Hay una parte de la historia de los derechos sociales que muchas veces se cuenta de una manera demasiado simple: parece que todo lo relacionado con los trabajadores, los sindicatos, la protección social y los derechos laborales nació exclusivamente de la izquierda.
Y no es así.
El movimiento obrero y los sindicatos tuvieron, sin duda, un papel importantísimo en muchas conquistas laborales. Eso no tiene sentido negarlo. Pero tampoco tiene sentido borrar de la historia la enorme tradición social del cristianismo.
La universidad, por ejemplo, no la inventaron los socialistas. Las universidades europeas nacieron en la Edad Media, muchos siglos antes de Marx, Engels y del nacimiento del socialismo moderno.
La protección social tampoco apareció de repente con la izquierda. En España ya se estaban dando pasos importantes mucho antes de que un gobierno socialista llegara al poder: en 1883 se creó la Comisión de Reformas Sociales, en 1900 se aprobó la Ley de Accidentes de Trabajo y en 1908 se creó el Instituto Nacional de Previsión.
Pero hay algo todavía más interesante.
En 1891, cuando la cuestión obrera estaba provocando enormes conflictos sociales en Europa, el papa León XIII publicó Rerum novarum, una encíclica dedicada precisamente a la situación de los trabajadores.
León XIII defendió la dignidad del trabajador, un salario justo, el descanso, unas condiciones laborales dignas y el derecho de los trabajadores a asociarse para defender legítimamente sus intereses.
Y aquí está lo que muchas veces se olvida: Rerum novarum no se limitó a hablar de los trabajadores. Animó expresamente a la creación de asociaciones obreras y defendió el derecho de los trabajadores a organizarse. La encíclica habla de «sociedades de obreros» y considera conveniente que estas asociaciones crezcan en número y eficacia.
La propia Santa Sede explica que la influencia de Rerum novarum contribuyó al nacimiento y consolidación de numerosas iniciativas sociales cristianas: asociaciones, sociedades obreras, sindicatos, cooperativas, bancos rurales, aseguradoras y obras de asistencia.
Y Pío XI, cuarenta años después, fue todavía más explícito en Quadragesimo anno: afirma que las enseñanzas de León XIII impulsaron a los trabajadores a constituir asociaciones profesionales y que muchos sacerdotes y laicos se dedicaron a poner en práctica ese proyecto, creando asociaciones capaces de defender los derechos e intereses legítimos de los trabajadores.
Por tanto, cuando alguien dice que «los sindicatos son un invento de la izquierda», también está contando una historia incompleta.
Existió un importante movimiento obrero cristiano que defendía la asociación de los trabajadores desde una concepción completamente diferente: no desde la lucha de clases, sino desde la dignidad humana, la justicia, la solidaridad, la cooperación y el bien común.
Y esto no terminó con León XIII.
La Doctrina Social de la Iglesia fue desarrollándose durante todo el siglo XX. Pío XI profundizó en las asociaciones profesionales y la organización de la sociedad. Juan XXIII habló de justicia social y de las condiciones de los trabajadores. Pablo VI desarrolló la cuestión del desarrollo y la dignidad humana. Juan Pablo II dedicó Laborem exercens al trabajo y Centesimus annus a revisar el legado de Rerum novarum.
De hecho, Juan Pablo II afirmó que Rerum novarum favoreció la aparición de asociaciones sindicales obreras en distintos países y contribuyó a que los Estados reconocieran y protegieran derechos relacionados con el trabajo.
Por eso me parece un error decir que los derechos sociales son simplemente «méritos de los rojos».
¿Que el movimiento obrero consiguió conquistas importantísimas? Sí.
¿Que los sindicatos lucharon por mejores salarios, jornadas y condiciones laborales? Por supuesto.
¿Que muchas personas sufrieron y lucharon por conseguir esos derechos? Sin ninguna duda.
Pero la historia no empezó con Marx.
La defensa de la dignidad del trabajador también tuvo una importantísima raíz cristiana. Y la Iglesia no se limitó a predicar: creó asociaciones, impulsó organizaciones obreras, promovió cooperativas y defendió el derecho de asociación de los trabajadores.
Los derechos sociales que tenemos hoy son fruto de un proceso histórico mucho más amplio, en el que participaron trabajadores, sindicatos, movimientos socialistas y anarquistas, juristas, legisladores, gobiernos, asociaciones cristianas y muchas otras personas.
No tienen propietario político.
Y quizá la mejor manera de entenderlo sea leyendo lo que realmente dijeron quienes participaron en esa historia, en lugar de convertirla en un eslogan político.
Porque antes de afirmar que «todo lo que tienen los trabajadores se lo debemos a la izquierda», conviene recordar que en 1891 un papa ya estaba escribiendo sobre la dignidad del trabajador, el salario justo, el descanso y el derecho de los obreros a organizarse.
Y eso también forma parte de la historia de los derechos sociales.