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CADA PERSONA, UNA HISTORIA

Este mediodía llego al pueblo. Empiezan las vacaciones.
Aparco el coche y se acerca un señor a pedirme dinero, hago ademán de darle “suelto”, finalmente le doy 5€, me lo pienso mejor, me bajo del coche y entablo una conversación que me marcará para el restote mi vida. 
Media hora después el hombre me ha contado su vida, llora desconsoladamente. Español, 65 años, separado, 4 hijos y 5 nietos de los que no sabe nada desde hace diez años.
Una hora después, el que llora soy yo mientras contemplo los cartones donde lleva durmiendo el último mes, en un refugio, apenas a 100 metros de la casa de mis padres…

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CAMBIO SUSTANCIAL

CÓMO SE PUEDE PASAR DE TERRORISTA A SU CONTRARIO
Era terrorista, revolucionario, violento y anticlerical; golpeó a un cura que llegaría a obispo… pero cuando estaba a punto de volar la catedral de Aguascalientes.. 

Su nombre era Juan Manuel Martínez Macías pero nadie, o casi nadie, lo conocía por ese nombre. Para todos era el P. Trampitas, el capellán de la prisión más grande del mundo, el penal mexicano de las Islas Marías, en el Océano Pacífico. La única cárcel con muros de agua, y un agua infestada de tiburones. Una cárcel que está a 12 horas en barco de la costa oeste del continente.

La historia del P. Trampitas es la historia de un joven violento y exaltado, la de un anticlerical al que le sucedió lo mismo que a san Agustín: las oraciones y las lágrimas de su madre, al igual que las de Santa Mónica, fueron el motivo de su conversión. De revolucionario y terrorista, a capellán de los delincuentes más peligrosos de México. Un buen cambio: nadie mejor que él para esa misión.

Por las lágrimas de su madre
Juan Manuel y sus amigos eran conocidos por su actitud violenta y anticlerical. No era extraño verle en conflictos con la Iglesia. 

En cierta ocasión, incluso, golpeó a Juan María Navarrete, quien llegó a ser obispo de Sonora. Pero su gran golpe habría de venir poco después: volar la catedral de Aguascalientes. 

Cuando todo estaba a punto de ejecutarse, a tan solo nueve días, Cristo se cruzó por el camino. Su madre acababa de descubrir unos papeles que le comprometían y que detallaban lo que había planeado. Llorando, le dijo su madre: “Te quiero mucho hijo, pero al mismo tiempo te odio porque eres enemigo de Dios”. En esos momentos, Juan Manuel, impresionado, le juró: “Mira, madre: desde este momento, va a ser otro tu hijo. Si te lo cumplo, que Cristo me bendiga y si no te lo cumplo, que Cristo me maldiga”. Y continuó: “Mira, sé que lo que voy a hacer, me va a costar la vida”. A lo que respondió ella: “Y, ¿para qué quieres la vida si no la das por Cristo?”. 

Esa pregunta fue su sostén en los tiempos más duros de su estancia en la prisión: “Cuando me llega la nostalgia de la libertad, cuando quiero abandonar todo aquello, parece que la voz de mi madre hace eco y permanece allí: “¿Para qué quieres la vida, si no la das por Cristo…?”

Se marcha al seminario a EE UU
Juan Manuel Martínez Macías se marchó a los Estados Unidos ha estudiar con los jesuitas. Él mismo lo explica: “Yo no podía estudiar para sacerdote en México, porque si me veían en el seminario, no faltaría alguien que dijera: ‘Este hombre está planeando algún buen golpe…”.

Sin barrotes pero con muros de agua
Con el tiempo, su destino fue la prisión de las Islas Marías. No es un penal al uso, con celdas y barrotes, sino con muros de agua, y en donde los presos pueden vivir con sus familias en los poblados que organizan la vida de las islas. 

CONTINÚA…
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LA SEÑORA RAFAELA

Menuda es la señora Rafaela. Hace no mucho estaba ella tan tranquila escuchando la homilía de su cura. Porque ella es de su parroquia, aunque con el párroco de cuando en cuando se las tenga tiesas.

Hablaba el sacerdote del final de la vida. Y su teoría, demasiada extendida por cierto, es que cuando uno se muere se va derechito al cielo. Automático . No importa cómo hayas vivido, ni lo que hayas hecho, ni tu fe o la falta de ella, ser honrado o sinvergüenza. Todos al cielo. El razonamiento simplísimo: si Dios es bueno y es misericordia está claro. No hay purgatorio, no hay pecados que expiar, no hay pena, no hay necesidad de nada. Todo es gratuito de parte de Dios. Por tanto, era la conclusión, no nos agobiemos por los difuntos porque todos sin excepción están en el cielo desde el mismo momento de su muerte.

Rafaela no tiene estudios especiales, pero sí su formación con un catecismo muy bien aprendido. Y de tonta ni un pelo.


SIGUE
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LA HISTORIA DE ALESSANDRA BORGHESE

CON OJOS NUEVOS (Alessandra Borghese, Ab)


Conversión  
  Avanzar en la vida espiritual resulta complicado mientras pienses que casi todo depende de ti, y te empeñes entonces en ir adelante a base de gran insistencia y terquedad. Se vuelve sencillo, en cambio, cuando entiendes que tu santificación, tu transformación, con todo lo que las acompaña, son obra sobre todo del Espíritu Santo, son un don, y que, por tanto, lo que has de hacer es dejar que Él obre en ti. Él es el verdadero escultor que, a golpe de cincel, desbasta poco a poco lo que tienes de superfluo, hasta que la imagen divina que hay en cada uno de nosotros –oculta bajo un montón de detritus fosilizados- comienza a delinearse y, finalmente, a surgir con mayor definición. 
        A medida que pasa el tiempo, adviertes así que la vida enriquecida por la fe viene a ser una lenta pero progresiva purificación del corazón, que acontece bajo la mirada de Dios, envueltos en su amor. Esto permite vernos cada vez con más claridad a nosotros mismos: detectar nuestra limitación, nuestro pecado, junto a nuestras más auténticas cualidades. En suma, permite descubrir nuestra verdadera identidad. Sí, porque la humildad, de la que tanto se habla, no se reduce a aceptar nuestros defectos: éste es sólo su polo negativo. Su inseparable polo positivo impulsa a reconocer con alegría los dones que Dios nos da y a emplearlos, no para ofenderlo o para negarlo, sino para darle gloria.   
       Todos somos criaturas potencialmente bellísimas, por haber sido creadas a imagen de Dios, pero incapaces de satisfacernos plenamente unos a otros. La relación entre nosotros, pues, únicamente será buena y de veras serena si pasa a través del Padre común. Sólo Él es el Absoluto. Y es, por tanto, el único capaz de saciar la sed de nuestro corazón, de dar respuesta a las preguntas esenciales de nuestro ser. 
        Mientras no descubrimos a Dios, volcamos este deseo en otros hombres, cayendo –antes o después- en inevitables decepciones. Viene a ser como intentar beber de un vaso vacío o que apenas contiene un sorbo de agua. Si, en cambio, nos acercamos a la fuente divina para saciar nuestra sed, a la vez llegaremos a amar a cada hombre con sus limitaciones, y a perdonarlo,  si esto fuera preciso; conseguiremos también aceptar lo bueno de lo que es capaz, sin pretender más. Sólo así podremos encontrar una alegría y una paz auténticas y duraderas.   
              Con la fe cambia incluso el modo de contemplar el mundo. Consigues mirarlo con nuevos ojos. De ninguna manera es cierto que los cristianos no amemos la vida. La verdad es exactamente la contraria. La religión revelada por Jesús es la religión de la encarnación…Quiere decir que la misma realidad completa puede ser santificada de continuo: nuestro trabajo y nuestros lazos afectivos, pero también nuestras diversiones, el arte, la música, la cultura, etc. Toda cosa buena se vuelve sagrada si se la mira con los ojos de la fe, si se la envuelve con amor de Dios. 
CONTINÚA…
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El niño que exclamó

En una noche fria y helada habia un niño que desde la ventanilla del cuarto de su casa contemplaba las grande y fuerte gotas que bajaban del cielo.. Su mirada se perdida tras aquella lluvia cuando contempló a lo lejos a otro niño como de su edad todo remojado y con pocas fuerzas que caminaba hacia la dirección de su casa así que aquel niño fue en busca de una toalla para ofresercela al niño que no veia en buena condición y se fue al jardin del patio de su casa que habia sido destruido por aquel torrente de agua.
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MENOS MAL QUE DIOS ES MÁS COMPRENSIVO

VIRUTAS DE MADERA PRECIOSA:
Si deseas el éxito, no lo busques, limítate a hacer lo que amas y en lo que crees. El éxito vendrá por añadidura.

Menos mal que Dios es más comprensivo 

Un profesor de 1º de Primaria les pone un ejemplo a los niños para que entiendan el valor del pecado. "Imaginaos que hacéis un muñeco con plastilina. 
Un muñeco perfectamente terminado, con los brazos, las piernas, los ojos, todo. 
Tan perfecto que empieza a hablar y le podéis contar cosas, etc. 
de pronto ese muñeco se enfrenta a ti y te escupe; tu que harías".
 "Pues yo le doy un puñetazo y me hago un barco". 
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EL BELÉN QUE PUSO DIOS (13)

13. Las figuras rotas


 

Herodes, al ver que los Magos le
habían engañado, se irritó en extremo, y mandó matar a todos los ni­ños que
había en Belén y en toda su comarca, de dos años para abajo, con arreglo al
tiempo que cui­dadosamente había averiguado de los Magos.

Así se cumplió lo dicho por el
profeta Jeremías: «Una voz se oyó en Ramá, llanto y lamento grande: Es Raquel
que llora a sus hijos, y no admite con­suelo, porque ya no existen».
(Mateo, 2, 16-18).

  

 
Una reflexión especial quisiera
tener para vosotras, mujeres que habéis recurrido al aborto.
(…) El Pa­dre de toda
misericordia os espera para ofreceros su perdón y su paz en el sacramento de la
reconci­liación. Os daréis cuenta de que nada está perdido, y podréis pedir
perdón también a vuestro hijo, que ahora vive en el Señor.
(Juan Pablo II,
Enc. Evan­gelium vitae)

  

 
—Entonces el Niño, por
primera vez, abrió los ojos, que eran negros como los de María, y miró al
Cielo, justo a donde estaba Oriente. Y
el corazón de la estrella empezó a hacer pum
pum, pum pum, pum pum…,
como una zambomba.

Salomé,
que escuchaba embobada el relato del pastor; hizo un gesto de incredulidad.

 —¡No
digas cosas raras, Zabulón! ¿Se puede sa­ber de dónde te sacas esas fantasías?
Las estrellas no tienen corazón.
 —Eso
es lo que tú te crees. Me lo ha dicho el án­gel; para que te enteres.
 —Así
que es otro de esos cuentos suyos. Me pa­rece que con tanta historia te está
comiendo el poco seso que te queda. A ver si te has creído que las estre­llas
son personas. No, hijo, no: son sólo luces, y nada más.
 —Las
otras sí; pero Oriente es distinta.
Es como tú y como yo, sólo que en estrella. Gabriel me ha ex­plicado que es la
luz más importante del firmamento. Lo que pasa es que no debemos decírselo ni
comen­tarlo en voz muy alta, no sea que nos escuche y se ponga vanidosa.
 —¡Gabriel,
Gabriel…! Menuda perra has cogido tú con ese ángel. Hala, déjame trabajar,
que me vas a contagiar y acabaré viendo visiones yo también.

El
pastor se aleja cantando y lanza piedras al río, según él para sacar chispas
sobre el espejo del agua. Salomé, entre tanto, pone a secar los pañales sobre
una roca, y sonríe por dentro con las cosas de Za­bulón.

 —Zabulón…

—¿Qué
quieres ahora?

 —Mira,
hijo, no sé si tienes razón o no; pero lo mejor es que no cuentes a nadie estas
cosas, ¿me com­prendes?
 —¡Claro!,
¿te crees que soy tonto, o qué?
 —Pues,
la verdad…
  

***

  

 Tan
encantada estaba la estrella con el Niño y con su Madre que ni siquiera tenía
tiempo para espiar las conversaciones de los que rondaban el Portal. 
 Anochecía
una jornada más en Belén. 
Oriente volvió
a reducir la intensidad de su luz para no des­lumbrar a la Señora. Y, justo en
aquel momento, el más hermoso de los recién nacidos abrió los ojos, y Dios
empezó a mirar el mundo desde aquí abajo, a través de la pupila asombrada de un
Niño. 
 Primero
vio otros ojos iguales a los suyos, que parecieron llenarse de rocío, mientras
unos labios le sonreían. Luego, poco a poco, fue descubriendo cada rincón de la
gruta: la barba de San José, las orejas pi­cudas del borrico, las paredes de
arcilla empapadas de humedad, el heno tibio del pesebre, y la golondrina, que
entraba y salía del nido como un relámpago aba­nicando el techo con sus alas. 
Enseguida, a través del ventanuco, vio las nubes en el horizonte, que se de­sangraban
sobre el perfil violeta de las montañas; y millones de luces en el firmamento,
cada una con su nombre recibido de Yavé al comienzo de todo. 
 María
y Jesús levantaron la vista a la vez hacia lo alto cuando el Niño pareció
señalar con su manita derecha.
 —¿Te
has fijado, José? Es como si quisiera ense­ñarnos la estrella…
 Todas
las luces del universo se estremecieron.
 Y Oriente,
al notar que los ojos de Jesús la miraban, pen­só que había llegado su hora
e iba a morir sin reme­dio. Y es que, en el centro mismo de su pecho, un co­razón
de fuego le latía como un volcán, o, como dijo Zabulón, como una zambomba.

Acostumbrada
a contar los milenios como si fueran segundos, Oriente nunca supo cuánto duró aquel inesperado terremoto. Pero
¡qué breve le pare­ció la casi eternidad de donde venía, comparada con el
instante en que abrió los ojos Jesús!

Entonces
las vio.

¿Qué
eran? ¿Cometas perdidos? ¿Fuegos artificiales? Algo como centellas que subían
desde la tierra entre un campanilleo de plata y cristales.

Oriente ya no se hacía preguntas. 

Era
tan insóli­to todo lo que le ocurría… 
Tal vez, como otras veces, se lo
explicara Gabriel. 
 De
pronto, una chispa se coló en sus dominios. 
 —¡Hola!

(Otra
sorpresa: aquella motita brillante hablaba).

 —Hola,
¿Y tú quién eres?
 —No
lo sé.
 —¿Cómo
que no lo sabes? Todo el mundo sabe quien es.
 —Pues
yo no. ¿Y tú?
 —Yo
soy una estrella, y me llamo Oriente. ¿Te
gusta mi nombre? Me lo puso el mismo Dios hace mi­llones de años… Oye, ¿tú no
serás un ángel, verdad?
 —¡Nooo!

La
chispa parecía divertida.

 —Entonces,
¿qué eres, otra estrella?
 —No.
Soy sólo una figura rota del belén de Dios…
 —Una…
¿qué?
 —Mi
sitio estaba allí abajo. No sé cómo llegué ni con qué misión. Pero Dios me
había reservado un pa­pel.
 —Pues,
para no saber quién eres, sabes mucho.
 —Sí,
pero aún no conozco mi nombre. Tampoco lo saben ésos que ves subir al Cielo.
Somos los niños ajusticiados de Belén. Herodes nos tenía miedo y dis­puso que
muriéramos para que su reino no corriese peligro.
 —¿Miedo?
¿Cómo os podía tener miedo un rey tan poderoso?
 —Siempre
se mata por miedo, Oriente. 
Desde su primer
encuentro con el Arcángel, la estrella ya sabía que lo suyo era preguntar y no
en­tender las respuestas. Pero, aun así, durante un ins­tante guardó silencio
como si tuviera necesidad de reflexionar.

Cuando
quiso darse cuenta, la chispa había de­saparecido, y el horizonte estaba otra
vez oscuro y se­reno. Cada astro ocupaba exactamente el lugar del cosmos en que
Yavé lo puso. Y Oriente se sintió más
sola que nunca. Y volvió a mirar al Portal, donde el Niño dormía.

 —¿Estás
triste, Oriente? 
El Ángel había
llegado de improviso y casi le so­bresaltó con su pregunta.

 —Me
ha mirado el Niño —contestó la estrella—. ¿Lo sabías? 
 —Claro… 
 —Así
que ha sido cosa tuya. 
 —Fue
sencillo. No me pusieron muchos incon­venientes allí arriba. Es más, supongo
que Yavé lo te­nía previsto desde toda la eternidad.
 —Ya…

Oriente parecía distraída, como si
pensara en otra cosa. Qué extraño: tantos siglos hablando sola, y ahora no
tenía ganas de conversación. 

 Al
fin la estrella dijo:
 —¿Y
las figuras rotas?

San
Gabriel la miró sorprendido.

 —¿Qué
ocurre con las figuras rotas?
 —¿También
estaban previstas desde toda la eter­nidad?

Las
palabras le salieron amargas y duras como un trueno. La propia Oriente se sobresaltó al oír el so­nido
de su voz. ¿Qué le estaba ocurriendo? Alguien trataba de aturdirla con mil
pensamientos oscuros que jamás había tenido antes. ¿Qué día era aquél, en que
una estrella podía sentir tristeza hasta las lágrimas, angustia, desesperanza,
miedo…, igual que los hombres? 

¿Por qué tenía que ser ella la elegida para
alumbrar el cielo en esa noche terrible tan llena de amor y de odio?

El
Arcángel volvió a mirarla con ternura.

 —Así
que ya sabes lo de las figuras rotas… 

Oriente estaba avergonzada y confusa:
 —¿Qué
me pasa, Gabriel? ¿Por qué digo y pien­so estas cosas que yo misma no entiendo?
 —Porque
Yavé ha querido que participes de su dolor. Mira, Oriente, no creas que eres tú la única cria­tura del firmamento que
ha llorado esta noche. Cada vez que muere un niño a manos de otro hombre, todo
el universo padece. También los ojos de Jesús, recién abiertos, se han llenado
de lágrimas para bautizar con su llanto las almas de los Inocentes. Necesitaba
Yavé aliviar su pena, y se ha desahogado en su Hijo y, al mismo tiempo, en el
dolor de las estrellas del Cielo, de los planetas y sus lunas, de los montes y
de los gran­des océanos, de los ángeles… Hasta la última hoja de los árboles
ha notado el escalofrío de este crimen. 
El Cosmos entero sufre, Oriente
 —Pero
yo… 
 —Es
cierto: jamás lo habías sentido. Y debes dar gracias a Yavé, que te ha
concedido el don de saborear tu propio sufrimiento. Los demás cuerpos celestes
no tienen este privilegio. 
 La estrella
escuchaba el discurso del Ángel, y aunque le parecía cada vez más profundo,
también se le hacía más claro y luminoso. 
Tanto que empezó a preguntarse si, en
verdad, ella misma no sería algo más que una simple luz del cielo. 
 La
voz del Arcángel volvió a sacarla de sus refle­xiones:
 —¿Sabes
cuántos universos existen, Oriente? 
—No sé —respondió
la estrella—. Haces unas pre­guntas muy extrañas…

 —Hay
un universo que a los hombres impresiona mucho: éste del que tú formas parte y
que Dios creó como decorado de su belén. En el fondo, como ves, no es gran
cosa, a pesar de que allí abajo se queden fascinados por su tamaño y por las
distancias entre los astros. Como si
la grandeza se midiera en le­guas o en años luz. No ven que hay otros miles de
millones de universos, mínimos en apariencia, pero mucho más importantes… 
 —Los
hombres, ¿verdad?
 —Sí.
Y, sobre todo, los niños. Ellos son más pre­ciosos que todos los soles del
firmamento, porque ca­da uno es capaz de contener al Infinito.
 —¿Cómo
es eso?

Gabriel
reflexionó un instante.

 Luego, en voz muy baja, como quien revela un secreto,
contestó:
 —Cierra
los ojos, Oriente, e imagínate que hu­biese
un espejo capaz de reflejar por completo el ros­tro de Yavé con toda su
belleza, su bondad, su omni­potencia, su inmensidad…?
 —¿Un
espejo?
 —Sí.
Dios lo ha creado ya. Te hablo del espíritu humano, esa chispa divina que Él
pone en cada niño cuando se forma en el seno de su madre. Parece poca cosa,
pero es un cristal limpísimo donde Dios puede mirarse; un espejo que irradia la
imagen de Creador y al mismo tiempo la retiene y conserva. 
Allí Yavé se asoma
y, al reconocerse, deja esculpida su propia mi­rada y toda la inefable belleza
de su semblante. En­tonces el propio espejo se transforma, se endiosa, y
endiosa el marco, el cuerpo en el que habita. Eso es lo que los hombres llaman
Gracia. ¿Lo entiendes?
 —¿Puedo
entenderlo?
 —No,
Oriente; me temo que no puedes,
aunque hayas aprendido mucho en estos últimos siglos. Pero sí comprenderás una
cosa: que, cuando alguien mata a un niño, rompe ese espejo y la imagen de Dios
salta hecha añicos… 
Es terrible; peor que si todo el universo material se
desintegrara. 
Por eso el dolor de Yavé se expande como un eco sobrecogedor
hasta llenar el cosmos; su llanto alcanza el último átomo de las gala­xias.

Oriente volvió a mirar hacia la gruta.
Era media noche, y Jesús lloraba como todos los niños. María, como todas las
madres, lo tomaba en brazos y trataba de calmarlo cantándole al oído una
canción vieja, dul­ce e incomprensible como las palabras de un ángel. 

—Gabriel.
 —Dime,
Oriente.
 —¿Dónde
están las figuras rotas?
 —Con
Yavé. Ellas son las únicas que no han su­frido. Al contrario; han recibido ya
el nombre que Dios les puso antes de crear este universo. Han sido bautizados
en su sangre con las lágrimas de Jesús, y se han convertido en patronos y
protectores de millo­nes de figuras rotas que hacen estremecerse cada día a la
creación entera.
 —¿Más
figuras rotas?
 —Tú
no puedes verlas… Olvídalas.
 —Sabes
muy bien —respondió la estrella— que no puedo. Hasta hace bien poco ni siquiera
conocía mi nombre, y ahora, que sé tantas cosas, me veo más ignorante que
nunca. Dime, Gabriel, ¿dónde están esas otras figuras rotas? 
 El
Arcángel miró a lo alto e hizo un gesto impre­ciso:
 —Por
ahí… Van de la tierra al cielo a todas ho­ras… Pero es una historia triste
y no querría amargarte precisamente la noche más alegre de la Creación. 
Oriente sonrío.
 —Mira,
Gabriel, no soy quién para darte leccio­nes, pero creo que debemos llegar hasta
el final. For­mo parte del belén de Dios, y es preciso que entienda el sentido
de cada una de las lágrimas del Niño. Tú mismo me has dicho que, por gracia de
Yavé, hoy es­toy en condiciones de paladear mi sufrimiento. No te preocupes;
aunque esta estrella sea torpe e ignorante, sabrá soportar el dolor sin que
disminuya su lumino­sidad ni su belleza. Seguiré cumpliendo mi papel.

El
Arcángel guardó silencio. Él, siempre tan lo­cuaz, no sabía por dónde empezar. 

Al fin preguntó:
 —¿Verdad
que sería espantoso que un ángel cus­todio tratase de hacer daño a su ahijado?

Oriente le miró desconcertada.

 —No
hablas en serio, ¿verdad?
 —Desde
luego que sí —respondió el Arcángel—. Y la historia es todavía más triste. Tú
sabes que Yavé todo lo hace bien, y por tanto, cuando designa un ángel de la
guarda piensa primero en la criatura que tendrá bajo su protección, y le crea
el ángel idóneo, el que podrá cumplir la tarea del modo más perfecto.
 —Pero
entonces, ¿no sois iguales todos los ánge­les?
 —¿Iguales? ¡Qué cosas tienes, Oriente! El Cielo es mucho más variado y
rico que la tierra. Somos tan distintos que apenas tenemos en común el nombre
ge­nérico de ángeles, que apenas significa nada… Pero a lo que iba: cada niño
recibe a su custodio un segundo después de nacer, en el mismo momento en que
rom­pe a llorar, y no antes. Y esto es así porque Dios dispu­so que, mientras
esté en el seno materno, no tenga más ángel que su propia madre.
 ¿Para qué
necesitaría otro? Las madres (guárdame el secreto, Oriente, por favor) son el modelo en que Yavé se inspiró, antes de
que el mundo existiese, para crear a cada uno de los custodios. Y, para formar
a las madres, pensó en Ma­ría. 
La
estrella miró hacia la gruta. El Niño dormía en los brazos de la Llena de
Gracia. 
Y Oriente com­prendió que era
verdad todo lo que le decía Gabriel. Lo extraño es que no lo hubiese deducido
ella sola al contemplar la belleza de su Señora.

Por
un momento, San Gabriel pensó no decir nada más, ya que la estrella parecía
haberse olvidado de las figuras rotas. 

Pero, después de una pausa, con­tinuó:
 —¿Eres
capaz de concebir una tarea más gran­de, más importante y noble que ésta?: ser
el Ángel Custodio de un niño durante nueve meses; darle carne y sangre;
alimentarlo a todas hora; unir su suerte a la propia suerte; sufrir por él y
con él… Y, al final, dejar­lo en el mundo, para que otro ángel 
—más modesto,
desde luego— lo lleve de la mano. 

Oriente no respondió. Escuchaba
fascinada y temblorosa. Quizá adivinaba ya el final de la historia. 
 —Lo
malo es que algunas veces los Custodios no llegan a conocer a sus ahijados,
porque las madres de­ciden librarse de ellos. Cuando esto ocurre, los ánge­les
del Cielo se unen al llanto del Niño. 
 Tantas
preguntas se le ocurrían a la estrella, que no sabía cuál hacer primero. Era consciente,
por otra parte, que nunca comprendería las respuestas.
 —Y
Yavé… —preguntó al fin— ¿puede perdonar todo esto?

El
Ángel por un momento recuperó la sonrisa:

 —Si
conocieras la misericordia de Dios, no se­rías una estrella… 
Ya has visto la
marcha al Cielo de los Inocentes: ellos han abierto el camino de las de­más
figuras rotas. Y has visto también las lágrimas de Jesús, que pueden lavarlo
todo: incluso los crímenes de unos ángeles ignorantes, que no saben lo que ha­cen.
Pero es preciso sufrir un poco para ayudar al Ni­ño… Tú también, Oriente. 
 Amanecía
en Belén cuando la estrella despertó sobresaltada.
 —No
puede ser —se dijo—. Las estrellas no duer­men. Y si duermen, no sueñan. Esto
significa que en realidad no he soñado lo que soñé. Por tanto, lo más probable
es que todo haya sido un sueño.

Satisfecha
con su deducción, trató de repasar los detalles de su soñada conversación con
el Ángel; pero la memoria de las estrellas es como la de los vie­jos, capaz de
recordar con pelos y señales las más vie­jas historias y capaz de olvidar lo
más reciente. 

El ca­so es que se había quedado en blanco. 
Sólo le quedaba en el
ánimo como una nube triste.

Estiró
su cola de plata, y miró hacia el Portal. 

María, José y el Niño habían
desaparecido con el borrico que los trajo. 
Sólo quedaba el buey. 
 Salomé,
junto al manantial, trataba de consolar a Zabulón, que lloraba a moco tendido.
La posada despertaba lentamente. A lo lejos aún se veía la estela de polvo que
levantaban los camellos de los Magos, en su regreso a casa.

Entonces
Oriente volvió a sentirse sola, más
sola incluso que cuando estaba colgada en el cielo sin co­nocer su nombre.

 —Mi
misión ha terminado, se dijo.
 Y
notó que el Ángel la llevaba hacia lo alto; que su cola de espuma se disolvía
en el firmamento; que Belén estaba cada vez más lejos.

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ANÉCDOTA SOBRE EL PERDÓN

En un estudio realizado sobre los mártires de la guerra civil española en Valencia, que son más de 260 canonizados, se ha llegado a una curiosa coincidencia:

hay entre ellos, personas de muchas condiciones y oficios diferentes, aunque abundan clérigos. Unos murieron a tiros, otros de hambre; otros quemados, troceados, despeñados; en público y en secreto; en la ciudad y en los pueblos…
Pero hay algo común a TODOS ellos: todos murieron perdonando.
Y es que el perdón lo pone Dios en las corazones… (continúa la anécdota)
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Laicismo y crucifijos.

Y los católicos callan.

Retiran los crucifijos de un colegio por la demanda de un padre
El Consejo Escolar del centro no se pronunció sobre la demanda del padre sobre esta materia, de la que era competente, por lo que el padre recurrió a los tribunales y a la Junta de Extremadura. (Sigue la anécdota)…

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EL MISTERIOSO DESTINO DE TRES ÁRBOLES DE UN BOSQUE

Érase una vez, en la cumbre de una montaña, tres pequeños árboles amigos que soñaban en grande sobre lo que el futuro deparaba para ellos.

 El primer arbolito miró hacia las estrellas y dijo:
- "Yo quiero guardar tesoros. Quiero estar repleto de oro y ser llenado de piedras preciosas. Yo seré el baúl de tesoros más hermoso del mundo". 
El segundo arbolito observó un pequeño arroyo en su camino hacia el mar y dijo: 
- "Yo quiero viajar a través de mares inmensos y llevar a reyes poderosos sobre mi. Yo seré el barco más importante del mundo". 
El tercer arbolito miró hacia el valle y vio a hombres agobiados de tantos infortunios, fruto de sus pecados y dijo: "Yo no quiero jamás dejar la cima de la montaña. Quiero crecer tan alto que cuando la gente del pueblo se detenga a mirarme, levantarán su mirada al cielo y pensaran en Dios. Yo seré el árbol mas alto del mundo". 
Los años pasaron. Llovió, brilló el sol y los pequeños árboles se convirtieron en majestuosos cedros. 
Pero un día… (el cuento Continúa)
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La Pasión (película para ver por internet) de Mel Gibson

Absolutamente nada ni nadie se le puede enfrentar ni resistir. El poder arrollador del Omnipotente, cuando entra en acción, es sólo comparable a un ciclón devastador. Arrasa cuanto se le pone por delante.

La humanidad loca y desquiciada, en el mal uso de su libre albedrío, ha echado un pulso insensato a la divinidad, burlándose incluso de su existencia. Los hombres, en su conjunto, han colmado la medida de su maldad y prevaricación, hasta límites incomprensibles. Admirablemente lo expresa el salmo 13 : “D:ice el necio para sí:”No hay Dios”.Se han corrompido cometiendo execraciones. No hay quien obre bien. El Señor observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios. Todos se extravían igualmente obstinados ,no hay uno que obre bien ,ni uno solo”

Frente a esta obstinación en el mal, apenas han servido de nada los gritos y amenazas de los profetas, los correctivos terribles de la naturaleza desatada, las toneladas de escritos y los ríos de tinta de los pastores de las diversas iglesias, ni los esfuerzos ingentes de millares de predicadores, para hacer recapacitar al hombre, obstinado en el mal y en el pecado.

Pero héte aquí, que Dios no se ha dejado vencer por el hombre y ha intervenido en la historia humana con todo su poder de infinito amor, comprensión y misericordia, para doblegar la rebelde voluntad de su criatura. 

Dios ha hablado con el único e incomparable lenguaje de los hechos, el que cualquier racional puede apreciar y valorar.”Tanto amó Dios al mundo, que envíó a su Hijo unigénito, no para condenar al mundo ,sino para salvarlo”.

La pasión y la cruz de su Hijo Jesús, condenado injustamente a muerte como un criminal y sufriendo el dolor físico y espiritual hasta el paroxismo, fue el que reconcilió al cielo con la tierra, al hombre con Dios. 

Estamos salvados por el amor infinito y misericordioso de Dios que no perdonó a su Hijo por salvarnos. Para toda la humanidad se ha abierto una salida esperanzadora al túnel negro y oscuro de su maldad. 

Este acontecimiento inaudito y singular, es el que nos ha venido a recordar un cineasta católico a marcha martillo-Mel Gibson- con su obra de arte : La Pasión de Cristo.

Estoy seguro que todo aquel que se acerque como espectador, con un mínimo de fe a contemplar esta cinta, experimentará en sí mismo la fuerza amorosa de Dios que le invitará a mejorar su vida y con toda seguridad, la acción poderosa de Dios lo transformará y salvará.


Por el Padre Miguel Rivilla


A continuación, el link para ver La Pasión de Cristo, de Mel Gibson
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Quitando los crucufijos en Francia

La suave mirada de Cristo crucificado 
En el año 1884 el Gobierno francés dio orden de que las imágenes de Cristo Crucificado fueran quitadas de las escuelas. 
Eran días de persecución religiosa. 
Un joven fanático e impío iba él mismo de escuela en escuela arrancando violentamente las imágenes, las tiraba al suelo con verdadera furia, y las pisoteaba. 
Allí quedaban rotas y aplastadas las figuras de nuestro Redentor. 
Este joven tenía una madre piadosa y buena, que no cesaba de rezar por la conversión de su hijo. 
Un día llegó el joven impío a una escuela, donde encontró un crucifijo empotrado en la pared. 
Como no podía arrancarlo, cogió un pesado tronco y con violentos golpes empezó a destruir la sagrada imagen. 
En esta labor estaba cuando, de repente, el joven sufrió un ataque de corazón, cayendo al suelo sin sentido. Lo cogieron y lo llevaron a su casa. E
l dolor de la pobre madre fue inmenso al ver el estado lamentable de su hijo. 
La gente murmuraba que había sido un castigo de Dios. 
Llegó el médico y diagnosticó que recobraría el sentido, pero que un segundo ataque le quitaría la vida. 
La madre, ante la gravedad de su hijo, pedía a Dios la salvación eterna de su alma. 
Y mandó llamar a un sacerdote. 
El joven despertó del ataque. 
Al ver al sacerdote dijo que quería hablar con él y también con su madre. 
Se acercaron en silencio y el joven les dijo: «Madre, dé gracias a Dios por su misericordia para conmigo». 
Y les contó cómo estando furioso dando golpes al rostro del Señor, le pareció que la cara de Cristo se movía. 
Esto le encendió más en ira y siguió con más saña destrozando la imagen. 
De pronto, los ojos de Cristo le miraron con tal expresión de ternura y amor que el joven quedó perplejo, con el tronco levantado. 
Sintió una pena tan grande por lo que había hecho que, arrepentido de su bárbara impiedad, se le cayó el tronco de las manos. 
Dio un grito pidiendo perdón a Cristo, y en aquel instante fue cuando le sobrevino el ataque al corazón. 
No había sido castigo de Dios. Habla sido misericordia de Dios. 
Suplicó al sacerdote que le perdonara sus pecados. El sacerdote, en nombre de Dios, le absolvió de todos ellos. 
El joven cerró los ojos y con la paz y la gracia en su alma quedó muerto. 
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LA HISTORIA DEL DAVID DE TODA LA VIDA

El rey David se
paseaba una tarde por la terraza del palacio real y vio desde allí a
una mujer muy bella. Preguntó el rey quien era y uno de los servidores
le dijo: «Es Betsabé, hija de Eliam, esposa de Urías el jeteo.» David
faltando al sexto mandamiento, envió gentes en busca suya y se apoderó
de aquella mujer que no era suya. Luego pecó con ella, cometiendo
pecado de impureza y adulterio.    Entonces David, como había faltado
al honor de Urías, maquinó algo horrible contra él. Como estaba en
guerra, escribió una carta a Joad diciéndole: «Poned a Urías en el
punto donde más dura sea la lucha y cuando arrecie el combate retiraos
y dejadle solo para que caiga muerto.» Joad, que asediaba la ciudad,
puso a Urías en el sitio donde sabía que estaban los más valerosos
defensores. Los de la ciudad hicieron una salida contra Joad y cayeron
muchos, servidores de David y entre ellos murió Urías.    El mal que
había hecho David contra Urías y su esposa fue desagradable a los ojos
de Dios. Pero el Señor tuvo misericordia de David.    De parte de Dios
fue el profeta Natán donde el rey David para anunciarle lo mucho que le
había ofendido. Natán dijo al rey: «Juzga este caso: Había en una
ciudad dos hombres, el uno rico y el otro pobre. El rico tenía muchas
ovejas y muchas vacas y el pobre no tenía más que una sola ovejuela,
que él había comprado y criado, con él y con sus hijos había crecido
juntamente, comiendo de su pan y bebiendo de su vaso y durmiendo en su
seno, y era para él como una hija. Llegó un viajero a casa del rico, y
éste, no queriendo tocar a su ovejas ni a sus bueyes para dar de comer
al viajero que a su casa llegó, tomó la ovejuela del pobre y se la
aderezó al huésped.» Encendido David fuertemente en cólera contra aquel
hombre, dijo a Natán: «¡Vive Yavé que el que tal hizo es digno de
muerte y que ha de pagar la oveja con siete tantos encima por haber
hecho tal cosa, obrando sin piedad.» Natán dijo entonces a David: ¡Tú
eres ese hombre¡ He aquí lo que dice Yavé, Dios de Israel: Yo te ungí
rey de Israel y te libré de las manos de Saúl. Yo te he dado la casa de
tu señor, y la casa de Israel y Judá. ¿Cómo, pues, menospreciando a
Yavé, has hecho lo que es malo a sus ojos? Has herido a espada a Urías,
jeteo; tomaste por mujer a su mujer, y a él le mataste con la espada de
los hijos de Ammon. Por eso no se apartará ya de tu casa la espada, por
haberme menospreciado tomando por mujer a la mujer de Urías, jeteo. Así
dice Yavé: Yo haré surgir el mal contra ti de tu misma casa.» David
dijo a Natán: «He pecado contra Yavé.» Y Natán dijo a David: "Yave te
ha perdonado tu pecado. No morirás.»    Natán abandonó el palacio del
rey. Y más tarde Dios castigó a David. El rey oró y ayunó ante el Señor
pasando las noches acostado en tierra.

El rey David se apoderó de la esposa de Uría    Por
Gabriel Marañón Baigorrí > >>(Pureza)>   

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El corazón de Jesús siempre será más rico

Corazón de carne

La petición de David, después de una vida en la que había conocido el placer, el poder y la gloria; la vileza y la traición a sus propios ideales… pero en que por una gracia especialísima de Dios ya venía de vuelta era ésta: Dame Dios mío un corazón de carne y quítame este corazón de piedra…
Conocemos nuestro corazón de piedra cuando juzgamos a otros, en el espejo de nuestros propios fracasos. Somos duros, intransigentes con los demás: no dejamos pasar ni una. Hasta que Dios nos enseña que toda nuestra seguridad nos viene de Él y que en realidad somos un puñado de pelusa.

Pero cuando actuamos con ese corazón nuevo, de carne, recién instalado (formateado diríamos con nuevo vocabulario) es entonces cuando nos damos cuenta que, comparándolo con el CORAZÓN DE CRISTO estamos a años luz de su misericordia, amor, perdón.


Una anécdota de hoy, con lágrimas y contrición…

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Frases Extremas

He aquí un recopilatorio de frases impactantes por su contenido y por
quién las dijo. Anteponen la religión a cualquier otro aspecto de la
vida. Sea o no mencionado directamente, en todas rezuma que lo más importante del mundo es Dios.

Aunque no hay anécdota este elenco de frases extremas vale la pena: sigan el enlace…

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Narración del milagro de una curación de una grave afección

Mejoría espectacular de una grave forma de estenosis de esófago (21 de abril de 1986)

La siguiente historia procede de Australia. Su protagonista es Klara, nacida en la antigua Yugoslavia en 1936. Se trasladó a Sidney en 1965. Quedó viuda en 1974. En el momento en que sucedieron los hechos, en el hogar familiar residían aún tres de los hijos.

En este relato destaca la inmediata respuesta del Cielo a la petición de ayuda de una madre viuda. La intervención San  Josemaría, nada más ser invocado por esta mujer, recuerda la ternura con que Jesucristo se compadeció de la viuda de Naím (cfr. Lc 7, 11-17), o el cariño con que miró a la viuda pobre que ofreció todos sus haberes como limosna para el Templo de Jerusalén (cfr. 21, 1-4). Estos episodios evangélicos impresionaron siempre mucho al Fundador del Opus Dei, que los comentó repetidamente en su predicación, subrayando la misericordia de Dios con las criaturas. Él mismo, en muchas ocasiones, dirigió palabras de consuelo a las viudas, animándoles a confiar siempre en el Señor, que —como afirma el libro del Eclesiástico— no desdeña la súplica del huérfano, ni a la viuda, cuando derrama su lamento (Sir 35, 17).

Continúa este relato de una anécdota que sin embargo es una narración histórica de un milagro…

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