La
capacidad de avergonzarse y acusarse a sí mismo, sin descargar la culpa siempre
en los demás para juzgarlos y condenarlos, es el primer paso en el camino de la
vida cristiana que conduce a pedir al Señor el don la misericordia. Es este el
examen de conciencia sugerido por el Papa en la misa que celebró el lunes 2 de
marzo, en la capilla de la Casa Santa Marta.

Para su reflexión el Papa Francisco
partió de la primera lectura, tomada del libro de Daniel (9, 4-10). Está,
explicó, «el pueblo de Dios» que «pide perdón, pero no es un perdón de palabra:
este pedir perdón es un perdón que viene del corazón porque el pueblo se siente
pecador». Y el pueblo «no se siente pecador en teoría —porque todos nosotros
podemos decir «somos todos pecadores», es verdad, es una verdad: ¡todos aquí!—
pero ante el Señor dice las cosas malas que hizo y lo que no hizo de bueno». Se
lee, en efecto, en la Escritura: «Hemos pecado, hemos cometido crímenes y
delitos, nos hemos rebelado apartándonos de tus mandatos y preceptos. No
hicimos caso a tus siervos los profetas, que hablaban en tu nombre a nuestros
reyes, a nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la
tierra».

En esencia, hizo notar el Papa
Francisco, en estas palabras del pueblo está «la descripción de todo lo malo
que hicieron». Y, así, «el pueblo de Dios, en este momento, se acusa a sí
mismo». Y no se descarga con «los que nos persiguen», con los «enemigos». Más
bien se mira a sí mismo y dice: «Me
acuso a mí mismo ante ti, Señor, y me avergüenzo». Palabras claras, que
encontramos también en el pasaje de Daniel: «Señor, a nosotros nos abruma la
vergüenza».

«Este pasaje de la Biblia —sugirió
el Papa— nos hace reflexionar sobre una virtud cristiana, es más, en más de una
virtud». En efecto, «la capacidad de acusarse a sí mismo, la acusación de sí
mismo» es «el primer paso para encaminarse como cristiano». En cambio, «todos
nosotros somos maestros, somos doctores en justificarnos a nosotros mismos» con
expresiones como: «Yo no fui, no, no es culpa mía; pues sí, pero no era
tanto… Las cosas no son así…».

En definitiva, dijo el Papa
Francisco, «todos encontramos una excusa» para justificarnos «de nuestras
faltas, de nuestros pecados». Es más, añadió, «muchas veces somos capaces de
poner esa cara de «¡yo no lo sé!», cara de «yo no lo hice, tal vez será otro»».
En pocas palabras, estamos siempre listos para «pasar por inocente». Pero así,
advirtió el Papa, «no se avanza en la vida cristiana».

Por lo tanto, reafirmó, «el primer
paso» es la capacidad de acusarse a sí mismo. Y es ciertamente «bueno» hacerlo
con el sacerdote en la confesión. Pero, preguntó el Papa Francisco, «antes y
después de la confesión, en tu vida, en tu oración, ¿eres capaz de acusarte a
tí mismo? ¿O es más fácil acusar a los demás?».

Esta experiencia, destacó el obispo
de Roma, suscita «algo un poco extraño pero que, al final, nos da paz y salud».
En efecto, «cuando comenzamos a mirar todo aquello de lo que somos capaces, nos
sentimos mal, sentimos repugnancia» y llegamos a preguntarnos: «¿Pero yo soy
capaz de hacer esto?». Por ejemplo, «cuando encuentro en mi corazón una envidia
y sé que esa envidia es capaz de hablar mal del otro y matarlo moralmente», me
tengo que preguntar: «¿Soy capaz de ello? Sí, yo soy capaz». Y precisamente
«así comienza esta sabiduría, esta sabiduría de acusarse a sí mismo».

Por consiguiente, «si no aprendemos
este primer paso de la vida —afirmó el Papa Francisco— jamás daremos pasos
hacia adelante por el camino de la vida cristiana, de la vida espiritual».
Porque, precisamente, «el primer paso» es siempre el de «acusarse a sí mismo»,
incluso «sin decirlo: yo y mi conciencia».

Al
respecto el Papa propuso un ejemplo concreto. Cuando vamos por la calle y
pasamos ante una prisión, dijo, podríamos pensar que los detenidos «se lo
merecen». Pero –invitó a considerar–
«¿sabes que si no hubiese sido por la gracia de Dios, tú estarías allí?
¿Has pensado que eres capaz de hacer las cosas que ellos hicieron, incluso
peores?». Esto, precisamente, «es acusarse a sí mismo, no esconder a uno mismo
las raíces de pecado que están en nosotros, las tantas cosas que somos capaces
de hacer, aunque no se vean».

Es
una actitud, prosiguió el Papa Francisco, que «nos lleva a la vergüenza delante
de Dios, y esta es una virtud: la vergüenza delante de Dios». Para
«avergonzarse» hay que decir: «Mira, Señor, siento repugnancia de mí mismo,
pero tú eres grande: a mí la vergüenza,
a ti –y la pido– la misericordia». Precisamente como dice la Escritura: «Señor,
nos abruma la vergüenza, porque hemos pecado contra ti». Y lo «podemos decir,
porque soy capaz de pecar y hacer muchas cosas malas: «A ti, Señor, nuestro
Dios, la misericordia y el perdón. La
vergüenza para mí y a ti la misericordia y el perdón»». Es un «diálogo
con el Señor» que «nos hará bien en esta Cuaresma: la acusación de nosotros
mismos».

«Pidamos
misericordia» volvió a proponer el Papa refiriéndose especialmente al pasaje de
la liturgia de san Lucas (6, 36-38). Jesús «es claro: sed misericordiosos como
vuestro Padre es misericordioso». Por lo demás, explicó el Papa Francisco,
«cuando uno aprende a acusarse a sí mismo es misericordioso con los demás». Y
puede decir: «¿Pero quién soy yo para juzgarlo, si soy capaz de hacer cosas
peores?». Es una frase importante: «¿quién soy yo para juzgar al otro?». Esto
se comprende a la luz de la palabra de Jesús «sed misericordiosos como vuestro
Padre es misericordioso» y con su invitación a «no juzgar». En cambio,
reconoció el Pontífice, «cómo nos gusta juzgar a los demás, hablar mal de
ellos». Sin embargo, el Señor es claro: «no juzguéis y no seréis juzgados; no
condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados». Es un camino
ciertamente «no fácil», que «inicia con la acusación de uno mismo, inicia con
esa vergüenza delante de Dios y con la petición de perdón a Él: pedir
misericordia». Precisamente «de ese primer paso se llega a esto que el Señor
nos pide: ser misericordiosos, no juzgar a nadie, no condenar a nadie, ser
generosos con los demás».

En
este perspectiva, el Papa invitó a orar para que «el Señor, en esta Cuaresma,
nos dé la gracia de aprender a acusarnos a nosotros mismos, cada uno en su
soledad», preguntándose uno mismo: «¿Soy capaz de hacer esto? ¿Con este
sentimiento soy capaz de hacer esto? ¿Con este sentir que tengo en mi interior
soy capaz de las cosas más perversas?». Y al orar así: «ten piedad de mí,
Señor, ayúdame a avergonzarme y dame misericordia, así podré ser misericordioso
con los demás».