Es cierto: no conservamos los manuscritos originales de los libros bíblicos. Pero presentar este hecho como una refutación de la Biblia es confundir la crítica textual con una prueba contra el cristianismo.
También es cierto que existen cientos de miles de variantes textuales. El problema es que esa cifra puede resultar espectacular si no se explica qué significa.
Muchas variantes son diferencias de ortografía, palabras repetidas, orden de palabras o pequeñas modificaciones entre manuscritos. No son cientos de miles de doctrinas diferentes.
Además, los especialistas conocen perfectamente los principales pasajes cuya transmisión textual presenta dudas. Por ejemplo, el final largo de Marcos (Mc 16,9-20) o el episodio de la mujer adúltera (Jn 7,53–8,11). Las Biblias modernas suelen indicarlo en sus notas. No se está escondiendo nada.
Y aquí está el salto lógico de la publicación:
«No tenemos los originales» → «hay variantes» → «por tanto, la Biblia es una reconstrucción y no una revelación».
Eso no se deduce.
Si aplicáramos ese criterio a toda la literatura antigua, tendríamos que rechazar buena parte de lo que conocemos de la Antigüedad simplemente porque no poseemos el manuscrito escrito de puño y letra por su autor.
Pero para un católico hay además una cuestión fundamental.
La fe cristiana no sostiene que Dios entregara a la Iglesia un manuscrito perfecto que después debía conservarse físicamente sin ninguna variación.
El Catecismo enseña que Dios es autor de la Escritura y que los autores humanos escribieron utilizando sus propias facultades bajo la inspiración del Espíritu Santo. Y afirma que las Escrituras enseñan sin error la verdad que Dios quiso consignar para nuestra salvación (CEC 105-107).
La Revelación cristiana tampoco se reduce a un libro aislado. Cristo es el centro de la Revelación, y esta fue transmitida por los Apóstoles, oralmente y por escrito, y confiada a la Iglesia.
Por tanto, que existan variantes manuscritas no demuestra que la Revelación haya desaparecido.
Al contrario: precisamente porque disponemos de una enorme cantidad de manuscritos, traducciones antiguas y citas de los Padres de la Iglesia podemos comparar los testimonios y estudiar cómo se transmitió el texto.
La ausencia de los originales no demuestra que la Biblia sea falsa.
Y mucho menos demuestra que «nadie posee el original, por tanto nadie posee la verdad».
Eso no es crítica histórica.
Es una conclusión filosófica añadida a unos datos históricos que, por sí mismos, no la demuestran.