Mensaje Urbi et Orbe (25 de diciembre)

Queridos hermanos y hermanas, feliz Navidad.

Cristo nos ha nacido, exultemos en el día de nuestra salvación.

Abramos nuestros corazones para recibir la gracia de este día, que es
Él mismo: Jesús es el «día» luminoso que surgió en el horizonte de la
humanidad. El día de la misericordia, en el cual Dios Padre ha revelado a
la humanidad su inmensa ternura. Día de luz que disipa las tinieblas
del miedo y de la angustia. Día de paz, en el que es posible
encontrarse, dialogar, y sobre todo reconciliarse. Día de alegría: una
«gran alegría» para los pequeños y los humildes, para todo el pueblo
(cf.
Lc 2,10).

En este día, ha nacido de la Virgen María Jesús, el Salvador. El
pesebre nos muestra la «señal» que Dios nos ha dado: «un niño recién
nacido envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (
Lc 2,12).
Como los pastores de Belén, también nosotros vamos a ver esta señal,
este acontecimiento que cada año se renueva en la Iglesia. La Navidad es
un acontecimiento que se renueva en cada familia, en cada parroquia, en
cada comunidad que acoge el amor de Dios encarnado en Jesucristo. Como
María, la Iglesia muestra a todos la «señal» de Dios: el niño que ella
ha llevado en su seno y ha dado a luz, pero que es el Hijo del Altísimo,
porque «proviene del Espíritu Santo» (
Mt 1,20). Por eso es el Salvador, porque es el Cordero de Dios que toma sobre sí el pecado del mundo (cf. Jn 1,29).
Junto a los pastores, postrémonos ante el Cordero, adoremos la Bondad
de Dios hecha carne, y dejemos que las lágrimas del arrepentimiento
llenen nuestros ojos y laven nuestro corazón. Todos lo necesitamos.

Sólo él, sólo él nos puede salvar. Sólo la misericordia de Dios puede
liberar a la humanidad de tantas formas de mal, a veces monstruosas,
que el egoísmo genera en ella. La gracia de Dios puede convertir los
corazones y abrir nuevas perspectivas para realidades humanamente
insuperables.

Donde nace Dios, nace la esperanza: él trae la esperanza. Donde nace Dios, nace la paz. Y donde nace la paz, no hay lugar para el odio ni para la guerra. Sin
embargo, precisamente allí donde el Hijo de Dios vino al mundo,
continúan las tensiones y las violencias y la paz queda como un don que
se debe pedir y construir. Que los israelíes y palestinos puedan retomar
el diálogo directo y alcanzar un entendimiento que permita a los dos
pueblos convivir en armonía, superando un conflicto que les enfrenta
desde hace tanto tiempo, con graves consecuencias para toda la región.

Pidamos al Señor que el acuerdo alcanzado en el seno de las Naciones
Unidas logre cuanto antes acallar el fragor de las armas en Siria y
remediar la gravísima situación humanitaria de la población extenuada.
Es igualmente urgente que el acuerdo sobre Libia encuentre el apoyo de
todos, para que se superen las graves divisiones y violencias que
afligen el país. Que toda la Comunidad internacional ponga su atención
de manera unánime en que cesen las atrocidades que, tanto en estos
países como también en Irak, Yemen y en el África subsahariana, causan
todavía numerosas víctimas, provocan enormes sufrimientos y no respetan
ni siquiera el patrimonio histórico y cultural de pueblos enteros.
Quiero recordar también a cuantos han sido golpeados por los atroces
actos terroristas, particularmente en las recientes masacres sucedidas
en los cielos de Egipto, en Beirut, París, Bamako y Túnez.

Que el Niño Jesús dé consuelo y fuerza a nuestros hermanos,
perseguidos por causa de su fe en distintas partes del mundo. Son
nuestros mártires de hoy.

Pidamos Paz y concordia para las queridas poblaciones de la República
Democrática del Congo, de Burundi y del Sudán del Sur para que,
mediante el diálogo, se refuerce el compromiso común en vista de la
edificación de sociedades civiles animadas por un sincero espíritu de
reconciliación y de comprensión recíproca.

Que la Navidad lleve la verdadera paz también a Ucrania, ofrezca
alivio a quienes padecen las consecuencias del conflicto e inspire la
voluntad de llevar a término los acuerdos tomados, para restablecer la
concordia en todo el país.

Que la alegría de este día ilumine los esfuerzos del pueblo
colombiano para que, animado por la esperanza, continúe buscando con
tesón la anhelada paz.

Donde nace Dios, nace la esperanza¸ y donde nace la esperanza, las personas encuentran la dignidad. Sin
embargo, todavía hoy muchos hombres y mujeres son privados de su
dignidad humana y, como el Niño Jesús, sufren el frío, la pobreza y el
rechazo de los hombres. Que hoy llegue nuestra cercanía a los más
indefensos, sobre todo a los niños soldado, a las mujeres que padecen
violencia, a las víctimas de la trata de personas y del narcotráfico.

Que no falte nuestro consuelo a cuantos huyen de la miseria y de la
guerra, viajando en condiciones muchas veces inhumanas y con serio
peligro de su vida. Que sean recompensados con abundantes bendiciones
todos aquellos, personas privadas o Estados, que trabajan con
generosidad para socorrer y acoger a los numerosos emigrantes y
refugiados, ayudándoles a construir un futuro digno para ellos y para
sus seres queridos, y a integrarse dentro de las sociedades que los
reciben.

Que en este día de fiesta, el Señor vuelva a dar esperanza a cuantos
no tienen trabajo –y son tantos– y sostenga el compromiso de quienes
tienen responsabilidad públicas en el campo político y económico para
que se empeñen en buscar el bien común y tutelar la dignidad toda vida
humana.

Donde nace Dios, florece la misericordia. Este es el don más
precioso que Dios nos da, particularmente en este año jubilar, en el que
estamos llamados a descubrir la ternura que nuestro Padre celestial
tiene con cada uno de nosotros. Que el Señor conceda, especialmente a
los presos, la experiencia de su amor misericordioso que sana las
heridas y vence el mal.

Y de este modo, hoy todos juntos exultemos en el día de nuestra salvación. Contemplando
el portal de Belén, fijemos la mirada en los brazos de Jesús que nos
muestran el abrazo misericordioso de Dios, mientras escuchamos el gemido
del Niño que nos susurra: «Por mis hermanos y compañeros voy a decir:
«La paz contigo»» (
Sal 121 [122], 8)

Dirijo mi más cordial felicitación a vosotros, queridos hermanos y
hermanas, venidos de todas las partes del mundo a esta plaza, y a todos
los que desde diversos países están conectados a través de la radio, la
televisión y otros medios de comunicación.

Es la Navidad del Año Santo de la Misericordia, y por eso deseo a
todos que acojan en la propia vida la misericordia de Dios, che
Jesucristo nos ha dado, para ser misericordiosos con nuestros hermanos.
Así haremos crecer la paz. ¡Feliz Navidad!

* * *

Homilía del Santo Padre en la misa de la Natividad del Señor (24 de diciembre)

En esta noche brilla una «luz grande» (Is 9,1); sobre nosotros
resplandece la luz del nacimiento de Jesús. Qué actuales y ciertas son
las palabras del profeta Isaías, que acabamos de escuchar: «Acreciste la
alegría, aumentaste el gozo» (
Is 9,2). Nuestro corazón estaba ya
lleno de alegría mientras esperaba este momento; ahora, ese sentimiento
se ha incrementado hasta rebosar, porque la promesa se ha cumplido, por
fin se ha realizado. El gozo y la alegría nos aseguran que el mensaje
contenido en el misterio de esta noche viene verdaderamente de Dios. No
hay lugar para la duda; dejémosla a los escépticos que, interrogando
sólo a la razón, no encuentran nunca la verdad. No hay sitio para la
indiferencia, que se apodera del corazón de quien no sabe querer, porque
tiene miedo de perder algo. La tristeza es arrojada fuera, porque el
Niño Jesús es el verdadero consolador del corazón.

Hoy ha nacido el Hijo de Dios: todo cambia. El Salvador del mundo
viene a compartir nuestra naturaleza humana, no estamos ya solos ni
abandonados. La Virgen nos ofrece a su Hijo como principio de vida
nueva. La luz verdadera viene a iluminar nuestra existencia, recluida
con frecuencia bajo la sombra del pecado. Hoy descubrimos nuevamente
quiénes somos. En esta noche se nos muestra claro el camino a seguir
para alcanzar la meta. Ahora tiene que cesar el miedo y el temor, porque
la luz nos señala el camino hacia Belén. No podemos quedarnos inermes.
No es justo que estemos parados. Tenemos que ir y ver a nuestro Salvador
recostado en el pesebre. Este es el motivo del gozo y la alegría: este
Niño «ha nacido
para nosotros», «se nos ha dado», como
anuncia Isaías (cf. 9,5). Al pueblo que desde hace dos mil años recorre
todos los caminos del mundo, para que todos los hombres compartan esta
alegría, se le confía la misión de dar a conocer al «Príncipe de la paz»
y ser entre las naciones su instrumento eficaz.

Cuando oigamos hablar del nacimiento de Cristo, guardemos silencio y
dejemos que ese Niño nos hable; grabemos en nuestro corazón sus palabras
sin apartar la mirada de su rostro. Si lo tomamos en brazos y dejamos
que nos abrace, nos dará la paz del corazón que no conoce ocaso. Este
Niño nos enseña lo que es verdaderamente importante en nuestra vida.
Nace en la pobreza del mundo, porque no hay un puesto en la posada para
Él y su familia. Encuentra cobijo y amparo en un establo y viene
recostado en un pesebre de animales. Y, sin embargo, de esta nada brota
la luz de la gloria de Dios. Desde aquí, comienza para los hombres de
corazón sencillo el camino de la verdadera liberación y del rescate
perpetuo. De este Niño, que lleva grabados en su rostro los rasgos de la
bondad, de la misericordia y del amor de Dios Padre, brota para todos
nosotros sus discípulos, como enseña el apóstol Pablo, el compromiso de
«renunciar a la impiedad» y a las riquezas del mundo, para vivir una
vida «sobria, justa y piadosa» (
Tt 2,12).

En una sociedad frecuentemente ebria de consumo y de placeres, de
abundancia y de lujo, de apariencia y de narcisismo, Él nos llama a
tener un comportamiento
sobrio, es decir, sencillo, equilibrado,
lineal, capaz de entender y vivir lo que es importante. En un mundo, a
menudo duro con el pecador e indulgente con el pecado, es necesario
cultivar un fuerte sentido de la justicia, de la búsqueda y el poner en
práctica la voluntad de Dios. Ante una cultura de la indiferencia, que
con frecuencia termina por ser despiadada, nuestro estilo de vida ha de
estar lleno de
piedad, de empatía, de compasión, de misericordia, que extraemos cada día del pozo de la oración.

Que, al igual que el de los pastores de Belén, nuestros ojos se
llenen de asombro y maravilla al contemplar en el Niño Jesús al Hijo de
Dios. Y que, ante Él, brote de nuestros corazones la invocación:
«Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (
Sal 85,8).