La historia de Karen Wetterhahn (1948-1997) es uno de los casos más conocidos de la historia reciente de la seguridad en los laboratorios químicos. Su accidente puso de manifiesto que incluso siguiendo los protocolos establecidos pueden existir riesgos que todavía no han sido identificados.

Wetterhahn fue profesora e investigadora de química en Dartmouth College, en Estados Unidos, donde desarrolló buena parte de su trabajo científico estudiando los efectos de los metales pesados sobre los organismos vivos.

Un compuesto extremadamente peligroso

En 1996, Karen Wetterhahn investigaba cómo determinados compuestos de mercurio podían interactuar con proteínas relacionadas con la reparación del ADN. Para sus experimentos utilizaba dimetilmercurio, un compuesto organometálico que, en aquella época, se empleaba como referencia en determinadas mediciones mediante espectroscopia de resonancia magnética nuclear de mercurio-199.

El 14 de agosto de 1996 ocurrió el accidente que cambiaría su vida.

Mientras trabajaba en el laboratorio, unas gotas de dimetilmercurio entraron en contacto con su mano. Wetterhahn llevaba los elementos de protección que entonces se consideraban adecuados, incluidos guantes de laboratorio, gafas y trabajaba bajo una campana extractora.

Sin embargo, el compuesto tenía una característica especialmente peligrosa que no se había valorado correctamente: era capaz de atravesar determinados guantes de protección con una rapidez extraordinaria.

El producto penetró en su organismo a través de la piel en cuestión de segundos.

Los síntomas aparecieron meses después

Lo más inquietante del caso fue que Karen Wetterhahn no presentó inmediatamente síntomas evidentes de intoxicación.

Los primeros problemas aparecieron varios meses después, a comienzos de 1997. Comenzó a experimentar alteraciones en la visión, problemas de equilibrio y dificultades relacionadas con la audición y el habla.

El 28 de enero de 1997 se confirmó la intoxicación por mercurio. Los análisis mostraron una concentración extraordinariamente elevada de mercurio en su organismo.

La intoxicación había provocado graves daños neurológicos.

El dimetilmercurio puede atravesar la barrera hematoencefálica, lo que permite que el mercurio alcance el sistema nervioso central y se acumule en el cerebro. En el caso de Wetterhahn, la evolución de la intoxicación fue devastadora.

Después de permanecer varias semanas en coma, Karen Wetterhahn falleció el 8 de junio de 1997, a los 48 años.

Un accidente que obligó a revisar los protocolos

La muerte de Wetterhahn tuvo importantes consecuencias para la seguridad química.

El caso permitió comprobar que las medidas de protección utilizadas hasta entonces no ofrecían la protección que se pensaba frente al dimetilmercurio. Posteriormente se realizaron pruebas con diferentes tipos de guantes y se comprobó que algunos materiales podían ser atravesados por el compuesto en muy poco tiempo.

Aquello obligó a revisar las recomendaciones para trabajar con sustancias extremadamente peligrosas.

Actualmente, para determinados productos químicos altamente tóxicos se emplean materiales de protección específicamente seleccionados por su resistencia química, entre ellos determinados guantes laminados, en lugar de confiar únicamente en los guantes de laboratorio convencionales.

El fin del dimetilmercurio como patrón

El accidente también tuvo repercusiones en el ámbito de la química analítica.

El dimetilmercurio había sido utilizado como sustancia de referencia en determinadas aplicaciones de resonancia magnética nuclear. Tras conocerse su extraordinario nivel de peligrosidad, se buscaron alternativas más seguras.

El tetrametilsilano (TMS) pasó a utilizarse como referencia en numerosas aplicaciones de espectroscopia de resonancia magnética nuclear, evitando así la utilización de un compuesto tan peligroso.

La tragedia de Karen Wetterhahn terminó provocando cambios en la forma en que los investigadores evaluaban los riesgos asociados a determinadas sustancias químicas.

Su legado científico también fue social

La trayectoria de Wetterhahn no se limitó a su trabajo científico.

En 1990 fundó junto con Carol Muller el Women in Science Project, una iniciativa destinada a fomentar la presencia de mujeres en las disciplinas científicas y tecnológicas.

El proyecto nació en una época en la que la representación femenina en muchas áreas STEM era todavía muy reducida y buscaba facilitar que más mujeres se acercaran a carreras relacionadas con la ciencia.

En 1998, el National Institute of Environmental Health Sciences (NIEHS) creó el Karen Wetterhahn Memorial Award en su memoria, destinado a reconocer a estudiantes de posgrado e investigadores posdoctorales.

Una lección que sigue vigente

La historia de Karen Wetterhahn recuerda una cuestión fundamental de la investigación científica: la seguridad de un procedimiento depende también de conocer correctamente los peligros de aquello que se está manipulando.

En 1996, Wetterhahn no ignoró las normas de seguridad. Al contrario, utilizó las medidas de protección que se consideraban apropiadas en aquel momento. El problema fue que la peligrosidad real del dimetilmercurio y su capacidad para atravesar determinados materiales de protección no estaban suficientemente comprendidas.

Su accidente contribuyó a cambiar los protocolos de seguridad en los laboratorios y a que la comunidad científica prestara mucha más atención a la permeabilidad de los materiales de protección frente a sustancias químicas.

Karen Wetterhahn murió realizando investigación científica. Su trabajo y, especialmente, las lecciones obtenidas de su accidente contribuyeron a que otros investigadores pudieran trabajar de una manera más segura.