello…
En
Madrid no había hospitales capaces para atender a tantos enfermos; y en
los hospitales tampoco había personal suficiente para cuidar de
ellos… Durante sus visitas, el Padre, además de confesarles, les
prestaba pequeños servicios materiales.



Eran tareas que ahora suelen estar resueltas, pero de las que, en
aquellos tiempos, en aquella situación de penuria y abandono, no se
ocupaba nadie: les lavaba, les cortaba las uñas, les aseaba el cabello,
les afeitaba, limpiaba los vasos de noche… No les podía llevar
alimentos, porque estaba prohibido, pero siempre les dejaba una buena
lectura.
Les
pedía a esos hombres y mujeres enfermos, muchas veces desahuciados por
los médicos, que ofrecieran sus dolores, su sufrimiento y su soledad
por la labor que hacía con la gente joven
Como
yo era muy joven todavía, el día que le acompañé me quedé algo atrás,
observándole, mientras atendía a los enfermos. Guardo esa imagen
grabada en el alma: el Padre, arrodillado junto a un enfermo tendido en
un pobre jergón sobre el suelo, animándole, diciéndole palabras de
esperanza y aliento…
Esa
imagen no se me borra de la memoria: el Padre, junto a la cabecera de
aquellos moribundos, consolándoles y hablándoles de Dios… Una imagen
que refleja y resume lo que fueron aquellos años de su vida».