Jaime Falcó vive en Moscú.

38 años. Natural de León. Hijo de militar, y habitual en el mundo de acá para allá. Valladolid. Santander. Roma. Y última parada, de momento: Moscú. Así, contado, parece como ir en metro.

Licenciado en Administración de Empresas, con experiencia en el mundo de la asesoría y de la enseñanza. Con mucho de español, algo de italiano, y bastante de ruso después de un año de curso intensivo.

Entre 15 º y 30º bajo cero.

La vida en Moscú viene con novedades, lógicamente. Allí, hay nieves permanentes entre noviembre y abril. La media es de 15º bajo cero, pero a veces se alcanzan los 30º. Bajo cero. Pero los termómetros no condicionan su vida. «Uno se hace a todo. Pensaba que me iba a costar más aclimatarme».

La Obra en Moscú, y los milagros existen

La labor apostólica de la Obra en Rusia comenzó hace 8 años. «Me hace ilusión ser uno de los primeros del Opus Dei trabajando en un país en el que, tras la caída del Muro de Berlín, era impensable que una institución católica emprendiera su tarea apostólica. Pero existen los milagros. Y allí estamos».

Rusia. Moscú, concretamente. Jaime vive allí, en ese marco, en una residencia de estudiantes. 15 de 6 nacionalidades diferentes.

Desde Moscú «viajamos con frecuencia a San Petersburgo, donde hay un buen grupo de personas que asisten a medios de formación espiritual». Más dos sacerdotes de la Sociedad Sacerdotal de la Santa Cruz en Pushkin con una extensa labor parroquial de años. Y Kiev. Una vez al mes.

Moscú, sin Wikipedia

Jaime controla el terreno. «Moscú tiene cerca de 15 millones de habitantes. Es una ciudad curiosamente multicultural. No me lo esperaba. Me ha sorprendido. Mucha gente por la calle. Mucha gente en los transportes públicos. Mucha gente. El ciudadano medio es cortés y educado. Más bien serio, y con ese toque nostálgico que conocemos gracias a las novelas rusas». De trato fácil. De amistad más que posible.

Los rusos vuelven a Dios

La estadística es la siguiente: «el porcentaje de católicos en Moscú es mínimo». Y entonces, llega la contextualización: «Antes del comunismo, Rusia era un país de mayoría ortodoxa. Ahora la gente está volviendo a Dios, y lo normal es que acudan a sus anteriores prácticas. Hay una gran sed de Dios, y acuden también a la Iglesia católica con mucha normalidad».

«La mayoría de mis amigos y de la gente que acude al Centro de la Obra es teóricamente ortodoxa. En la práctica se hacen menos distinciones».

«Tengo un amigo ortodoxo que, a raíz de nuestra amistad y de conocer el espíritu del Opus Dei, ha sido recibido en la Iglesia católica. En una misma ceremonia hizo la Profesión de Fe, se casó, y bautizó a sus dos hijas. ¡Sólo llevo hablando algo de ruso unos meses! Con otros amigos me entiendo en inglés. Pero mi idea es hacerme ruso al cien por cien».

Poco a poco. Con naturalidad. Uno a uno.

En la Universidad. En el trabajo. En la vida misma. Ahí, en el Moscú ordinario, es donde la gente de allí conoce a las personas del Opus Dei, y al Opus Dei. Una actividad que ha servido para ayudar a muchas personas ha sido la puesta en marcha de cursos de orientación familiar, un servicio muy valorado por los matrimonios jóvenes, que aprenden a superar las lógicas dificultades de la vida misma bajo el mismo techo. Es una herramienta de paz. Para algunos que se tiraban los trastos a la cabeza, estos cursos son un arma. Pero para salvar su matrimonio. Historias, las que se quieran.

La familia, mejor. Gracias.

«Como consecuencia de los años de comunismo, hay mucha gente que se encuentra sin familia. Algunos apenas conocieron a sus padres, porque el estado se encargaba de su formación integral en escuelas especiales. Tampoco el ateísmo impuesto facilitaba una espiritualidad que sustentase los matrimonios». Hoy el panorama está cambiando. Desde instancias gubernamentales se da marcha atrás, con cierta prisa. «Es obvio que la estabilidad familiar repercute en la estabilidad social y el país lo necesita».

«Son llamativos los esfuerzos por mantener una elevada moralidad pública. El estilo de vida occidental, que muchas veces carece de valores, no es modelo para el pueblo ruso. Aquí hay cosas que sorprenden».

Cultura

En Moscú hay 500 teatros. Uno detrás del otro. Muchas de las actividades que organiza la residencia en la que vive Jaime tienen todo que ver con la cultura y su riqueza. Y también, la cultura de la solidaridad: «semanalmente vamos a las estaciones de tren para llevar café caliente y galletas para las personas pobres que deambulan por allí».

San Josemaría en Rusia

«Desde hace décadas, muchos rusos han recibido y leído libros de san Josemaría. Es normal que en algunas ciudades encuentren en las iglesias católicas boletines informativos sobre el fundador del Opus Dei, o estampas para su devoción. Todos los 26 de junio, día en el que la Iglesia Católica celebra su festividad, se celebra una Misa en las catedrales de Moscú, San Petesburgo y Puskin. Desde este año, también en Kiev».

Una postdata

Jaime trabaja a caballo entre la Fundación Sagrada Familia y la implantación de lo que puede ser una futura escuela de negocios. Y combina ese afán profesional con un reclamo así de contundente: «Son muchos millones de personas las que necesitan que se les hable de Dios. El ruso medio está abierto a la trascendencia».

Uno a uno. Poco a poco. Con naturalidad. Y en Rusia, también.